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La atención al enfermo durante la pandemia, desde la perspectiva de los capellanes de hospital

La atención al enfermo durante la pandemia, desde la perspectiva de los capellanes de hospital

Intervención en el «Congreso nacional de atención al enfermo y a sus familiares» 2021.

Preámbulo.

El estallido oficial de la pandemia sorprendió al servicio de la capellanía del hospital en mal momento. De los tres capellanes oficiales, habíamos pasado a dos, en Septiembre de 2019. La diócesis estaba buscando el relevo del que, meses antes, Helidoro Picazo, había optado cambiar la capellanía por el servicio en tierras de misión en Centro América. El otro compañero, Pedro Plaza, todavía estaba convaleciente de una enfermedad que le había tenido en cama varias semanas. Yo mismo, había recibido el alta de mi estancia de enfermo en el hospital una semana antes de estallar la declaración del estado de alarma, exactamente el 5 de Marzo de 2020. Por consejo médico se me había prohibido asistir a los enfermos por tiempo indefinido, hasta que hubiera seguridad para mi delicada situación.

Por otra parte, la extrema peligrosidad de la situación en el servicio a los enfermos, en aquel momento, requería que los sacerdotes reemplazantes de los capellanes oficiales gozasen de buena salud y tuvieran una edad adecuada.

La llamada urgente de la diócesis a dar respuesta inmediata a tan delicada situación recibió una respuesta inmediata y generosa por parte de numerosos sacerdotes.

Quiero rendir homenaje explícito de gratitud a los compañeros que, de hecho, asumieron la responsabilidad de asistir a los enfermos en primera instancia. Estos son los nombres de los voluntarios más asiduos: el mismo Vicario General de la diócesis Julián Ros; Álvaro García Romero, entonces párroco de San José y hoy nuevo capellán del hospital; Naím, sacerdote de Irak residente en Albacete, vicario de la parroquia de las Angustias; Francisco Sevilla, anterior secretario del obispo durante años y mi compañero de Comunidad, Julián Díaz Catalán.

Durante casi 7 meses completos, desde Marzo a mediados de Sept de 2020, la atención pastoral al enfermo estuvo a cargo de estos sacerdotes voluntarios. A mediados del mes de Septiembre, se incorporó mi compañero de comunidad Javier López, nombrado oficialmente nuevo capellán del hospital por nuestro obispo Don Ángel, después de haberse incorporado a nuestra Comunidad de Paules de Albacete en esa misma fecha.

Igualmente fue nombrado capellán del Hospital Álvaro García Romero que había sido voluntario hasta entonces. Se incorporó definitivamente a las tareas de Capellán desde comienzo de Octubre de 2020. Y, finalmente, con la aquiescencia de mis médicos, yo mismo fui reincorporándome, paulatinamente, a mi ministerio de capellán a primeros de Octubre. Fueron meses muy duros para mí y para todos los que se habían incorporado a este ministerio. Primero por los riesgos que implicaba este servicio para los propios enfermos y para los capellanes; pero, sobre todo, por las limitaciones necesarias a las que estaba circunscrito nuestro ministerio.

Estos meses supusieron un sufrimiento enorme para todos nosotros; teníamos sensaciones de impotencia: querer y no poder; acompañar en tiempos limitados a los enfermos más necesitados que nunca de acompañamiento y cercanía y vernos obligados a dejarlos casi a contra reloj por razones de seguridad para ellos y para nosotros mismos. Fue especialmente doloroso asistir a los que murieron, en soledad, a causa del covid, y acompañar de la manera que pudimos a sus familiares.

El servicio pastoral al enfermo durante la pandemia.

Durante esos siete meses de voluntariado que acabamos de describir, los servicios pastorales se redujeron a lo mínimo. Por imperativo legal se suprimieron los servicios religiosos en la capilla del hospital, así como las visitas de cortesía a los enfermos. Por otra parte, los contactos de los capellanes con los familiares de los enfermos se redujeron a llamadas telefónicas, respondiendo a las demandas de algunos que preguntaban cómo habían visto a los familiares a los que habían asistido.

La Administración de sacramentos se redujo durante esos meses al mínimo requerido: la administración de la Santa Unción para el alivio espiritual del enfermo y la Comunión, los domingos o en días excepcionales, a los que lo demandaban expresamente. Y esto con todas las estrictas medidas de seguridad impuestas para tener acceso a los enfermos durante ese tiempo.

Para los sacerdotes, no acostumbrados a tan estrictas medidas de seguridad, éstas resultaban muy incómodas y aumentaban los miedos psicológicos, pero llevaba consigo, a la vez, la satisfacción de haber cumplido el requisito evangélico de asistir al enfermo en situación de extrema necesidad.

