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La Milagrosa, una historia entrañable de amor

La Milagrosa, una historia entrañable de amor

Introducción

Muchos de nosotros tenemos el privilegio de haber nacido en un familia cristiana. Desde pequeños nos inculcaron una especial devoción a María, Madre de Dios y Madre nuestra. Aprendimos cantos en honor a María que todavía tienen eco y resonancias imborrables en lo más profundo de nuestro yo.

Sin darnos cuenta, desde nuestra más tierna infancia, la presencia de la Madre ha ejercido una influencia transformadora en nuestras vidas. Los ecos de aquellas tiernas oraciones, en formato de canciones infantiles, hacían florecer en nuestro interior la sensibilidad hacia los pobres, hasta entregarles el bocata que nuestra buena madre nos había preparado para merendar, como, sin duda, ocurrió a Vicente, en aquella tarde luminosa, en las Landas.

Recordemos algunas de aquellas canciones y oraciones que todavía nos enternecen: “Cuantas veces siendo niño te rece…” Especial mención merece también aquella oración clásica de uno los más conocidos enamorados de María, Bernardo de Claraval: “Acordaos que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección haya sido abandonado de Vos…”

Nuestro primer encuentro con la Milagrosa

En este clima mariano, la Providencia fue guiando nuestros pasos hasta descubrir una imagen de la Madre que nos fascinó; encima se llamaba Milagrosa. Seguro que todavía recordamos la persona, Padre, Hermana, acontecimiento, que nos puso en contacto con aquella imagen y con aquella invocación fascinante; que nos contó su historia de las apariciones.

Una humilde Hija de la Caridad, Catalina, en oración profunda, oye una voz, recibe un mensaje: que se imprima esta imagen, con todos sus símbolos, tal como están en el anverso y en el reverso; todos los que la lleven recibirán gracias especiales. Y asistimos al primer triduo o a la primera novena. Vimos la iglesia o la capilla, a rebosar, de personas de toda clase y condición, orando fervorosamente… Y nos impactó.

Después fuimos conociendo más a fondo esta historia. Seguro que nos impresionó la primera explicación de los símbolos de la Medalla. La imagen de María erguida, majestuosa, mirando alternativamente a la tierra, mientras aplastaba la cabeza de la serpiente, y, al cielo, mientras presentaba al Padre, por medio de su Hijo, el globo maltrecho de los hombres, con ojos maternales.

Los rayos de luz que descendían de sus manos eran las gracias que diariamente María derramaba sobre los que acudían a ella; los rayos apagados, una invitación a pedirle nuevas gracias que la Madre estaba deseando derramar sobre los que se las pidieran.

El reverso era tan significativo como el anverso: la letra M de María, con barra transversal, soportando el peso de la cruz de su hijo, que daba su vida por nosotros; los corazones de Jesús y de María, al pie de la cruz, con la corona de espinas y la espada atravesando el corazón de María. Y rodeando todo el conjunto del reverso, una corona de doce estrellas, símbolo de las doce tribus de Israel o del nuevo pueblo de Dios.

Todavía más significativo era el letrero del anverso: “Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a ti” Es una proclama de hondo calado teológico: finiquitaba una larga discusión entre los teólogos; proclamaba abiertamente la concepción Inmaculada de nuestra Señora, antes de ser admitido oficialmente por la Iglesia el dogma de la Inmaculada Concepción. La proclama invitaba a recurrir a la intercesión de María, como mediadora universal de todas las gracias.

La fuerza transformadora de la devoción a la Milagrosa

Definitivamente, aquella aparición no podía ser una invención de una joven entusiasta o iluminada, encima iletrada. Manifiestamente, hay una inspiración en la descripción de aquella imagen, que poco a poco fue acreditándose por las gracias concedidas a los que llevaban la Medalla y la invocaban con fervor.

Y empezaron a llamarla Milagrosa, en vez de Medalla de la Inmaculada, título al que se había hecho acreedora por sus muchos milagros. Uno de los más sonados fue el de Alfonso Ratisbona, judío influyente, de pies a cabeza, que cambió totalmente su vida por la fuerza interior que le llevó a la capilla de la iglesia donde ya estaba expuesta la imagen de la Milagrosa.

La devoción y la influencia transformadora de la nueva imagen y advocación arrasó materialmente la vida y costumbres de los creyentes de a pie, como diríamos hoy, en términos coloquiales. Y surgió el primer grupo denominado Hijas de María, que recogía el encargo de la Milagrosa de fundar una asociación que le diera culto especial. Desde el primer momento, este grupo de “piadosas mujeres”, entendió que la verdadera devoción a María pasa por la imitación de sus virtudes y por el compromiso solidario de anunciar la buena noticia de Jesus en el mundo.

