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La vida de comunidad, escuela de humanidad

La vida de comunidad, escuela de humanidad

Ambientación

Poco se puede decir sobre este tema, que no se haya dicho ya, anteriormente, de mil formas diferentes. Pero me atreveré a decir, con humildad, mi propia experiencia, consciente de que hay cosas que quedan siempre en el santuario interior: hablar de sí mismo y de relaciones con personas con las que convives habitualmente implica el acuerdo implícito de decir “no toda la verdad”.

Vivir en comunidad en la vida religiosa, en el actual momento de la iglesia, implica actitudes permanentes que no son fáciles de conjugar:

  • Disponibilidad, in radice, para ir allá donde la “Providencia” te señale, a través de la voz de los superiores. Todavía, hoy, es así.
  • Estado de ánimo permanente para el servicio pastoral a aquellas personas o grupos humanos que te toque en suerte, en la demarcación territorial o en el grupo humano correspondiente, según el espíritu o exigencia de la propia congregación.
  • Actitud interior de compartir tus capacidades, valores y limitaciones,

ilusiones y esperanzas, carencias y haberes positivos, trabajo y ocio, y tantas otras cosas que surgen en el día a día de convivencia con personas de las mil y una manera distintas de ser y de pensar.

  • Una buena dosis de capacidad de aceptarte a ti mismo como eres y de aceptar también al otro tal como es, no como te lo imaginas, buscando siempre la realización personal propia y del otro. Hay una canción antigua que lo dice clarito: “Ámalos como son y lucha porque sean los hombres y las mujeres que Dios quiso que fueran” (Viva la gente)
  • Toneladas de buen humor y bolsas muy grandes de ganas de compartir lo que se es y lo que se quiere ser, en busca de un proyecto común en servicio de los “pobres”, que nos lleva a la construcción del Reino de Dios, como comunidad evangelizadora.
  • La lista sería mucho más larga, pero basta con lo dicho.

Claro-oscuros de la vida comunitaria en el día a día

No todo es como parece, pero puede aproximarse a la realidad. Cada persona es un castillo, con rincones escondidos, que forman parte del misterio de cada persona.

La vida en comunidad hay que enmarcarla en el contexto de valeres y tendencias de la sociedad actual: no somos islas, sino piezas del mismo entramado social que nos toca vivir. Esto explica muchas anomalías o actitudes extrañas de la vida de comunidad en el hoy que nos toca vivir, juzgadas a luz del pasado.

Uno de los cambios mayores que se están operando es el sentido de la obediencia. Hemos pasado de una obediencia que valoraba como virtud lanzarse al vacío, o ser capaz de “barrer las escaleras hacia arriba”, porque esa era la voluntad de Dios expresada por los superiores, a una obediencia dialogada y

consensuada por las dos partes, el que manda y el que cumple, con todas las aristas adyacentes entre una y otra posición.

La pérdida de ilusión y entusiasmo en el trabajo, en la misión pastoral que te ha tocado, es otra de las características llamativas de nuestro tiempo. Este nuevo signo de los tiempos en nuestra vida pastoral y comunitaria surge tal vez del cambio de actitud de la sociedad hacia el sacerdote y la vida religiosa, en general: hemos pasado de una visión de la iglesia y de sus miembros, en el pedestal, propia de una época de iglesia en cristiandad, a una valoración negativa, incluso hostil, hacia todo lo que huela a iglesia y cristiano, más específicamente católico. ¿Serán consecuencia de esta nueva situación la falta de creatividad, la vagancia generalizada de una buena parte del clero y de los religiosos? ¿Cuántas horas diarias reales dedicamos a la evangelización de los pobres, al trabajo en las “periferias sociales”, que es lo nuestro y lo de la iglesia en general?

Las celotipias, envidiejas, críticas, murmuraciones abusivas son otra lacra corrosiva en la vida de comunidad. Buena parte del clero y de los religiosos y religiosas, en general, según lo que percibo entre bastidores, no soporta que el que está a su lado triunfe o tenga éxito en el mundillo en que se mueven, cuando yo paso desapercibido, haciendo aparentemente lo mismo. Rara vez alabamos el esfuerzo o el buen hacer del otro; corro, “lleno de celo apostólico”, a llamar la atención al compañero en aquello que estimo que no está bien hecho. Pero rara vez le alabo por su buen hacer. A veces, el clima puede hacerse irrespirable, hasta hacer imposible la comunicación fraterna y la misma planificación pastoral conjunta. Pero esto no es de ahora, es parte consustancial de elemento humano que todos llevamos dentro. Hasta algún santo, hace tiempo, exclamó dolorido: “Mi mayor penitencia, la vida comunitaria”

Pero, más allá de las neblinas, todavía brilla el sol

Más de uno, con cara de justiciero, se habrá frotado las manos, al constatar la “verdad”, su verdad, sobre la iglesia y sobre sus miembros destacados, aupados en el pasado por una sociedad adormecida. Pero, lo dicho anteriormente tampoco es toda la verdad: habrá que quitarse las orejeras y ponerse nuevas gafas, marca arcoíris, para penetrar en la belleza del firmamento, iluminado por la luz multicolor del arcoiris, después de una tormenta otoñal.

