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El diálogo filial del Padre Nuestro

El diálogo filial del Padre Nuestro

La redacción del Padre nuestro que os presento es una perla preciosa, si sabéis percibir el sentido íntimo de la expresión coloquial, que puede parecer a primera vista hasta prosaica y dicharachera… Pero no, todo lo contrario: lo que insinúa la palabra es, en realidad, todo lo que queremos decir, desde lo intimo del corazón, con la confianza de hijos bien nacidos, a un Padre que nos escucha con la paciencia y ternura de un buen Padre, si lo preferís, de una buena Madre, porque Dios es, en realidad, para cada uno de nosotros, Padre y Madre. Él sabe muy bien lo que queremos y necesitamos, pero, como un buen pedagogo, como un buen padre y una buena madre, espera a que se lo pidamos, para hacernos conscientes de lo que Él es y significa para nosotros; para que tomemos conciencia de nuestra limitación, pobreza y carencias de todo tipo; para que vayamos a Él con la actitud del niño que vibra ante la imagen de papá y mamá, protector y regazo materno, ante el peligro, necesidad o impotencia…

Él, que sabe bien lo que somos y lo que anhela nuestro corazón, no nos lo da todo hecho: nos da, en realidad, mucho más de lo que le pedimos, porque nos toma como hijos de verdad y nos hace participes de su heredad, asociándonos a la construcción de su Reino y al proyecto liberador de su mensaje: Venga tu Reino, (Construid conmigo el Reino de la Verdad, la Justicia, el Amor y la Paz); Perdónanos, como nosotros perdonamos… Y así sucesivamente.

La redacción primera del texto que os adjunto la encontré en un grupo de oración de jóvenes de la parroquia de las Angustias de Albacete; tiene sabor suramericano: parece que ellos lo refundieron a su estilo; después yo le di unos toques que me parecían más adecuados para un público más amplio… Ojalá este ejercicio de adaptaciones sucesivas alimenten nuestra imaginación creativa y nuestra ilusión siempre nueva…

Vamos a titular esta oración filial como sigue:

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El Padre nuestro, diálogo de Tú a tú.

HM: Hombre-Mujer. – “Padre Nuestro que estás en los cielos…”

D: Dios – ¿Sí? Estoy aquí…

HM.- ¡Por favor, no me interrumpas, estoy rezando!

D.- ¡Pero tú me llamaste!

HM.- ¿Llamé? Yo no llamé a nadie. Estoy rezando…”Padre Nuestro que estás en los cielos…”

D.- ¿Ves?, lo haces de nuevo.

HM.- ¿Hago qué?

D. – ¡Me llamaste! Tú dijiste: “Padre Nuestro que estás en los cielos…” Yo te contesté: Estoy aquí. ¿Cómo te puedo ayudar?

HM. – Pero yo no quise decir eso. Yo estoy rezando. Rezo el Padre Nuestro todos los días, me siento bien rezando así. Es como si fuese un deber, y no me siento bien hasta cumplirlo…

D. – Pero, ¿Cómo puedes decir Padre Nuestro, sin recordar que todos son tus hermanos, cómo puedes decir que estás en los cielos, si tú no sabes que el cielo es la paz, que el cielo es el amor a todos?

HM. – ¡Ya! ¡Realmente nunca había pensado en eso!

D. – Bien, prosigue con tu oración.

HM. – “Santificado sea tu nombre…”

D. – ¡Espera ahí! ¿Y qué es lo que quieres decir con eso?

HM. – Quiero decir…Quiero decir… No sé lo que quiero decir, no sé lo que significa. ¿Cómo voy a saber yo? Es parte de la oración, sólo eso…

D. – Santificado significa: que el nombre de Dios sea pronunciado con respeto, con veneración, que sea proclamado Santo, que la santidad de Dios sea nuestro punto de referencia…

HM. – Ahora entendí. Pero nunca había pensado en el sentido de esa palabra. Prosigo: “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo…”

D. – ¿Estás hablando en serio?

HM. – ¡Claro! ¿Por qué no?

D. – ¿Y qué es lo que tú haces para que eso suceda?

HM. – ¿Yo qué hago? ¡Nada! Es parte de la oración; además de eso, sería bueno que TÚ tuvieses en la tierra el mismo control que tienes en el cielo…

D. – ¿Tengo control sobre ti?

HM. – Bueno, yo… ¡Frecuento la iglesia!

D. – ¡No es eso lo que te pregunté! ¿Qué tal si te pregunto como tratas a tus hermanos, como gastas el dinero, cuanto tiempo dedicas a la televisión, a tus movidas, a las cosas baladíes que te seducen, al poco tiempo que me dedicas?

HM. – ¡¡¡Basta ya!!! ¡¡¡Para de sonrojarme!!!

D.- Disculpa. Pensé que estabas pidiendo que fuese hecha mi voluntad. Aceptar mi voluntad abarca muchas cosas: aceptar mi mensaje, mi palabra…; aceptar a los demás como son, a todos, no sólo a los que sintonizan con tu parecer…; Aceptar las circunstancias diversas, el frío y el calor, la lluvia y la sequía, respetar la naturaleza, vivir abierto a la comunidad de mis seguidores…

HM. – ¡Es verdad, tienes razón! ¡Veo que nunca acepto tu voluntad pues protesto de todo: si mandas lluvia, pido sol; si mandas sol suspiro por la sombra; si mandas frío, sigo protestando; si estoy enfermo, exijo la salud, pero después no cuido de ella… Dejo de alimentarme o como demasiado…!

