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Mis recuerdos en Feyda 1. Los primeros tiempos (Javier F. Chento)

Mis recuerdos en Feyda 1. Los primeros tiempos (Javier F. Chento)

FEYDA EN EL RECUERDO

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Me alegra que sea precisamente Javier Chento el primero que ha respondido a mi reclamo. Él fue también uno de los que respondieron a la primera hora…

Me impresiona su testimonio, y no precisamente por los piropos que me dedica, de los que no me siento del todo acreedor, sino por la transparencia de su alma: lo que dice lo dice con sencillez y desde su más profunda intimidad personal: ahí está su alma, su vida y su profundo sentido vital vicenciano…

Los que andáis o habéis andado por Feyda conocéis de sobra a Javi… Por otra parte, tampoco puedo decir nada elogioso de él (siendo un cúmulo de valores), pues se ruborizaría y me reñiría de verdad… Pero si tenéis problemas serios de ordenador, si necesitáis una mano amiga para algo importante, sobre todo en relación con los  pobres…, ahí le tenéis, siempre disponible.

P. Félix Villafranca

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Mis recuerdos en Feyda


1. Los primeros tiempos (1976-1989)

 

Siempre en todo yo te vi:
te doy gracias, Señor.

(Brotes de Olivo)

A mis trece años yo era, como cualquier otro preadolescente, un chaval con ganas de hacerse mayor y bastante tontería encima.

El P. Félix Villafranca era entonces un joven sacerdote, lleno de ilusión y ganas de trabajar en la pastoral de jóvenes, ánimo que, gracias a Dios, conserva intacto hoy en día. Creo que en algún momento le tocó ser profesor de religión en mi colegio de San Vicente de Paúl de Barakaldo, aunque yo no le conocí realizando esta función.

Mi primer contacto con él fue, quizás, surrealista: en clase, el profesor nos explicaba la lección del día cuando Félix apareció en la puerta y, prácticamente sin saludar, soltó un “¡Vengo buscando hombres!” que tiró abajo el ambiente de estudio e hizo palidecer al pobre docente. Evidentemente, Félix nos explicó luego que estaba organizando una Semana de Juventud en el colegio, unos encuentros después de las clases, por la tarde a eso de las 5, donde nos lo pasaríamos muy bien y haríamos buenos amigos. Debió mencionar, como de pasada, que en estos encuentros irían las chicas del cercano colegio de La Milagrosa (creo que también fueron las del Colegio de La Inmaculada, aunque ya no estoy seguro).

Como era previsible, la Semana de Juventud fue un auténtico éxito, no tanto por los contenidos de la misma, de los cuales no tengo ni el más mínimo recuerdo, sino por la presencia de las féminas en unos tiempos en que el colegio era “sólo de chicos”… Ver a chicas en nuestro colegio fue un suceso indudablemente extraordinario, y más para nuestras desordenadas hormonas a nuestros 14 años en adelante. Así que las motivaciones de aquellos jóvenes que participamos en este primer encuentro tuvieron poco de espiritual: creo que el 99% de los muchos muchachos que allí fuimos lo hicimos para estar con las chicas, que entonces no veíamos más que de lejos (y el 1% restante irían obligados por sus padres, como fue el caso de Nino, mi compañero de pupitre). También hay que decir que, a esas edades, antes como ahora, poco más hacíamos que compartir la misma sala de reuniones; la timidez de la preadolescencia es así, y hablar con las chicas era un ejercicio peor que cualquier problema matemático.

De aquella Semana de Juventud surgieron dos grupos de unos 20 chavales y chavalas cada uno; yo asistía, con mis amigos de entonces, al de los más jóvenes. Nos reuníamos semanalmente en “la caracola” de la Iglesia del Colegio, un pequeño espacio donde, con apenas unas sillas, montábamos nuestras discusiones y temitas, acompañados por Antonio y Goyo, hoy paúles pero entonces los pacientes teólogos que nos aguantaban, viviendo en Las Arenas. Fueron tiempos maravillosos de los que guardo gratos recuerdos: creamos y consolidamos la amistad entre chavales que apenas nos conocíamos más que por ser compañeros de clase o “de la clase de al lado”, comenzamos a salir juntos, a hacer cuadrilla, y también teníamos, además de las reuniones, un rato de oración en la capilla pequeña del colegio (desaparecida actualmente y sustituida, si la memoria no me falla, por la sala de informática de Secundaria del colegio), antes de comenzar las clases matutinas. Por entonces comencé a tocar la guitarra, junto con algunos de mis amigos del grupo.

