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La alegría de saber que Dios sale siempre a nuestro encuentro

La alegría de saber que Dios sale siempre a nuestro encuentro

Buscando_a_Dios“Lo que ni la abundancia, ni el confort, ni las expectativas alagüeñas, ni siquiera el amor… puede conseguir, solo el sufrimiento lo  puede alcanzar”. La cita no es textual, pero el sentido de la frase es auténtico: alguíen lo dijo  y lo escribió hace bastante  tiempo, y seguro que a más de uno, entre los cuales me cuento, le hizo pensar a fondo.

A más de uno le hará sonreir, quizá con ironía, quizá hasta sarcásticamente: “Anda ya, dirá, para ti el sufrimiento con sus acompañantes, déjame con la abundancia y la fiesta continua, que la vida es breve y hay que exprimir el jugo de cada uno de sus minutos…” “Además, añadirá, eso choca con la experiencia: mira cuantos se desesperan ante el dolor, levantan sus brazos contra el Dios cruel que lo permite y, blasfemando o desesperados, se quitan de en medio…” Y dándoselas de listos apelarán al derecho a la muerte digna y a no sé cuántas razones humanas más. Yo las respeto todas, serenamente, de verdad: es muy  humana esa actitud y esos criterios, pero permitidme que apele a otras razones para disentir en alto de esa corriente de opinión que galopa a rienda suelta por nuestros desiertos .…

Al lado de esos casos ciertos que hemos citado hay  otros que son bien distintos y no menos respetables: no son pocas las personas, más de las que aparecen a primera vista, que, ante el mal   irremediable, descubren otras dimensiones en lo profundo de su ser; se dan cuenta de que necesitan de los demás; descubren que pueden ser fuertes ante la adversidad; aprenden a ser más humanos y sensibles ante las carencias y limitaciones  de los otros y de las suyas propias; personas irascibles  y gruñonas que se vuelven amables y un largo etc… En lo hondo de lo hondo, asistimos en estos casos al descubrimiento, expreso o tácito e inconfeso, de que el ser humano no es dios: cae el mito, incrustado en el corazón humano, de que él está sobre todas  las cosas, creadas e increadas, descubre que hay Alguien sobre él,  a quien puede apelar y encomendarse… Es chocante, pero cierto, lo que se cuenta de algunos ateos que se encomiendan a Dios en peligro inminente de muerte…

  • Dichosos los que, con un hálito de fe, se dan cuenta de que aceptar el sufrimiento, en esas circunstancias, no implica ese oscuro deseo masoquista de plegarse a lo irremediable, de endulzar el sabor amargo que la  vida misma conlleva…
  • Dichosos los que, en el esfuerzo sobrehumano de escalar a pie, y sin calzado apropiado, las empinadas cuestas de la vida, saben esperar hasta alcanzar la cima y recrear su mirada limpia en el horizonte azul que se pierde en el  infinito…
  • Dichosos los que saben percibir la ternura de la mano amiga que les tira violentamente del caballo, mientras escuchan el   extraño susurro que les dice: estoy aquí, ¿no me ves? Quita tus miedos y sigue la pista que te iré indicando…
  • Dichosos los que, al faltar el pan y las provisiones, al acabar la fiesta de la vida fácil, como a otro pródigo cualquiera, se dan cuenta de que el Padre quizá está esperando impaciente su vuelta a casa…
  • Dichosos los que mirando al Jesús en la cruz clavado descubren en ese rostro sin rostro la expresión del amor más alto que expresar se puede, e invita al hombre a unirse   a su quimera de transformar el mundo  a fuerza de golpes de entrega solidaria, que amor con dolor se expresa y  amor con amor se paga…
  • Dichosos los que en la espera impaciente y dolorida, saben percibir la esperanza de otra realidad esplendorosa que colmará la sed insatisfecha de una vida sin fin que aquí se nos escapa: la Vida Nueva, la Resurrección invicta, el encuentro gozoso con el Padre, al que oscuramente y con zozobras, hemos ido buscando sin saberlo…