D. – ¡Es bueno reconocer todo eso…! Vamos a trabajar juntos, tú y yo, pero mira, te advierto que vamos a tener victorias y derrotas. ¡Me está gustando mucho tu nueva actitud!

HM. – Escucha, Amigo, vamos a continuar: esta oración se está alargando demasiado. Prosigo: “El pan nuestro de cada día, dánosle hoy…”

D. – ¡¡¡Para ahí!!! ¿Tú me estás pidiendo pan material? No sólo de pan vive el hombre, vive mucho más de mi palabra. Cuando me pidas pan, recuerda a aquellos que no conocen el pan material ni el pan de mi palabra. Puedes pedirme lo que quieras, a condición de que me veas como un Padre amoroso que cuida de sus hijos…Continúa…

HM. – “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos…”

D. – ¿Y que has hecho de tu hermano?

HM. – ¡Ahora no consigo perdonar! Siento la necesidad de vengarme, de reparar el daño que me ha hecho…

D. – Entonces, ¿Tu oración? ¿Qué quiere decir tu oración? Tú me llamaste, yo estoy aquí, quiero que salgas de aquí transfigurado. Me gusta que seas honesto, sincero…Por eso creo que no es bueno cargar el peso de la ira y del rencor sobre ti… ¿No crees?

HM. – Pero creo que me iría mucho mejor si me desquitase, si reparase mi honor…

D. – ¡¡¡NO, NO, NO!!! ¡Va a ser mucho peor! La venganza no es tan dulce como parece. Piensa en la tristeza que me causarías a mi…Piensa en tu tristeza de ahora y en tu tristeza y soledad del después…Es preciso cambiar totalmente de actitud. Basta, para conseguirlo, que te lo propongas de verdad, ahora…, ya mismo…

HM. – Yo quisiera, ¿Pero cómo? Es superior a mis fuerzas…

D. – PERDONA A TU HERMANO Y YO TE PERDONARÉ A TI Y TE APOYARÉ…

HM. – Pero, ¡Es que no puedo por más que lo intento!

D. – ¡Entonces no me pidas perdón!

HM. – Si lo pienso bien, veo que tienes razón: ¡¡Estás en lo cierto!! Estoy dispuesto a intentarlo de nuevo… Échame una mano que soy frágil e inconstante. ¡Muéstranos el verdadero camino a mí y a los que no me quieren bien o me han hecho daño!

D. – Esto que me pides es maravilloso: ¡ahora me siento feliz de hablar contigo! ¿Y tú cómo te sientes?

HM. – Bien, muy bien… Para decirte la verdad, ¡nunca me había sentido tan bien! Es gratificante hablar contigo de TÚ a tú, como amigos de verdad, que se dicen las cosas como las sientes…

D. – También para mí. Pero terminemos tu oración. Prosigue.

HM. – “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal…”

D. – ¡Súper! ¡Voy a hacer exactamente eso!

HM. – ¿Y qué quieres decir con eso?

D. – Quiero decir que dejes de andar con personas que te incitan a andar de malas maneras por esos mundos…, que alimentan el odio, la discriminación, la injusticia… Que voy a estar contigo en tus esfuerzos por superar la maldad, el odio, el desamor y otras muchas cosas que tú sabes…¡Pero no uses todo esto como salida de emergencia!

HM. – ¡No entiendo esto último!

D. – ¡Claro que lo entiendes! Tú hiciste eso mismo muchas veces conmigo. Te metiste en caminos sin salida y después corrías a pedirme ayuda.

HM. – Tienes toda la razón: cuando lo pienso serenamente, siento vergüenza de mi mismo…

D. – ¡Claro que te perdono! Siempre perdono a aquel que está dispuesto a perdonar a los demás. Pero no te olvides en adelante: cuando me llames, recuerda nuestra conversación. Reflexiona a fondo sobre cada palabra que hemos dicho… Vamos ya: termina tu oración.

HM. – ¿Terminar? Ah, sí “AMEN”

D. – ¿Y qué quiere decir “AMEN”.

HM. – ¡No sé! Es el final de la oración.

D. – Tú debes decir AMEN, cuando aceptas todo lo que yo quiero; cuando tu voluntad concuerda con la mía; cuando cumples mis mandamientos, todos y siempre, no sólo los que te apetecen y cuando estás por la labor… Porque AMEN QUIERE DECIR ASÍ SEA, que sea todo según mi voluntad…

HM. – Hablas más claro que el agua, Amigo, sin equívocos ni medias tintas. GRACIAS POR AYUDARME A COMPRENDER ESTA ORACIÓN QUE TU MISMO ENSEÑASTE A TUS PRIMEROS AMIGOS Y SEGUIDORES…

D. – Yo amo a todos y a cada uno de mis hijos, pero tengo predilección por los que me buscan de verdad, los sencillos, los humildes, los pobres…, por los que brindan amor a manos llenas… ¡TE BENDIGO DESPUÉS DE ESTA AGRADABLE CONVERSACIÓN. VETE EN PAZ!

HM. – Gracias de verdad. Estoy muy contento de saber que TÚ eres MI AMIGO QUE NUNCA FALLA. ¡¡¡AMEN, AMEN, AMEN!!!

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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