A partir de Octubre, mes en que pude incorporarme, paulatinamente, yo mismo a mi servicio en el hospital, completando el equipo de tres capellanes, las cosas fueron cambiando en positivo. El ambiente de tensión fue aligerándose, al menos así lo percibíamos nosotros. Desde el cinco de Octubre, pudimos volver a celebrar la misa en la capilla del hospital. Disminuyeron, en periodos intermitentes, los casos de covid severo.

Falta mucho, aún hoy, para recuperar la normalidad habitual en la asistencia a la misa. Pero ya tenemos habitualmente algunos que asisten a la misa diaria. Los miedos al contagio todavía se dejan sentir, pero la tendencia hacia la normalidad va creciendo día a día.

Por otra parte, podemos decir, con satisfacción, que, a día de hoy, hemos recuperado la normalidad habitual en las visitas a los enfermos y la administración del sacramento de la Comunión y de la Unción en el tiempo oportuno. Incluso, hemos incrementado sustancialmente las visitas diarias a enfermos, sobre todo a los enfermos de larga duración y a los que están lejos de sus familiares o no tienen familiares cercanos que los visiten.

Es especialmente gratificante para nosotros sentir la gratitud especial con que algunos enfermos nos reciben en estos casos.  Sentir la actitud amable y cariñosa del sacerdote, escuchar las palabras de ánimo del capellán, hacen sentir al enfermo un alivio especial, hasta constituir una especie de terapia, no solo espiritual, sino profundamente humana, incluso a los no creyentes o no practicantes. Al menos, esa es nuestra impresión. Al final, lo que cuenta en esta situación del enfermo es la actitud abierta y cordial del visitante. También la bata o uniforme del capellán dan cierta prestancia y autoridad añadida a sus palabras de ánimo. Y lo mismo hay que decir del hecho de que pueda entrar libremente, en circunstancias normales, a visitar a cualquier enfermo, sin restricciones, ni cortapisas. Los signos también cuentan.

Todavía hay que destacar un servicio muy especial del capellán a los  enfermos. Entre los 20-25 enfermos que visitamos diariamente, cada uno de nosotros destacamos en nuestra agenda particular, a aquellos enfermos que necesitan una atención especial y muy personal. La empatía personal juega un papel muy importante en determinados casos.

Y lo mismo pasa con los familiares de esos enfermos. Entonces, la atención al enfermo durante su estancia en el hospital se prolonga y alarga indefinidamente, hasta el punto de constituir una verdadera amistad con el enfermo y con las familias respectivas.

Hay enfermedades del corazón y de la mente que no se curan con medicinas del cuerpo, sino con la empatía y la verdadera amistad psicológica y humana, sobre todo con la confianza espiritual en la persona a la que te has abierto. Es algo difícil de entender para los que no han pasado por una de estas experiencias.

No soy el único capellán que ha construido verdadera amistad con algunos de sus enfermos y con sus familiares. No obstante, certifico con sencillez y humildad que, a lo largo de estos cinco años de capellán, he hecho verdaderos amigos con enfermos, con los que mantengo una relación asidua, incluso visito de vez en cuando. o les envío los mensajes desde mi blog personal. También he construido verdadera amistad con algunos médicos, enfermeras y personal de servicio. A todos, mi gratitud sincera y mi mejor disposición para continuar esta amistad indefinidamente, hasta que Dios quiera.

Después de haber trabajado durante más de cuarenta años en la pastoral con jóvenes, no me he sentido frustrado en esta pastoral hospitalaria, sino todo lo contrario: me he sentido en todo momento plenamente realizado en estos servicios, como sacerdote y como persona; y doy gracias a Dios y todo el personal hospitalario por esta experiencia gratificante en el servicio completo a nuestros enfermos.

Y si este año termino esta misión de capellán, porque los años lo exigen (No hay que tentar a Dios, son 85 los que voy a cumplir este próximo mes de Julio) le daré gracias a Dios, a los enfermos y a todos vosotros por haberme ayudado a vivir una de las etapas más felices de mi larga vida. Ya puedo decir por experiencia, no por eslogan publicitario, que el camino real de la felicidad es olvidarse de sí mismo para llevar consuelo y esperanza a los que carecen de ella, en situaciones dolorosas.

Gracias a todos y a todas. Gracias especiales al doctor  Elías García Grimaldo por haberme invitado a participar en este Simposio, que me ha permitido utilizarlo también de trampolín de despedida de capellán, porque en Septiembre termino mi periplo de capellán. No obstante, seguiremos viéndonos de vez en cuando por el hospital, porque me quedo en la Comunidad de Paúles de Albacete, hasta que mis Superiores mayores lo determinen.

Gracias a todos. Y que Dios os bendiga. 

P. Félix Villafranca.

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