En mi larga vida comunitaria, 83 años bien cumplidos, he visto ejemplos de virtud que rara vez se ven en el conjunto opaco de la sociedad: compañeros sacrificados, disponibles para cualquier servicio que se les demande, abiertos al diálogo y a la cooperación con el otro, aunque sea de distinta manera de pensar y de actuar que la mía.

Compañeros que no están apegados ni al cargo ni al lugar, siempre con la maleta abierta, para ir donde sean demandados sus servicios o la autoridad le señale. Amigos del alma, que siempre disculpan tus limitaciones o carencias y te aúpan con su sonrisa complaciente y solidaria.

Trabajadores incansables que, una vez cumplida su tarea de cada día, todavía dedican parte importante de su tiempo al estudio o la lectura, a acompañar al otro en sus tareas, a visitar familias o personas en estado de dependencia.

Amigos de verdad que siempre se interesan por lo que haces y valoran tus logros e iniciativas creativas, y hasta las asumen como si fueran suyas.

Los hay también lanzados a la aventura de descubrir nuevos campos de aventura y de evangelización, dedicados de por vida a la evangelización en tierras de misión o del tercer o cuarto mundo, asumiendo todos los riesgos de pobreza y de carencia de bienes de consumo habituales en la sociedad que dejan a sus espaldas.

Y no faltan los de sonrisa permanente, que sale del hondón de un alma transparente, espejo de una vida coherente con sus principios racionales, iluminados por la fe en un Dios que es amor, misericordia y cercanía para todo el que se acoge a él.

Y el plus de un espíritu de oración intensa que brilla en la noche de una sociedad laicista, alérgica a los valores superiores, completa el florero que corona el ramillete de valores permanentes de una comunidad de fe, unida por la esperanza en un Dios cercano, que mantiene siempre la puerta abierta al que a Él se acerca, con sencillez y humildad.

Definitivamente, la vida comunitaria, desde una perspectiva creyente, abierta al servicio evangelizador de los pobres, al compartir con el otro los bienes y haberes que Dios nos ha dado a cada uno, es todavía un bien inestimable, un tesoro escondido que hay que mejorar hasta hacerlo plenitud en el amor y en el servicio del día a día al que está a tu lado.

Todavía, la vida de Comunidad, más allá de las sombras del presente y del pasado, sigue siendo una escuela de humanidad y de santidad. ¿Quién se atreverá, hoy, a asociarse a esta escuela? Ven y verás.

5 Comentarios

  1. Herminia Pliego

    Extraordinaria reflexión 👍

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  2. Religiosa

    Exhaustiva confesión. Sólo un sacerdote lleno del Espíritu santo, hace una fotografía tan real de la vida comunitaria.

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  3. Laurentino Berrade

    Gracias, Félix, por este genial artículo sobre la Vida de Comunidad. Yo creo que es valido lo que comentas para todos los estados del hombre. El soltero tendrá que soportar el carácter del amigo si quiere convivir con amigos. La vida matrimonial, idem de idem. Hace años un sicólogo nos decía en una charla a los matrimonios presentes: la vida del matrimonio tiene que estar formada por dos líneas paralelas que caminan juntas ayudándose mutuamente. Si una línea monta sobre la otra, se fastidio la convivencia matrimonial. Algo parecido sucede en la vida religiosa. Como alguien quiera imponer sus formas de pensar, sus gustos sobre el resto, hace la vida difícil al resto de compañeros.
    Gracias, Félix por esta lección de convivencia.

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  4. Valentina Carrion

    La vida de Comunidad, más allá de las sombras del presente y del pasado, sigue siendo una escuela de humanidad y de santidad.

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  5. Vicente Hernandez

    Muy bien Félix y muy hermosas reflexiones sobre la vida en comunidad. La nuestra es la familia y en mi caso bastante más extensa. Para que vamos a entrar en profundidades.

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