Un juego en una de las acampadas del Olivar, en la Dehersa de Letur, hacia el año 1980

Un juego en una de las acampadas del Olivar, en la Dehersa de Letur, hacia el año 1980

De alguna manera que no sé precisar acabamos moviéndonos a la parroquia de San Ignacio de Loyola de Barakaldo, llevada también por Paúles. Allí comencé a soltar mis primeros acordes en público en la misa de niños, con el P. Julián Arana en el organillo. Pronto el P. Félix volvió a aparecer en escena, y la parroquia de San Ignacio se pobló de jóvenes. Se abrió un salón parroquial, un gran espacio de, posiblemente, doscientos metros cuadrados, donde todos los días de la semana, después de las clases, nos juntábamos decenas de jóvenes a hablar, tocar la guitarra, jugar a ping-pong, pero también a formarnos, a rezar juntos, a organizarnos por grupos: no sólo los de Confirmación, también un par de grupos de Juventudes Marianas Vicencianas, el grupo de oración joven, el J.P.R. (Juventud Parroquial Remar –Remar es el nombre popular del barrio donde está la Parroquia de San Ignacio.–), Carismáticos, y un grupo que se llamaba Comunidad del Olivar, al que todos mirábamos con admiración por su compromiso, y en el que acabé entrando… Llegó a haber un número muy considerable de jóvenes y adolescentes en la pequeña parroquia del marginal barrio; seguramente más cerca de los doscientos que de los cien.

Este grupo, El Olivar, fue mi primer contacto serio con el espíritu vicenciano de servicio al pobre. No sólo eran las acampadas de verano en zonas necesitadas, también el acompañamiento a los abuelos en la Residencia Miranda, las reuniones de formación, convivencias, oración… La Comunidad del Olivar fue el germen de lo que luego acabó llamándose Feyda. Llevaban funcionando ya unos 3 años cuando yo me junté a ellos, una treintena larga de jóvenes de ambos sexos entre los dieicitantos y los veintitantos, fundamentalmente agrupados en la zona de Bilbao-Vitoria y la zona de Madrid.

Mi primer retiro serio fue una convivencia de Semana Santa con el Olivar, que se realizó en la casa de las Hijas de la Caridad de Gordexola. Para mí supuso una experiencia que aún recuerdo con cariño; no sólo celebramos la Pascua, también vivimos tiempos de profunda experiencia espiritual (para nuestras edades). Recuerdo que la experiencia del desierto me impactó profundamente. También recuerdo, cómo no, las largas noches de charla y canto, guitarreo y expansión. Todo, hasta esto, forma parte del crecimiento personal y comunitario.

Ese verano fue el primero que dejé de ir de vacaciones con mi familia al “pueblo de mis abuelos” y me enrolé en las actividades de la Comunidad del Olivar, que con el tiempo pasaría a llamarse Feyda.

Reunión de preparación en acampada del Olivar, en La Dehesa de Letur

Reunión de preparación en acampada del Olivar, en La Dehesa de Letur

Básicamente, en verano y a lo largo de muchos años:

