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Experiencia de dos voluntarias de la pastoral penitenciaria en la prisión de la Torrecica (Albacete, España) – Primera parte

Experiencia de dos voluntarias de la pastoral penitenciaria en la prisión de la Torrecica (Albacete, España) – Primera parte

Dios Padre bueno sabe, conoce, que el hombre tiene muchas necesidades, a lo largo de la vida; el creyente le pide la ayuda mediante la oración; a veces, nos dirigimos a Él con un grito desgarrador de auxilio: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!» También hay personas que no creen, y, en los momentos difíciles, no saben dónde acudir, su esperanza está en la suerte, la ciencia…; no sé, también Dios cuida de ellos.

Para llevar a cabo su obra, Dios cuenta con cada uno de nosotros y nos invita, respetando nuestra libertad, a ser sus manos, sus pies, sus ojos, sus labios, sin tener que hacer cosas extraordinarias ni complicadas.

Fue en el año 2009 cuando el padre Javier López, Sacerdote paúl y capellán, por aquel   entonces, de la prisión de la Torrecica de Albacete, nos propuso a Tere y a mí participar en el voluntariado de la Pastoral Penitenciaría, los meses de Julio y Agosto.  En esos dos meses se quedaba la cárcel sin actividades y necesitaba algunas personas para poder hacer alguna actividad, y que los internos tuvieran alguna tarde ocupada. (Tengo que decir que los dos meses se convirtieron en casi 11 años, hasta que, por el covid, la prisión cerró las puertas).

Tere, en un principio, dijo que no, que ella a la cárcel no iba de ninguna de las maneras, pero a mí me picaba la curiosidad. Hablar con el Director de la prisión no nos comprometía a nada, y, después de hablar con él, decidiríamos… Convencí a Tere, y allí nos presentamos con el Padre Javier López, en el despacho del Director; éste ya tenía las maletas preparadas para un nuevo destino.

Pero, ¿qué clase de voluntariado podíamos hacer? El P. Javier nos dijo que por que no hacíamos un taller de lectura… Reconozco que no teníamos ni idea en qué consistía un taller de lectura. Al llegar a casa, consulté en internet.  A pesar de nuestros años, ya ambas en la década de los 50, éramos atrevidas e inconscientes y aceptamos la misión.

Nuestra idea era utilizar el taller de lectura para llevar a los hombres y mujeres del grupo esperanza, y hacerles llegar el mensaje de que Dios nos ama, aunque equivoquemos el camino; que, tras caer, es preciso levantarnos y volver a empezar una y mil veces; que somos únicos e irrepetibles y que todos, en cualquier situación en que nos encontremos a lo largo de nuestra vida, no dejamos de tener la dignidad de persona, y así se nos debe de reconocer y tratar. ¿Cómo hacerlo? No teníamos ni idea, pero sabíamos que Dios se encargaría de todo ello; no era nuestra obra, sino la suya, y nosotras meras herramientas. A todo esto, nuestras familias tenían sus dudas, el desconocimiento les producía desconfianza; les dijimos que en todo momento estaríamos acompañadas de un funcionario; esto les tranquilizo; sin embargo, nunca fue así, tampoco fue necesario…

Fuimos a la biblioteca pública y nos trajimos 20 libros de la “la Sonrisa Etrusca” de José Luis Sanpedro. En estos 11 años hemos leído 68 libros. Fijamos un día a la semana; durante dos horas, tendríamos el taller de lectura con 18 internos, hombres y mujeres, que iban cambiando cada dos por tres porque pasaban a tercer grado, o eran trasladados a otras prisiones o, una vez conocida la actividad, no era de su interés. Eran grupos desiguales; culturalmente, había internos que devoraban libros, y otros que no se habían leído un libro en su vida, por lo tanto, los libros se leían despacio, unas 50 páginas semanales

Y llegó el primer día; vino con nosotras el Padre Javier para presentarnos a los internos que se habían apuntado al taller; a principios del mes de Julio, a las 5 de la tarde, hora muy taurina, con un sol de justicia, cargadas con las bolsas de los libros, empezamos con las acreditaciones, y después, a pasar puertas con barrotes de hierro que se abrían y cerraban a nuestro paso.

