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La Inmaculada Concepción

La Inmaculada Concepción

Aclaración de Conceptos

Llamar a María Inmaculada es una imprecisión del lenguaje; más que una expresión elogiosa, implica una reducción, una limitación de lo que realmente significa y queremos afirmar: ella es no solo la que no estuvo sometida en ningún momento al dominio de la culpa, ni siquiera a la inclinación al mal (el fomex peccati, como se denomina en teología), sino que es la elegida de Dios, la llena de Gracia, en plenitud progresiva, a medida que iba realizando, libre y conscientemente, el plan de Dios en la historia de la salvación; por eso la llama el ángel Llena de Gracia, expresión que debemos entender no restrictivamente, como algo estático, sino en proceso progresivo, como una vasija, un vaso, que aumenta constantemente su capacidad a medida que vas echando en él el agua de la colaboración a la gracia de Dios recibida en primera instancia. Ella es la única creatura en la que Dios se complace, la elegida para ser la Madre de Dios creador y salvador de los hombres.

“Callas y solamente cantas…porque vos sois bella, porque sois Inmaculada, la mujer cuya gracia es en fin restituida, la criatura en su honor primero y en su florecimiento final, tal cual salió de Dios en el alba de su resplandor original, inefablemente intacta” Así canta a la Virgen Paul Claudel, el gran convertido de nuestra Señora de Paris,

“Antes de que hubiera tierra, ni cielo, ni agua, ni hermosura, ella era la delicia de Dios. Cuando Él echaba los cimientos de la tierra, cuando ponía los diques para el bravo mar, cuando entoldaba el aire con la hermosura del cielo, Ella era el recreo del magnífico Arquitecto”. P. Fernando Delgado, cm.

Profundización teológica

Después de largas y agrias discusiones teológicas se impusieron las razones lógicas del corazón. María, elegida desde los albores de la creación para ser la madre de Dios, no podía estar sometida a la ley general de la herencia primera de la transmisión del mal. A ella, de nuestra misma especie humana, descendiente de nuestros primeros padres, pero elegida para una misión única, se le aplicaron antecedentemente los méritos de Cristo Salvador del género humano. ¿Qué hijo no hace por su madre todo que está en su mano hacer? Si no fuera así, sería un mal hijo o sería limitado en sus capacidades como los demás mortales.

Un buen teólogo, Duns Scoto, tuvo la inspiración de formular así esta realidad que hoy nos parece irrefutable: “Potuit, decuit, ergo fecit”, expresión latina que un poeta español traducía asi:

“¡Quiso y no pudo, no es Dios!
¡Pudo y no quiso, no es Hijo!
Digan pues que pudo y quiso.

Las viejas y agrias discusiones teológicas acallaron desde engonces y los creyentes del mundo entero empezaron a proclamar abiertamente a María, sin reticencias, Inmaculada Concepción de nuestra Señora. María, cuya dignidad de Madre de Dios le hacía tocar los límites de la divinidad, tuvo que ser concebida sin la mancha original que nos dejaron nuestros primeros padres.

Los límites del lenguaje nos imponen expresar en términos negativos lo que en sí mismo es una realidad plenamente positiva. Del mismo modo que concebimos la eternidad de Dios como negación del tiempo, interpretamos la Inmaculada Concepción de María como negación del pecado original. Pero, ni la eternidad es ausencia de tiempo, ni la Inmaculada Concepción de María es sólo preservación del pecado original. Más que negación de tiempo, eternidad es plenitud de vida en Dios, del mismo modo, la Concepción Inmaculada de María implica plenitud de gracia, amistad indisoluble con Dios, que excluye no sólo el pecado original, sino la misma posibilidad de cometer cualquier otro pecado.

Aquella primera amistad secó en su origen la fuente misma del pecado, la concupiscencia, esa terrible posibilidad de inclinarse a apetecer el bien sensible y pasajero quedó apagada para siempre en el alma de María. El “fomex peccati”, trágica secuela del primer pecado que rompió la serena armonía del hombre en su ser primero, no podía echar raíces en María que fue excluída de la nefasta herencia. María no conoció ni el pecado ni la sombra de pecado; su alma fue limpia desde el primer hálito de vida, lúcida, transparente, sin nubes que pudieran oscurecer la visión de lo alto.

Se hizo tan connatural la gracia al ser de ella que el ángel no la llama “MARIA”, SINO LLENA DE GRACIA. “No tenía la plenitud absoluta de la gracia que esto corresponde solo a Dios, pero tampoco le había sido medida, concediéndole tan solo aquella plenitud de suficiencia que poseen los que se salvan, sino que se le había otorgado una plenitud de privilegios. Cuanta fuera esa plenitud es insondable. Ella tiene una gracia inicial, en el momento de ser concebida, que era más abundante que la de todos los santos y ángeles juntos. Es un mar de gracia, y del mar solo se puede decir dos palabras seguidas, que es insondable.

El Papa Pio IX dice de ella, en la Bula que define su Concepción Inmaculada: “Con los tesoros de su divinidad la colmó maravillosamente, más que a todos los espíritus angélicos y a todos los santos, a fin de que apareciese con tanta plenitud de inocencia y de santidad que no se pudiese concebir otra mayor después de Dios y que, aparte de Dios, ningún otro pensamiento pudiese concebir su grandeza.”

La santidad creciente de María

Ni la imposibilidad de cometer pecado anuló su libertad ni le quitó el mérito de sus obras; ni esta plenitud de gracia le impidió crecer en movimiento continuo de progresión geométrica en el amor divino. Para comprender esto hay que disociar la idea de mérito de la dificultad en realizar un acto. El mérito no es necesariamente proporcional al esfuerzo realizado en vencer una dificultad, sino al amor con que se hace. Ni es inherente a la libertad el poder escoger el mal. La posibilidad física de pecar, – dice el cardenal Suenens – es una deficiencia, una herida hecha a la libertad fundamental; no es el uso legítimo, sino el abuso de la libertad. Por eso, María pudo permanecer libre, la más libre de todas las criaturas, en el más noble sentido de la libertad humana, y estar protegida con escudo divino del vendaval de las pasiones; ser impecable, y multiplicar día a día el caudal de mérito.

Por insondable paradoja divina, María pudo ser “La llena de gracia”, con plenitud rebosante, y crecer continuamente en gracia. Dios, en un alarde de omnipotencia y magnificencia, impregnada de amor filial, fue ensanchando poco a poco la capacidad de plenitud de gracia en el alma de María. Con la elasticidad del globo que se ensancha a medida que insuflamos el aire de nuestros pulmones fue ensanchándose la capacidad de gracia de María al soplo incesante del amor divino. Cada acción insignificante de su vida ordinaria, henchido de amor de Dios, supone un enriquecimiento maravilloso de gracia.

Sobre todo, cada acto de colaboración en la obra salvífica es un diluvio de efluvios divinos. Recibe el Espíritu Santo en la Concepción, en la Encarnación y en Pentecostés. Y cada vez Aquel obra nuevas maravillas en Ella. Su vida teologal de fe, esperanza y caridad conocerá una expansión progresiva que maravillará a toda la creación.

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