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Perdamos los miedos a manifestar lo que somos y creemos…

Perdamos los miedos a manifestar lo que somos y creemos…

Jesus-es-la-puertaEl último diálogo de Vicente y Luisa “Santos anónimos… vivientes” ha hecho pensar a más de uno… Unos han expresado abiertamente sus comentarios, otros me han llamado personalmente para expresar sus sentimientos… Pero hay una persona valiente, Paula, que se atreve a expresar su experiencia de vida, que tiene conexión con el testimonio de fe al que estamos llamados todos los que hemos recibido la fuerza transformadora del bautismo y nos sentimos animados por la presencia viva de Jesús en nuestras vidas…

Hay momentos especialmente significativos… Bajo una mal entendida amistad o sentido de respeto hacia las personas que queremos, evitamos decirles el estado de emergencia en que se encuentran; tenemos miedo a comunicarles que el momento de la última partida está, quizá, próximo; que lo que han estado buscando durante toda su vida, la felicidad sin límites, la plenitud de vida…, que se realiza definitivamente en el encuentro con el Padre, está cercano…

Hasta disfrazamos nuestros miedos y falta de coherencia con signos de amistad y palabras engañosas de ánimo hacia el enfermo: “No te apures, le decimos, esto pasará, ya verás; tú eres fuerte…; el médico dice que lo superarásYa has salido de otras, ¿no…?” Y mientras tanto alimentamos sus miedos a afrontar la realidad con fortaleza y entereza cristianas; y evitamos cuidadosamente llamar al sacerdote para que no se asuste, para que no le afecte anímicamente y no se ponga peor… ¡Que contradicción…!

Este trance es precisamente el momento adecuado para hacer revivir en el enfermo los sentimientos íntimos más profundos, que, quizá, le transmitieron en el seno familiar…; y en el caso de los no creyentes o no practicantes es, sin duda, una ocasión de oro para contagiarles nuestro sentido de vida, nuestra esperanza creyente… Decirle al enfermo terminal, creyente o no creyente, practicante o no practicante, con cariño, con convicción y confianza, que Dios le ama, que está a su lado, que siempre le ha estado esperando con amor, con entrañas de misericordia y de perdón…, son palabras sanadoras que alivian el dolor, que animan al enfermo a reconciliarse consigo mismo y con Dios…, salvo en casos excepcionales en que uno ha perdido totalmente su sentido de vida y su sensibilidad hacia lo transcendente, hacia un Dios que es amor…

La presencia y las palabras de un sacerdote afable y cercano, amigo y padre, con experiencia de situaciones límite en la vida de las personas, sólo pueden producir en el paciente paz interior y confianza en el Dios  de la vida y  de la esperanza…

La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por Cristo, conocedor de la debilidad humana, precisamente para confortar al enfermo y darle la salud, en determinados casos, si así entra en los planes de Dios. Nos dice el apóstol Santiago: “¿Sufre alguno de vosotros? Que ore. ¿Está gozoso? Que alabe al Señor. ¿Ha caído enfermo? Que mande llamar a los dirigentes de la Iglesia y hagan oración por él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo. El Señor lo restablecerá y si ha acometido pecado lo perdonará.”

En este tiempo de fin del año  litúrgico, en el que proclamamos el triunfo definitivo sobre dolor y  sobre la muerte, en la festividad de Cristo Rey, que nos anuncia la Nueva Vida en su Resurrección, bueno será renovar nuestra convicción de creyentes… ¡Qué oportunidad tan estupenda para decirle el Señor, como el buen ladrón “Acuérdate de mí desde tu Reino…”! ¡Y qué alegría tan profunda para el enfermo recordarle las palabras dulces del Maestro: “Hoy estarás conmigo en el paraíso…!

Pienso que todo esto ha querido decirnos Paula con su testimonio valiente, que transmito íntegramente a continuación:

Testimonio de vida de Paula

“Cierto día, una persona conocida me telefoneó para que yo le hiciera el favor de comunicarle cuando falleciera una amiga suya, que se encontraba gravemente enferma y deseaba asistir a su funeral. Dicha amiga vive en mi ciudad y conozco su domicilio, aunque desconocía yo que se encontrara en estado crítico. Sabía que, hace varios años, tuvo que ser intervenida para hacerle un trasplante de médula…, pero no que hubiese recaído.

Con la excusa de que me habían preguntado por ella, me acerqué a su casa y le transmití los saludos de su amiga Florentina. Se alegró de mi visita y, dialogando sobre su enfermedad, le comenté si no le gustaría que la visitara el sacerdote de la parroquia…, hombre afable y con gran sentido de acogida.