La historia del documento que adjuntamos, “Buscando A Dios”, no es una historia cualquiera, sacada del azar y de la pura casualidad. Desde mi experiencia puedo decir más bien que es la historia vibrante y palpitante de vida  de tantos hijos pródigos que todavía hoy deambulan por nuestro mundo. Impresiona por la crudeza y el realismo de la narración. Pero atestiguo que es verídica: si entramos respetuosamente en  santuario de la conciencia humana descubriremos con asombro que Tom, el referente de esta historia, no es otro que uno de esos tantos, compañeros de camino, que bucean en la zona abisal de nuestra historia, buscando perlas preciosas que no existen más allá de la imaginación calenturienta y soñolienta del humano…

Pletóríco de vida y de ilusiones, nuestro amigo Tom, a sus bien empleados años, con la carrera universitaria a sus espaldas, desafía el futuro y sus recovecos: nada ni nadie podrá detener sus afanes. No habrá fuerza mayor que lo contenga, ni razón mayor que le convenza…

Un día, un extraño amigo, John, le sorprende con una frase que no entiende: “Ciertamente, Tom, tu nunca encontrarás a Dios, con esas actitudes, Pero Dios  te encontrará a ti”. Tom mueve  los hombros  despectivamente y sigue despreocupado su camino…

Al cabo de algún tiempo, nuestro amigo Tom ha cambiado: le han comunicado que tiene cáncer terminal galopante… Y vuelve a su olvidado amigo John. Pero las cosas han cambiado en su interior: ya no es el joven intrépido, arrogante, capaz de todo…  Atónito, el amigo John le oye decir al confesar su estado irreversible:  “Peor que irse definitivamente  a los 24 años es llegar a los 50 y no tener valores ni ideales. Peor aún es creer que beber, seducir a mujeres y hacer dinero es lo máximo a lo que se puede aspirar en la vida…”

Sin embargo, Dios se hace esperar: aún no ha entrado del todo en la consciencia  de John. Después de tanto tiempo de letargo es duro romper todas las amarras…  Dios no tiene prisa…

Y un día de primavera se enciende la luz: Tom se da cuenta de que “La mayor tristeza es pasarse la vida sin amar… Y que es igualmente triste pasar por la vida e irse sin nunca haber dicho a los que uno ama, que los ama…”

Y el cielo azul se hizo añil intenso y brillaron todas las estrellas en lo profundo de su ser… “Entonces me di cuenta, confiesa Tom, que allí estaba Dios… No vino a mi cuando se lo pedía… Dios hace las cosas a su manera y a su hora. Pero lo importante es que Él estaba allí. ¡Me había encontrado!. Me encontró aunque no había dejado de buscarlo…”

Y el amigo John, que sabe de teologías de la fe,  le confirma: “La forma más segura de encontrar a Dios no es hacerlo una posesión particular, una solución de problemas, un consuelo instantáneo en tiempos de necesidad, sino abrirse al amor, porque <Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios>”

Os confieso que, al terminar el relato, largo pero impactante, (Recomendable leerlo íntegro, incluso copiarlo para poder testimoniarlo)  no pude contener la emoción y pensé ¡en tantos y tantas deambulantes callejeros, perdidos en el vacío existencial, en la impotencia ante  la droga, el alcohol, el sexo, el dinero, el botellón evasivo, de mil nombres, que les evade de las realidades profundas de la vida…!

Lo importante es, nos dice Tom desde su experiencia vital, saber que Dios está ahí, esperando paciente su momento: que tú y tú, los que leáis este relato, lo descubráis en lo hondo de lo hondo de vuestro yo y os dejéis seducir por su mirada y el parpadeo tintineante de los acontecimientos de la vida. Abrid los ojos y ved: atreveos a caminar en busca de la luz…

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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