El primer preso que conocimos nos estaba esperando, un muchacho de unos 18 años; la impresión que me causó fue muy grande: aquel muchacho podía ser perfectamente uno de mis hijos; luego llegó el resto, que han sido muchos a lo largo del tiempo; y cada uno con su particularidad, todos han dejado huella en nuestro corazón.

La prisión también, como otros estamentos, es reflejo de nuestra sociedad, con los mismos vicios y prejuicios.

Tere y yo fijamos unas normas de oro simples, a seguir por todos nosotros: RESPETO A LOS INTEGRANTES DEL GRUPO Y A TODAS LAS OPINIONES; Y EDUCACION, normas que se respetaron siempre, nunca tuvimos ningún problema de mal comportamiento. A estas reglas pusimos una más para nosotras:   no preguntar nunca el motivo   por el cual estaban allí. Todo ello, a lo largo de más de 10 años, dio un buen resultado.  Vivimos momentos con situaciones cómicas, que dieron lugar a carcajadas y alegría, y otros momentos de tristeza, donde las lágrimas acudieron a nuestros ojos. Nos hemos sentido apreciadas, queridas y respetadas.

Como he dicho antes, leíamos un número de páginas del libro que trabajábamos durante la semana, individualmente, y lo comentábamos en la siguiente reunión.

Cuando terminábamos de comentar el libro, trabajábamos valores y sentimientos, como la amistad, los celos, el rencor, el compañerismo, el amor, el miedo, la alegría, la autoestima y un largo etc. Al terminar de leer el libro, si tenía película, la veíamos, y, dos veces al año, leíamos alguna novela histórica; a su término, teníamos dos profesores de historia de dos institutos. Tere había trabajado en los institutos y los conocía: Diego y Javier,  que se  ofrecieron gratuitamente  a venir  a  complementar el tema del libro leído, con trabajos estupendos, originales, utilizando las nuevas tecnologías…Esos días era muy especiales para todos;  además de los miembros del taller, invitábamos a  otros internos interesados en el tema; en alguna ocasión asistieron componentes de la dirección y funcionarios;  también vinieron autores de Albacete, de los cuales habíamos leído algunos de sus libros….

Siempre celebrábamos la Navidad, La Feria, la Semana Santa y nuestros cumpleaños; y lo hacíamos como los españoles celebramos las fiestas, con una merienda, siempre con el permiso de la dirección. ¡Como disfrutábamos aquellos momentos!

Un año, en el día del libro, fuimos anfitriones en la prisión. Vinieron   representantes de los diferentes talleres de lectura de Albacete, también vino el director de la biblioteca pública.  El libro a comentar fue “El alquimista” de Paulo Coelho: la sesión fue un éxito.

La llegada de personas invitadas a colaborar con el taller les gustaba mucho, era el aire fresco que llegaba de fuera.

No siempre se hablaba en nuestras reuniones del libro que estábamos leyendo; a veces, quedaba aparcado para otro día porque algún miembro del grupo  necesitaba que se le escuchara, y eso tenía prioridad; lo teníamos claro porque estábamos allí y era el acompañamiento a estos hombres y mujeres que, apartados de sus familias, amigos y trabajos,  les faltaba la libertad, y muchas veces se sentían deprimidos, tristes o preocupados.

No solo el individuo está en la cárcel, las familias también sufren la prisión.  Estábamos hablando sobre el tema del agradecimiento y un interno cayó en la cuenta de que nunca le había dado las gracias a su madre; eran de un pueblo,  nos decía: “mi madre, que es viuda,  viene en el autobús desde que estoy  aquí,  ninguna semana ha faltado, llueva, nieve,  o caigan rayos de punta; el próximo día que venga no quiero que se me olvide decirle, mamá, gracias”.  Otro día entrábamos a la prisión y unos padres salían, la mujer iba llorando y se desmayó; tuvieron que sacarle una silla para sentarla, me impresionó tanto que pensé en la Dolorosa, la madre que acompaña al hijo que sufre y nada puede hacer.

Aurora Iniesta

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