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El secreto de la felicidad: olvídate de ella y céntrate en la alegría

El secreto de la felicidad: olvídate de ella y céntrate en la alegría

Esta pregunta que se hacen, a veces, los periodistas, sobre la felicidad se parece bastante a aquella pregunta que se hacía en el anuncio de los 90 y que, hoy, nos llenaría de indignación. ¿A qué huelen las nubes? Suena igual que preguntar qué es la felicidad: nadie sabe contestar. «Una ligera brisa que te toca de vez en cuando la cara», se puso lírico hace años Antonio Banderas en una entrevista. La cuestión es: ¿importa realmente qué es la felicidad? ¿Existe cierta tendencia o imposición social de serlo a toda costa? Hay recetas: haga yoga, o mindfulness, o pruebe la dieta vegana y, antes que cualquier otra cosa, aleje a eso que llaman personas tóxicas de su entorno. Luego, cuando sea presuntamente feliz, muéstrelo, porque para eso existen las redes sociales.

Mañana se celebra el Día Internacional de la Felicidad, una fecha que otorgó Naciones Unidas a tan intrincado concepto en 2013, un año después de que la misma organización publicara su primer estudio sobre el asunto. Hoy, el país más feliz del mundo es Noruega, seguido de Dinamarca, que tiene hasta un Instituto de la Felicidad, desde donde habla para Papel un español, Alejandro Cencerrado Rubio, oriundo de Albacete y que, en Copenhague, toma la medida a la felicidad en el mundo.

«Los españoles pensamos que somos muy felices, pero en el informe anual de la felicidad de las Naciones Unidas sobre la felicidad de este año estamos en el puesto 36, por debajo de muchos países mucho menos ricos que nosotros. Esto tiene repercusiones importantes; quiere decir que no todo es producir y generar más riqueza. Si queremos ser felices de verdad, tenemos que aprender a convertir esa riqueza en bienestar de la población», sostiene Cencerrado. Dejando de lado a los gobiernos, y dejando también de lado a la felicidad, existe también su hermana pequeña, más tangible y más real aunque igualmente complicada de explicar: la alegría.

Las fotografías que ilustran este reportaje no son fruto de la casualidad: es en los niños, en su innata capacidad para el asombro, donde mejor se observa en qué consiste estar contento. ¿Cómo mantener tal estado de gracia siendo adulto? Lo explica bien el filósofo francés Frédéric Lenoir en el libro “El poder de la alegría” (Plataforma editorial), publicado el año pasado: «La alegría no se encarga, se invita a sí misma», afirma.

Imprevisible, voluptuosa, espontánea… Entonces, ¿cómo conseguirla? Cita Lenoir al escritor Mathieu Terence: «La alegría exige un clima favorable». Y éste pasa, prosigue Lenoir, por estar atentos, porque «la atención es lo que nos permite estar unidos a nuestros sentidos». Pero también hay que estar dispuesto a abrir el corazón, esto es, aceptar nuestra propia vulnerabilidad, y «correr el riesgo de vivir plenamente»,

En entrevista con Papel, este filósofo de la alegría -de los pocos que hay-, admite que «existe una especie de mandato de la felicidad», como si «para tener éxito uno debiera ser feliz». «A medida que luchan por alcanzar ese estado de satisfacción permanente, las personas se sienten culpables si no lo consiguen, y eso acentúa su desgracia. La felicidad no debe ser un deber sino una proposición, todos deben poder, si así lo desean, estar cada vez más satisfechos con su existencia», propone.

En contraposición a esta idea de ser felicísimos a toda costa publicaron el año pasado Álex Rovira y Francesc Miralles el libro Alegría (Zenith, Planeta de libros), un volumen que deja clara su intención desde el principio: «No te pierdas las pequeñas alegrías de la vida mientras esperas la felicidad». Sirviéndose del género epistolar, los autores invitan a disfrutar de algo que no es reto sino, sencillamente, «emoción». «El contento está relacionado con la sensación de sentirse colmado. La alegría es también un estado de ánimo, pero lo más importante es que está en nuestra naturaleza. La encontramos, sobre todo, en aquellos adultos que ya han vivido todo, que ya han pasado por todo, que ya no tienen ni ego ni nada… Los ves con una especie de sonrisa beatífica, como si se rieran de todo… Es en ese desprendimiento donde se aloja la alegría», explica Rovira a este periódico.

Tanto uno como otro, tanto Lenoir como Rovira, destacan en sus libros y en sus respuestas que la alegría no ha merecido, a lo largo de la Historia, la atención que se merecía, ni por parte de la Psicología ni por parte de la Filosofía. «Se ha tratado muy poco… los filósofos han estudiado más la felicidad y los psicólogos se han centrado mucho más en la tristeza, el duelo, la depresión, las filias, las fobias, las adicciones, los miedos…, pero la alegría ha sido poco explorada», amplía Rovira.