  • Teníamos una acampada de ayuda al pueblo en una zona deprimida de España, de un mes de duración, en el mes de Julio, en la que, además de llevar una vida comunitaria intensa y fraterna (que incluía una hora de oración por la mañana y misa vespertina todos los días), ayudábamos en los pueblos a los que íbamos en muy diversas tareas: desde apoyo escolar a los niños, atención a enfermos y ancianos, hasta –en alguna ocasión– ayudar en tareas agrícolas.
    Nos acompañaban en las acampadas Hijas de la Caridad y algún misionero paúl; también miembros de otras congregaciones religiosas (uno de ellos, el recordado y admirado padre franciscano Chema) se unieron a las acampadas durante muchos años; pero, sobre todo, un buen número de jóvenes dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos.
    Mi primera acampada fue en La Dehesa de Letur (Albacete). En aquellos tiempos, hace 30 años, tan sólo el hecho de llegar a la zona por una destartalada carretera ya era un triunfo. Fueron mis primeros contactos con la pobreza real, palpable, con la falta de recursos que uno imagina lejos de nuestras fronteras pero que, también existían (y aún existen) aquí.
    La Hijas de la Caridad fueron ejemplo de servicio para todos nosotros. Nos mostraron cual era el verdadero servicio desde san Vicente de Paúl, y lo hicieron con las obras sencillas de sus manos, no con grandes discursos. Recuerdo aún impresionado, por poner uno de muchos ejemplos, la sencillez de sor Mari Ángeles limpiando unas enormes y purulentas llagas, llenas de pus, de un anciano, enfermo terminal que yacía en cama.
  • Durante todo el mes de Agosto continuábamos la labor en las colonias de verano de inglés que comenzaron en 1976. El trabajo con los niños era agotador. Entre el campamento del Olivar y la colonia de inglés acabábamos agosto cansados… ¡pero felices! Y, a pesar de todo, llenos de energía para seguir, año tras año, realizando esta labor durante el verano.

Feyda comenzó a tomar forma entonces, en la vida y las vivencias de un grupo de jóvenes entusiastas y en un buen número de actividades que se llevaban a cabo durante todo el año, no sólo en el verano. Los recursos eran pocos pero la creatividad grande. Pasábamos tanto tiempo en la parroquia y fuera de casa que alguno de nuestros padres sugirió (con cierta retranca y, también, orgullo) que sólo nos faltaba llevar la cama a la parroquia. Pero Félix, con mucho ingenio también, reunió a nuestros padres para mostrarles lo que hacíamos y vivíamos; no hay que decir que quedaron encantados de saber en qué ambiente nos movíamos; incluso algunos de ellos retomaron su contacto con la Iglesia y la parroquia, que tenían algo olvidada. También algunos padres se unieron al carro de las actividades del Olivar. Como diría san Vicente: ¡Bendito sea Dios!

Al final de cada verano, una comida de despedida en Gecho. En la foto, parte del grupo de monitores de los primeros años de Feyda.

Al final de cada verano, una comida de despedida de los monitores en Getxo. En la foto, parte del grupo de monitores de los primeros años de Feyda.

Hubo dos núcleos de jóvenes estables del Olivar desde prácticamente el principio: uno en Barakaldo (Vizcaya), y otro en Madrid. Teníamos un contacto asiduo y cercano, y nos juntábamos periódicamente en convivencias.

Lo que comenzó siendo un curso de inglés en verano, con el paso de los años se convirtieron en dos, tres y más, durante los meses de Julio y Agosto… y se añadieron los viajes al extranjero. Sin querer darnos cuenta cientos, miles de padres habían puesto su confianza en Feyda para que, durante el tiempo estival, sus hijos pasaran un mes de colonias divertidas, en un ambiente cristiano, y también aprovechando las mañanas para aprender inglés. Las colonias de entonces estaban a medio camino entre un campamento de tiempo libre, un curso de inglés y una convivencia cristiana; de hecho, al comienzo teníamos misa diaria y reuniones de pastoral, con los niños, también todos los días. Además, un momento de oración por la mañana para todos y una oración especial sólo del grupo de monitores. Todos teníamos claro desde el comienzo que aquellas colonias eran un momento especialmente privilegiado para trasmitir a los niños y niñas la Fe, los valores, la alegría y euforia que vivíamos entonces.

La música nos acompañaba en todo momento y actividad. No hacía falta mucho: una guitarra y ya estábamos cantando. Así, una de las actividades más llamativas de esta primera época fue representar la obra musical Godspell en vivo. Con la bendita locura de los años jóvenes un grupo de unos 20 muchachos y muchachas los que estábamos en estas actividades nos animamos a preparar este musical, en vivo, tocando las canciones en directo. Y a decir verdad no lo debíamos hacer mal, pues recorrimos un buen número de ciudades con el montaje, hasta un total de 35 representaciones.

Con el natural crecer de los miembros del Olivar-Feyda, comenzaron a aparecer parejas (que acabaron siendo matrimonios) y vocaciones religiosas. También una natural “dispersión universitaria” de algunos miembros que salían de sus lugares de origen para estudiar; nuevos miembros entraban también.

