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Presentación «Realidades ante el portal»

Presentación «Realidades ante el portal»

Introducción.

Este año del coronavirus se está extendiendo la idea de que la Navidad no va a ser como los años pasados: el riesgo del contagio va a amargarnos la Navidad de 2020.

Y si lo vemos desde otra perspectiva, ¿no puede ser este año una ocasión propicia para acercarnos al sentido de la verdadera y auténtica navidad?

El acontecimiento original nos habla de un matrimonio de recién casados, que tienen que ir al lugar de su nacimiento, un pueblo recóndito, conocido solo de unos pocos, para empadronarse. Y lo tienen que hacer en condiciones de extrema precariedad, en borrico, con los enseres imprescindibles, en situación de gravidez de la esposa, próxima a dar a luz. Pocos emigrantes de nuestro tiempo presentan una situación parecida.

Ese pueblo, Belén, de notable historia del pasado, ha venido a menos. Tampoco los peregrinos, José y María, mantienen vivos los contactos con sus antepasados: ni siquiera hay una de sus familias allegadas que lo reciban en su casa; son para ellos unos desconocidos. Y tienen que ir a refugiarse en un establo abandonado. Y allí, en un establo, calentado por la presencia de unos animales, nacerá su primogénito.

Ese niño, Emmanuel, Dios con nosotros, viene a anunciarnos un mundo nuevo, donde los pobres son los preferidos de Dios, donde todos nos sentiremos hermanos, donde no habrá distinción de razas ni de clases sociales, donde todos compartiremos nuestros bienes de tal modo que cada uno pueda vivir con la dignidad de hijos del mismo Padre. Pero, no viene a bombo y platillo, ni con boatos de grandeza, sino con la humildad del que tiende la mano a todos.

Tal vez, ojalá, la Navidad de 2020, nos haga reflexionar y nos acerque al sentido original de la primera Navidad. Que las grandes reuniones familiares imposibles de este año nos acerque a los que viven en soledad y orfandad; que las grandes comilonas se tercien con la práctica de la solidaridad con los que no tienen lo necesario para vivir dignamente; que las luces de colores y los villancicos tradicionales se traduzcan en cantos de alegría, de fraternidad y amistad compartida.

Entonces, sí que nos acercaremos al verdadero sentido de la Navidad primera, y el virus odiado cambiará para siempre el sentido de nuestro gozo navideño, y nos traerá la alegría de saber que Dios se ha hecho uno de nosotros y viene a quedarse definitivamente con los más pobres, sin distinciones ni etiquetas, sin odios ni rencores…; con la Buena Nueva que anuncia la Paz en la Justicia y en la libertad de los Hijos de Dios.

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Texto íntegro del video

(Tomado del libro “Preparad la Navidad” de Almudena Colorado). El video que acompaña el texto ha sido elaborado por Sor María Vicenta Díaz, Hija de la Caridad)

El vagabundo.

¿Tú también te has quedado sin casa y vas a dormir al aire libre? En ese caso, deja que eche a tu lado estos cartones donde puedas tumbarte y así no dormiré solo esta noche….

No sé por qué te dejaron nacer aquí. Este tan osco y triste no es lugar para nacer un hermoso Niño como Tú.

¿Sabes? Son muchas las personas que también se quedaron en la calle, bien porque alguien los abandonó, bien porque fueron ellos mismos los que se abandonaron, y convirtieron la calle en su hogar.

Ese, más menos, ha sido mi caso. De aquí para allá todo el día, con este pequeño carro que llevar toda mi vida a cuestas, y unos cartones donde poder echarme cuando llega la noche.

Lo malo es el frío o la lluvia… Bueno, miento, lo malo, en verdad, es la soledad. Es como si, de repente, todo se pusiera oscuro para siempre. No sé si algún día vivirás lo que es sentirse solo. Espero que no. Y si algún día lo vives, busca un cielo estrellado bajo el que cobijarte y busca consuelo. La soledad, bajo las estrellas, es menos dolorosa.

Pequeño Niño, si en tu vida topas con muchos vagabundos como yo, acógelos, no huyas de ellos. Sé que nuestro aspecto no invita a la acogida, pero detrás de esta fachada harapienta hay un ser que aún no perdió el corazón.

¿Ves, querido Niño? ¡El cielo está lleno de estrellas! Gracias, precioso bebé, por acogerme esta noche bajo el techo de tu portal.

El inmigrante.

Me dijeron que ibais de camino y no sé dónde, pero que tuvisteis que hacer un parón en el camino porque ya llegabas Tú.

Conozco a muchos niños que les pasó algo parecido. Sus padres iban de camino hacia la “gran ciudad” y durante el camino vinieron ellos. Algunos tuvieron suerte. Otros… en el camino se quedaron.

Veo que no te sobran las riquezas, que has venido a nacer en un triste pesebre, y que la gente que por allí llega, a excepción de esos tres ricos señores, que no conozco, son gente del pueblo.

A mí tampoco me rodean las riquezas, ni siquiera de lejos. Y, si te soy sincero, el lugar en que vivo ahora es tan poca cosa como este pesebre.

Me imagino que a tus padres les pasó lo que a mí: que no pude conseguir otro sitio mejor. Y la gente que me rodea es gente como yo, humilde, pobre y desheredada de todo lo bueno del mundo.

Dime, Niño lindo, ¿estás de paso? ¿Te quedarás ya aquí? Esas preguntas me las hago cada día, al levantarme. Siempre me digo: ¿Estoy de paso o me quedaré ya aquí?

Bueno, vayas donde vayas, acuérdate siempre de los que vamos y venimos, sin tierra ni cielo fijo. Porque Tú, querido Niño, a medio camino naciste y algo de nosotros seguro que siempre quedará en ti.

El parado que no puede realizar su vocación,

¿Qué puedo ofrecerte yo, Señor? ¿Unas manos vacías e inútiles como estas? ¿Una vida que no encuentra donde vivir?

Es difícil entonar un canto de alegría cuando uno se siente de esta manera. Pero sé que me entiendes, querido Niño, y que aceptas mi ofrenda, aunque sea amarga.

Tú has nacido en el seno de una familia trabajadora, comprenderás, aun siendo Dios, lo que el trabajo significa para el hombre. Un hombre sin trabajo es como una obra que no sirve para nada, que no encuentra su lugar en el mundo, que no sabe para que vino a ser creada.

Y por eso, desde mi desesperación, te pido en nombre de todos los parados del mundo la Esperanza, la fe en el mañana, la fuerza para seguir adelante, el ánimo para no rendirnos nunca.

Gracias, Jesús, por querer encarnarte en el hombre. Y, sobre todo, en el hombre pobre.

Gracias por acercar a Dios a nuestra realidad, y decirnos desde ella que no estamos solos, que Tú no nos dejas, que hoy vuelves a nacer entre nosotros para compartir el dolor y la esperanza.

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