Diversas expresiones sobre la Alegría

Las palabras -sucede en ocasiones- no ayudan: está el alborozo, ¡el goce!, la euforia, el júbilo, el regocijo, la algarabía… Pues bien, en todos ellas reside la alegría. «Admite desde la dicha hasta el gozo, pero también el entusiasmo… La alegría es sensación pura, desnuda, es algo que invade, que inunda y, a veces, tiene tanta intensidad que necesita ser expresada y es además contagiosa, como la risa», continúa Rovira.

También Lenoir emplea otros conceptos para diferenciar la alegría de otro tipo de sensaciones. Cuenta este escritor que hay que diferenciar, primero, entre el placer y la felicidad. «Placer es lo que uno siente cuando satisface una necesidad o un deseo, pero el problema del deseo es que no dura y que depende de causas externas: tengo hambre, como, pero volveré a tener hambre en unas pocas horas y, si no tengo suficiente para comer, estaré insatisfecho. Por tanto, la felicidad es la búsqueda de una satisfacción de la existencia más global y duradera y que depende de las condiciones externas, el amor, la salud… La alegría ha interesado menos a los filósofos porque es una emoción transitoria», matiza.

Por si fuera poco, también hay «distintos estados de alegría», dice Rovira. Y destaca una idea que parece casi de siglos pasados: «La satisfacción del deber cumplido». «Existe la alegría de la realización, del compromiso al cual has sido fiel, por el que has trabajado. Puede ser, incluso, una sensación más intensa que la alegría, puede ser gozo e incluso éxtasis…», considera.

En el camino, pues, de la alegría, una vez generado ese clima favorable en el que debe estar presente la atención, la apertura de corazón y el deseo de correr el riesgo de vivir plenamente, existe la posibilidad de trabajar para que esta sensación efímera se convierta en algo más constante y duradero, «una especie de ataraxia y de ausencia de turbación», describe Lenoir en su libro.

«No se trataría de una alegría exuberante que nos llevase a saltar y bailar sino una alegría dulce y profunda, que haría vibrar permanentemente nuestro ser con el movimiento de la vida», prosigue, en un capítulo titulado Llegar a ser uno mismo. Y es aquí donde se genera la complicación porque esta «alegría perfecta», como la llaman algunos filósofos, como Baruch Spinoza -al que se conoce como el filósofo de la alegría por antonomasia-, «no está ligada a una causa exterior» sino interior.

Así que hay que empezar por la introspección, «tratar de reconocer todo lo que, en nosotros, no es nosotros, y que más o menos ha sido impuesto desde el exterior por el sesgo de nuestra educación y cultura. Son las ideas, las creencias sobre la sociedad, Dios, nosotros mismos, que tienen tendencia a amordazar nuestro verdadero nosotros, a ahogarlo, y eso nos hace sentir tristes», prosigue Lenoir. Para estar contento, habría que desprenderse, de alguna manera, irse, desligarse, al tiempo que se acepta el mundo.

«La alegría puede volverse permanente si desarrollamos las ideas adecuadas, si regulamos nuestros afectos a través de la razón, e identificarse, al cabo, con la felicidad, con un estado del ser», culmina este escritor. Una emoción olvidada por la filosofía.

Seguramente por su carácter irracional e incontrolable, la alegría no ha sido estudiada profusamente ni por los filósofos ni por los psicólogos. Pero hay algunos que sí lo hicieron y en cuyas tesis se basan los pocos autores que, hoy, resuelven analizar esta sensación de alborozo.

Es Baruch Spinoza el filósofo de la alegría por excelencia, el que la definió como «el paso del hombre de una menor a una mayor perfección», y el que se atrevió a distinguir entre alegrías pasivas -aquellas de las que sólo somos causa parcial, como las pasiones- y las activas, de las que somos causa por completo y que son, por tanto, más profundas, más verdaderas y más duraderas. También Friedrich Nietzsche sostuvo que la alegría es el poder de la vida sobre el que hay que apoyarse, y abogaba por cultivarla a través del trabajo con uno mismo.

Sostenía Nietzsche que la alegría debía asumir la totalidad de la existencia, incluido el sufrimiento.. Estos precursores culminan en el filósofo francés Henri Bergson, quien dijo que «la naturaleza nos advierte mediante un signo preciso de que hemos llegado a nuestro destino. Ese signo es la alegría». Defiende, también, que la alegría está estrechamente ligada a la creación. Cuando la vida alcanza sus logros, el ser humano, claro, está alegre.

Rebeca Yanke (18 marzo 2018)

1 comentario

  1. Isabel

    Muchísimas gracias por esta gran reflexión. Alegre siempre y agradecida a Dios por poner en mi vida personas tan maravillosas como usted, padre Félix. Que Dios le bendiga. Un gran abrazo.

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