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Evocaciones al atardecer XXI: Parroquia de San Ignacio (Rémar, Baracaldo), Juventud parroquial Róntegui (tercera parte)

Evocaciones al atardecer XXI: Parroquia de San Ignacio (Rémar, Baracaldo), Juventud parroquial Róntegui (tercera parte)

3.- La nueva evangelización de los jóvenes.

Relación y clima de confianza en el grupo

No pretendo sentar cátedra ni hacer alardes de nada. Soy consciente de mis propias limitaciones y de mis escasos recursos para ser el centro referencial de grupos de jóvenes: ni soy gracioso, ni canto, ni toco la guitarra, ni tengo magnetismo especial alguno… Me considero una persona muy normal, con una buena dosis de bondad natural, de cercanía y de confianza en las personas con las que empatizo. Eso sí, me entrego en cuerpo y alma a las ideas y proyectos que nacen de mi entusiasmo congénito o que personas de mi confianza me proponen. Nada más y nada menos: siento un impulso vital a ser fiel a mí mismo, desde mi más tierna infancia. Confieso humildemente que no sé cómo nació en mí la opción preferencial por la pastoral juvenil. Pero, a la vez, siento en lo profundo de mi mismo, que, sin este impulso vital, difícilmente habría encontrado mi propia identidad sacerdotal.

En mi primer destino parroquial, a finales de los sesenta, en la parroquia de San Matías, en el barrio de Hortaleza (Madrid), ya había experimentado las mieles de la pastoral juvenil. También allí tuve un reducido grupo excepcional de jóvenes entusiastas, que rejuvenecieron la parroquia y hasta el barrio. Ahora, era otra cosa: los tiempos habían cambiado, la ambientación social y cultural era distinta, los medios eran todavía más precarios, en algún aspecto. ¿Por dónde empezar?

Es cierto que me había curtido durante años en una pastoral volante con jóvenes, en mis años de Las Arenas y de Murguía, pero Rémar se presentaba como algo que no tenía referencias claras en mi anterior experiencia pastoral con jóvenes. Y así eché a andar.

Ya en aquellos años, se insinuaba la necesidad de una nueva evangelización de los jóvenes, porque empezaban a escasear por las iglesias. Yo no sé si fue una intuición o una necesidad biológica, pero empecé por intentar ganarme la confianza del grupo, a fuerza de convivir con ellos, a tiempo y a destiempo, a jugar con ellos al ping-pong, a las cartas, al ajedrez; a hablar con ellos, de tú a tú, sin protocolos reverenciales; a dedicar ratos especiales a los que intuía que tenían problemas de cualquier tipo que fuera; a visitar a sus familias.

Comprendí con una claridad meridiana que la pastoral con los jóvenes empieza por la cercanía, por el salón de reuniones, por el tiempo que les dedicas. Comprendí que, en la pastoral de jóvenes, es más preciso el local de juegos y de encuentros fraternos que el templo mismo o la iglesia. Y, si del salón de encuentros, los vas llevando a la iglesia, de vez en cuando, sin precipitarse, sin atosigar, respetando las peculiaridades de cada uno, el binomio es perfecto. Y así fue. Los cercanos y los lejanos se fueron haciendo un magma que acercaba y calentaba al grupo entero, contagiando ideas, propuestas y proyectos.

Los activos y los pasivos en la pastoral juvenil.

Creo poder afirmar con objetividad que uno de los peores pasivos a la hora de empezar, con buen pie, una pastoral de jóvenes, es querer llevarles desde el principio por donde tú quieres; imponerles por ley tus ideas y tus modos de entender la religiosidad; meterles la práctica religiosa por un tubo, a tiempo y a destiempo.

El segundo pasivo demoledor es querer controlarlo todo por miedos, prejuicios y autoridad impositiva, manifestando, sin recato, tu autoridad moral y experiencial. La confianza inicial en el joven, envuelta en el amor previsor y acompañante del educador, es requisito básico para formar grupos solidos de jóvenes de buena voluntad, dispuestos a lanzarse por el tobogán de la vida.

Hay que empezar escuchando, situándote en el grupo, manifestando tu empatía y tu deseo sincero de acompañarles en la búsqueda de su desarrollo y crecimiento personal, a nivel físico, psicológico e intelectual. Las prisas por querer llegar cuanto antes a la meta final, la que tú mismo te has planteado, puede malograr buenos comienzos.

Otra tentación frecuente del educador de jóvenes es hacerte y presentarte como un igual a ellos en todo: en el vestir, en el hablar, en los distintos gustos artístico-musicales y en las mil y una manifestaciones que constituyen el estereotipo del joven de una época o de un ambiente juvenil concreto. Cercanía y empatía, sí, pero sin perder nunca la propia identidad como educador y como adulto, como alguien que puede aportar al joven algo nuevo, enriquecedor y complementario.

Quizá me adelanté un poco a los acontecimientos al decir anteriormente que la vida compartida del grupo incluía, desde el principio, actos religiosos, como la oración de los viernes, la misa dominical, la catequesis a niños de primera comunión. No fue del todo así, antes hubo un rodaje de dialogo, de ideas y de conocimiento de las personas, de actividades lúdico recreativas, de dinámicas de compartir y de búsqueda de ideales. Y, desde luego, mucha libertad de elección para los que quisieran participar en una u otra actividad.

De esta confianza en el joven, nace una relación recíproca de dar y recibir: lo que se da con amor y generosidad provoca más o menos pronto, más pronto que tarde, el deseo de corresponder: el joven, por su propia constitución psicológica, es generoso y disponible; si le das sin medida, él aceptará los retos que le propongas: el que no siempre sea así, es la excepción, no la norma general.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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