La paciente  respondió que bueno, que hacía tiempo que no iba por la Iglesia, pero que la visita del sacerdote le parecía bien…

El esposo, celoso y abnegado cuidador de su esposa, a la salida de la habitación, me llevó a otra estancia y con buena intención, y sin ánimo de ofenderme, me explicó:

“La primera vez que tuvo esta enfermedad, mi mujer y  rezábamos todos los días y terminábamos llorando, hasta que nuestros hijos nos prohibieron que rezáramos porque nos  poníamos peor, cada vez que lo hacíamos. Ahora no quiero que pase lo mismo, aunque, si mi esposa quiere que la visite el sacerdote, yo no me opongo, que sea lo que ella quiera, pero repito que no le pase como antes…”

Traté de tranquilizarlo diciéndole, más o menos, que nadie empeora por recibir a un sacerdote, o un sacramento; todo lo contrario…, en la mayor parte de las ocasiones, se produce un gran alivio en el enfermo…, lo que también beneficia a la familia.

El día convenido, el sacerdote llegó a la casa. Fue una visita agradable y de gran cordialidad…. Se repitió el encuentro  varias veces…; y, finalmente, recibió la  Unción de los Enfermos. Continuó recibiendo semanalmente la Eucaristía…: rezábamos y cantábamos juntos, incluida la paciente…

A esta señora la han vuelto a intervenir para hacerle un nuevo trasplante… Y ya está  casi recuperada del todo… La familia nos invitó, al sacerdote y a mí, a una comida: fue un acontecimiento lleno de cariño y emoción… Al final, el esposo ya no pudo contener su alegría y su gratitud: necesitaba exteriorizar lo que sentía y, con aliento y palabras entrecortadas, exclamo:

Estoy,  estamos, más que agradecidos por lo que habéis hecho y seguís haciendo con mi esposa; no hay dinero para pagar lo vuestro, ni tenemos palabras para daros las gracias, ¡de verdad! esto no lo esperábamos… Gracias, Gracias y más Gracias! ”

La esposa continúa su recuperación, el cuidado médico y los fármacos recetados siguen cumpliendo su función. Igualmente, la fuerza del sacramento de la eucaristía, que  recibe semanalmente, sigue actuando con fuerza irresistible, hasta tal punto que la elevan hasta la contemplación en el silencio: “Cuando estoy sola, dice, cierro los ojos, cruzo os brazos y siento como si Jesús me abrazara”

Este hecho real, (y no es el único con características similares) sugiere varios interrogantes o situaciones a tener en cuenta, que, a mi  modo de ver, son muy  importantes para nosotros, como creyentes.   Sugiero algunos:

  • Primero, debemos intuir quién puede estar necesitado de una visita en nombre del Señor, bien por encontrarse solo; bien por enfermedad, vejez u otra circunstancia particular…
  • Debemos poner nuestra mente y nuestro corazón en la oración, pedir al Señor que sea Él quien nos conceda llegar al necesitado, sin ánimo de entrometernos en su vida, sino más bien en actitud de tender una mano, de  escucharlo, de ofrecer, con cariño, nuestro apoyo y solidaridad…
  • Debemos ser cautos, respetar a quien nos reciba, pero no tener miedo a hablar de Dios a quien lo está necesitando en esos momentos…
  • Muchas veces, ocurre que la familia no se atreve a proponer la visita del sacerdote, por miedo a que el enfermo “piense que está grave”; pero la experiencia demuestra que es muy raro que se opongan a nuestra amistosa propuesta…
  • El ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, aunque no lo sienta ni lo pida, necesita “más que nunca” acoger a Dios, en esos momentos de dolor y de acuciante incertidumbre… Es el momento de estimularle, de ofrecerle nuestra empatía y amistad…
  • No tengamos miedo, cuando haya un mínimo de amistad y de confianza, de invitar a los familiares del enfermo, a sugerir  la visita del sacerdote, que puede llevarle el alivio de sus dolores y la confianza perdida en un Dios que es amor y misericordia…
  • A modo de  conclusión diré que es fundamental, desde nuestra coherencia creyente, que ayudemos a desterrar miedos, que sólo conducen a generar remordimientos, por no haber sido audaces, por un lado, y por otro, por haber  impedido a la persona necesitada del auxilio del Señor que llegara a abrazarlo, a  sentir su Amor y su Paz.”

Valiente testimonio el de Paula. Ojala su testimonio nos anime a todos los que nos sentimos miembros de la familia de Dios y de la Iglesia a ser coherentes con lo que decimos que creemos y sentimos.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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