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Aquellos veranos inolvidables…

Aquellos veranos inolvidables…

Las incongruencias de la vida

Si bien lo pensamos, somos bastante extraños los humanos: vivimos proyectados hacia el futuro y cuando llegamos al añorado futuro suspiramos por los buenos tiempos del pasado. De ahí viene, quizá, el refrán de que cualquier tiempo pasado fue mejor, convicción profunda de los cargados en años, cuando miran nostálgicamente a sus años de infancia y juventud.

El niño sueña con ser como su hermano mayor; el joven, con ser adulto y poder decidir por sí mismo, romper todas las dependencias paternas y ser, por fin, libre. Y cuando alcanza su ansiosamente buscada libertad, no sabe por dónde encaminarse, hecho un mar de zozobras y vaivenes.

En otro orden de cosas, en la vida real de cada día, cansados de la monotonía del día a día, suspiramos por las fiestas, los puentes y las soñadas vacaciones y terminamos por querer volver a la normalidad, a la vida tranquila del horario normal, como una liberación del ajetreo desbocado, de las comidas a deshora, del sol que nos ha tostado la piel, de los anocheceres interminables, de la vida libre. Y, después de todo, terminamos por querer descansar del ajetreo frenético del verano. ¡Así somos de inconsistentes y contradictorios los humanos!

El gran secreto

¿Y cuál será el secreto para romper estas anomalías, para romper de una vez los esquemas convencionales de la vida, y vivir cada minutu de nuestra existencia con sensación de plenitud, de tal manera que ni miremos con nostalgia el pasado, ni ansiemos el futuro, ni renunciemos al néctar del minuto presente? No es baladí ni superflua la pregunta: quizá es el secreto de la felicidad limitada a la que los humanos estemos llamados, en este estrecho margen de nuestra existencia.

Puede sorprender, pero os digo que creo haber encontrado la respuesta a esta insidiosa pregunta, más de una vez en mi vida. Y no solo yo, sino también miles de niños y de jóvenes que, a lo largo de cuarenta años, tuvieron el privilegio de vivir y compartir unos veranos de ensueño, de los que no se olvidan. Se llamaban aquellos veranos

Cursos Feyda de inglés en verano.

Proceso de participación en los cursos Feyda

Y este era el proceso para ser agraciado con este premio. Cuando llegaba a las familias el anuncio de un curso de inglés programado por Feyda, (Acrónimo de Fe y Vida) que se anunciaban como una combinación de curso intensivo de inglés y una convivencia en la que se compartían valores permanentes de la persona, desde una perspectiva cristiana, la reacción primera de los pequeños miembros de la familia era de rechazo absoluto. Y los buenos padres de familia tenían que usar todas sus artes malabares para convencer a sus pequeños de que aquella era una buena opción, para pasarlo bien en verano y, encima, óptima para ponerse al día en inglés, con profesores nativos. Todo esto era novedoso, realmente pionero, en aquellos años setenta y tantos. Quizá este era el secreto oculto, que rompía los esquemas del rechazo visceral infantil y juvenil, aún en las familias de bien.

Después venia la calma: quizá podía convencer a algunos familiares o amigos para ir juntos a tan extraña experiencia. Y eso ya era otra cosa: ya no iba a ir solo o sola, sino con algunos familiares o amigos. Eso de pasar un mes fuera de casa (al principio nuestros cursos de inglés eran de un mes completo), sin los padres, sin los amigos… parecía de una audacia extraterrestre.

Y empezaba la fiesta de aquel extraño verano que, sin saberlo, iba a quedar en el recuerdo, por mucho tiempo. Después de cenar la primera noche, despedidos los padres con lágrimas, alboreaban las primeras tímidas sonrisas, los primeros saludos y abrazos a los compañeros de habitación, de grupo por edades; y de clase, según niveles de conocimiento de inglés. Se anunciaba el programa general del curso, se hacía énfasis en las excursiones y tiempos de salida y excursiones a lo largo del mes. Y cambiaban las caras: no todo iba a ser trabajo y reuniones cansinas de reflexión y rezos, como algunos se habían imaginado.

La presentación del equipo de monitores, sonrientes y juguetones, en plena juventud, procedentes de distintos ámbitos geográficos, era otro momento de especial expectación.

Y terminaba el día del encuentro con una breve reflexión y un canto apropiado, de los que levantan el ánimo. Aquella primera reflexión de inauguración de la acampada de inglés de verano se llamaría Buenas Noches, idea acuñada por San Juan Bosco para sus jóvenes.

Y el canto final recogería lo mejor de lo vivido en el primer día y una sonrisa abierta para el día siguiente.

Y asi empezaba la fiesta de aquellos cursos inolvidables que, con el tiempo dieron en llamarse cursos de inglés Feyda.

Final de fiesta

Al final de la fiesta del mes vacacional, con cuatro horas diarias de inglés, quien lo iba a decir al principio, el panorama había cambiado por completo. No eran angustias por lo desconocido y por las despedidas de los familiares, sino lamentos por el final de la fiesta compartida, por lo genial que se lo habían pasado, por la separación de aquellos amigos del alma que habían hecho. Se prometían, entre lágrimas, seguir en contacto, juntarse alguna vez a la largo del año, asistir a los siguientes encuentros Feyda y un montón de cosas más. Todos estos signos constituían la marca de calidad de los cursos de inglés Feyda.

El milagro de aquella experiencia lo había logrado una planificación adecuada a las expectativas de aquellos niños y adolescentes que venían abiertos a experiencias nuevas, en búsqueda de amistad, de compartir una fiesta entre amigos; pero también con ganas de perfeccionar sus conocimientos, con sus mochilas cargadas de ilusión, sin miedo a lo desconocido.

Y pasados muchos años, aquellos niños y adolescentes mantienen contactos y lazos de amistad, fraguados en aquellos veranos inolvidables. Y sus nombres y recuerdos quedaron grabados para siempre.

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