Es uno de los primero movimientos seglares que se sintieron enviadas a esta misión. Eran realmente unas santas jóvenes, que constituyeron santas familias, que se tomaron muy en serio el derecho y el deber de ser testigos de la presencia de Dios en el entorno de la sociedad en la que vivían… Algunas abrazaron la vida de Comunidad con nuestras Hermanas, otras fueron pioneras en la ayuda a las misiones de los nuestros…

Por otra parte, si damos un salto a la historia, y oteamos el horizonte lejano de los pueblos, podemos comprobar que pocas imágenes se han acuñado tan repetidamente y se han propagado tan profusamente en los más recónditos rincones del globo como la de la Medalla, a excepción, claro está, de la imagen del Maestro… Esto es un signo claro de la influencia que la devoción a la Madre de la Medalla ejerce sobre las personas de fe sencilla…

Evolución del nombre

Vinieron después los “Hijos de María”, porque ellos no querían ser menos. Andando el tiempo, parecía que el nombre más apropiado era “Juventudes Marianas”, ya que este nombre englobaba simultáneamente a las dos partes y las aproximaba a un ideal común, unidos por una misma fuerza transformadora.

Finalmente, vino la guinda: la imaginación creativa de las nuevas generaciones acuño un nuevo apellido al movimiento, que se llamaría definitivamente “Juventudes Marianas Vicencianas”. La nueva ola arrancó de España, en un momento de inspiración del P. Lusarreta, pero pronto recorrió los mares y llego a los confines más remotos de la entera Familia Vicenciana. Este nuevo apellido deja meridianamente claro que la devoción a nuestra Buena Madre de la Medalla no se diluye en rezos y devociones populares, sino que entraña en sí misma un compromiso serio de opción por los pobres, que es lo nuestro, lo que desde siempre, hemos inculcado a nuestros seguidores.

Aún queda por mencionar otro milagro permanente de la devoción a la Medalla Milagrosa, y es la Asociación de la Medalla Milagrosa.

Ellos y ellas, todos miembros de la Asociación, han sido siempre y siguen siendo las verdaderas artífices de la propagación universal de la Medalla. Se podría escribir un libro bien grueso de la vida y milagros de los miembros de esta Asociación. Y, a pesar de que la mayoría de ellos-as ya han entrado en años, han dado pruebas de una imaginación y creatividad admirables. Siempre han estado arropadas y apoyadas por nuestras Hermanas, es verdad, también por algunos de nuestros Padres… Pero el auténtico protagonismo del día a día ha recaído sobre sus robustas espaldas…

Yo mismo he sido testigo presencial de su solicitud a la hora de visitar familias para que acogiesen la visita mensual, en familia, de la “capilla” de nuestra Señora. Yo las he visto moverse incansablemente para propagar por todos los medios a su alcance los objetos de culto y de devoción filial a la Madre de la Medalla… Pero también he admirado su solicitud y su celo a la hora de repartir los recursos económicos provenientes de sus distintas fuentes de ingresos… Y, sobre todo, las he visto rezar, rezar con la confianza de humildes siervas que aceptan la voluntad del Padre en todo; las he visto propagar la devoción a la Medalla de mil formas y maneras, según lo aconsejaba la sensibilidad y cultura de los distintos pueblos… Gracias a ellas la devoción a la Madre de Dios, bajo la advocación de Medalla Milagrosa, es hoy quizá la más extendida de la cristiandad…, y la invocación de su jaculatoria “Oh María, sin pecado concebida…”, la más repetida. En algunos países hasta existe lo que han dado en llamar la Novena Perpetua, es decir, un día a la semana dedicado al culto especial a la Virgen de la Medalla…

Conclusion

Ninguna persona sensata, sin prejuicios ni reticencias, dejará de reconocer que esta es la historia de un milagro permanente y continuado: desde la Aparición de la Madre de Dios a Catalina, aquella joven noblota y sencilla, la devoción, bien entendida, a la Medalla Milagrosa, ha transformado corazones y voluntades de todos los signos y colores, de todas las edades y culturas, de todos credos y actitudes… Y es que ella, María Milagrosa, crea a su alrededor el calor de una familia unida en la fe; el vigor de una fe joven; la fuerza de la confianza en la vejez madura; la esperanza inquebrantable de los que buscan más allá de horizontes lejanos…

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