Tiempo de esparcimiento en la sala de profesores, curso de inglés en Murguía, hacia el año 1980

Tiempo de esparcimiento en la sala de profesores, curso de inglés en Murguía, hacia el año 1980

En mi caso pasé, en las colonias de inglés, de ser monitor a ser coordinador de monitores y, pronto, a colaborar con el P. Félix en los envíos de información y la gestión de las matrículas de las colonias de inglés, a lo largo de todo el año. En los primeros tiempos no existían ordenadores, se policopiaban las fichas e informaciones en una destartalada máquina, poníamos los sellos a mano, muchas direcciones se escribían a mano también… Lo que hoy cuesta dos o tres días a una persona, en aquellos tiempos podría llevar, tranquilamente, una semana a un equipo de 4. Eran otros tiempos.

Tres hechos relevantes más resalto en esta época del “primer amor”:

  1. El comienzo de mi participación en la Misiones Populares de la Provincia de Zaragoza: las Misiones Populares, siendo algo tan vital en el carisma misionero paúl, cayeron en una cierta confusión después del Concilio Vaticano II. Gracias al espíritu vicenciano de la Provincia de los Paúles de Zaragoza, se relanzaron con “nuevos métodos y nuevo ardor”, allá por finales de los 70. Mi primer contacto con este ministerio vino de mano del P. Luis María Martínez Sanjuan, la incombustible seglar Asun y varios miembros del Olivar que, invitados por Luis Mari, participamos en una misión en la Dehesa de Letur. Las fechas bailan en mi memoria, pero debió de ser a mediados de los 80. Nunca podré agradecer lo bastante a Dios el don que me concedió al poder ser (y seguir siendo, más de 25 años después) humilde instrumento suyo en este ministerio.
  2. El trabajo que realizamos algunos de los miembros del Olivar, con sor Mari Ángeles González, con drogadictos en Bilbao. La hermana Mari Ángeles trabajaba entonces (ahora está de misionera en Bolivia) en un Instituto en Bilbao, y también en dos centros de drogadictos, a lo largo de varios años. De su mano comenzamos a acompañar la desintoxicación de drogadictos y su rehabilitación. Incluso algunos de ellos llegaron a venir a las acampadas del Olivar… De aquella labor me queda (además de una íntima experiencia de contacto con el pobre) una gran amistad con uno de ellos, ya rehabilitado y felizmente casado.
  3. La Confirmación fue un hecho importante, vivido en comunidad y preparado en comunidad y desde la parroquia. Mirando hacia atrás, puedo decir con cierto orgullo que mi Confirmación y la de mis compañeros del Olivar y de algunos otros grupos parroquiales se planteó como creo que debería plantearse siempre este sacramento: no como el colofón de un proceso de catequesis, sino como un paso más en la afirmación de nuestro deseo de ser Iglesia y comprometer nuestras vidas a favor del Evangelio. Nos confirmamos mayores: yo con 21 años, casi todos por encima de los 18. Además tuvimos la suerte de poder reunirnos previamente con Monseñor Juan María Uriarte, quien nos confirmó, días antes de nuestra Confirmación, para hablar de lo que íbamos a celebrar. Personalmente, también fue importante que mi madrina de Confirmación fuera precisamente una Hija de la Caridad, Mari Ángeles, quien ha sido un testimonio de auténtico espíritu vicenciano durante toda mi vida adulta.

Nos plantamos, a finales de los ochenta, con Feyda siendo una organización ya considerablemente grande. Comienza una etapa de “institucionalización” y asentamiento. Se aprueban unos estatutos (civil y eclesialmente) de la mano de Monseñor Antonio Algora y del Provincial de Zaragoza de entonces, el P. Mendoza, y se “oficializa” el nombre de Asociación Feyda para este grupo de jóvenes y adultos que llevábamos casi quince años haciendo “locuras”. Con miembros en muchas partes de España, se elige Teruel como sede de la Asociación y se compra un local para centralizar toda la actividad. No teníamos un euro, pero sí mucho entusiasmo. Dos personas comenzamos a trabajar para Feyda a tiempo completo.

El año 1991 supuso un antes y un después en mi experiencia de Fe, gracias al apoyo de mi compañeros de la Asociación y a los Paúles de Zaragoza. Pero esto lo dejamos para un próximo artículo.

Javier F. Chento

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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