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Evocaciones al atardecer (XI): Mis primeros pasos: Pamplona, Sept. 1965-Sept. 1967.

Evocaciones al atardecer (XI): Mis primeros pasos: Pamplona, Sept. 1965-Sept. 1967.

Un destino a contrapie: buscando caminos

muerte de San Vicente Milagrosa Pamplona

Muerte de San Vicente de Paúl (retablo en la basílica de La Milagrosa)

Dicen que lo bueno, que el tiempo en que te sientes feliz, pasa más de prisa, que el tiempo en que te sientes incómodo o frustrado, sea por las razones que sea. Creo que, en muchos sentidos, es así, por ley psicológica inexorable. Todos queremos atrapar el tiempo feliz, que no se nos escape ni evapore… Londres había sido para mí una experiencia de las que dejan huella… Sin darme cuenta, yo también había caído en esa trampa: lo de continuar en Londres uno o dos años más, profundizando en el inglés o en lo que fuera, había ido haciendo mella en mí, conforme se acercaba el tiempo de despedirnos de la gran ciudad. Tan es así que, intrépido y decidido, como siempre he sido, escribí una carta al Provincial expresando mi deseo. Creía posible que se me concediera ese deseo, porque otros, antes que yo, lo habían conseguido… Además, en aquellos tiempos de bonanza vocacional, los superiores facilitaban, y hasta promovían, la continuidad de los estudios en la universidad a aquellos que tenían buen expediente académico, y ese era mi caso…

Pero, si bien lo miras, la vida es una sorpresa continuada… Lo importante es saber hacer de cada sorpresa un nuevo camino de nuevas posibilidades que pueden llevarte a la meta deseada por rutas diferentes… La repuesta del Provincial, entre el sí, pero ahora no, y el no inmediato, fue la primera decepción seria de mis ensueños de futuro sacerdotal vicenciano. Había, no obstante, en la respuesta del Provincial una ventana abierta: se me enviaba “provisionalmente” a Pamplona a ejercitarme en los múltiples ministerios pastorales, hasta que llegara el momento propicio para continuar mis estudios en la universidad… Y me agarré de nuevo a la esperanza…

En el pantano de Yesa

Mi destino a Pamplona, con esas premisas, era como un caramelo agridulce; preferí saborear lo dulce del destino a mi tierra, a mi querida apostólica donde había sido tan feliz años atrás, y olvidarme del sabor amargo de mi decepción de no continuar en Londres. Me agarré a esa otra realidad: era un privilegio en aquellos años ser destinado, en primera instancia, a tu tierra, cerca de los tuyos…Y en Pamplona aterricé, en Septiembre de 1965, cargadas las pilas de ilusión y de nuevas expectativas…

Había una Comunidad Joven en Pamplona en aquellos años: algunos recién llegados como yo, cargados de dinamismo y de buenas ideas, entregados a la acción docente y abiertos a las diferentes tareas pastorales, que siempre eran inherentes a la Comunidad de Paúles de Pamplona: docencia, liturgia de la iglesia de la Milagrosa, servicios pastorales a las Hijas de la Caridad y acompañamiento pastoral a los grupos de jóvenes, que entonces se llamaban todavía Hijas de María… La mayoría de nosotros no pasaba de los 30-35 años. Se respiraba vitalidad y alegría por todos partes… Estos son los nombres de los compañeros de mi Comunidad primera: Cecilio Zazpe, Superior; Zapata, Zabalegui, Martin Burguete, Chano, el canario; Benjamín Santos, Vicente Jiménez, que rondaba los 60, y los jubilados Maestrojuan y Leoz.

De bruces con la docencia

Monasterio de Piedra.Pronto me di cuenta de que la disponibilidad era una cosa obligada en aquellas circunstancias: nadie podía escaquearse, si queríamos mantener la armonía y el buen ambiente en aquella selva de actividades tan variadas… Para empezar me cayeron un buen puñado de clases, que tenía que preparar día a día, porque todo era nuevo para mí. Después, tenía que compartir con el P. Zapata, como segundo de a bordo, la responsabilidad de la disciplina de los estudiantes. Esta tarea implicaba no solo mi presencia en los ratos de estudio y de recreo de los chicos, sino también la preparación de la oración de la mañana y de la noche…

Lo de las clases me fastidiaba un poco, porque, desde el principio, por impulso natural, me decantaba por las tareas pastorales. Encima, una de las asignaturas que me asignaron fueron las matemáticas, que nunca fueron santo de mi devoción. Pero había que apechugar con ellas y no me achiqué, entre otras cosas porque de nada hubiera servido mi rechazo en aquellos tiempos en que había que aceptar lo que te mandaban… Se hicieron famosos entre los estudiantes mis despistes: justo cuando estaba explicando el desarrollo de un teorema o el proceso de una ecuación o de un problema, tergiversaba o cambiaba un número y había que empezar de nuevo, con la consiguiente algarabía y risas de los estudiantes… El despiste natural siempre ha sido una característica hereditaria en la familia. Nunca he podido superarla ni en este ni en otros aspectos de la vida ordinaria…

Mis pinitos en la pastoral de niños: “Los Buenos días” y “Las Buenas noches”

Me defendía mucho mejor, creo, en la oración de la mañana y sobre todo en la reflexión última de la noche. Iluminaba la oración de la mañana con un pensamiento fuerte o “máxima” a tener en cuenta durante el día. Era una práctica muy del estilo vicenciano, que venía desde San Vicente… La reflexión de la noche incluía el repaso del día, a partir del pensamiento de referencia de la mañana. Terminaba con un cuentecillo o parábola, estilo moderno, relajante, que sirviera de relax a la hora de acostarse. A veces, el método o reflexión de la noche se invertía con el de la mañana, según las circunstancias o la inspiración del momento. Más tarde me di cuenta de que era el método que San Juan Bosco empleaba con sus chicos, a veces, nada fáciles: Los Buenos Días y las Buenas Noches de Don Bosco. Y me sentí alagado por mi descubrimiento espontaneo…

Con Hijas de Maria en el Monasteriio de PiedraEstaba atento a los medios de comunicación para niños y jóvenes. Llegué a coleccionar una serie de fabulas o de cuentecillos de la época, que después presentaba a mi modo. Se hizo famoso el cuento de “Merlucín”, cuyo original venía, creo, de Sánchez Mazas, muy en boga en aquella época. Se presentaba la idea madre que querías transmitir. En este caso se trataba de resaltar la idea de que cada uno tiene que ser fiel a sí mismo, aspirar a los bienes para los que ha sido creado… Después se ilustraba la idea con el cuentecillo y se sacaban las conclusiones, a modo de moraleja espiritual. Y el cuento quedó más o menos así:

Merlucín, el hijo más pequeño de la Merluza, vivía feliz y contento con sus hermanitos en altamar. No le faltaba de nada: contaba con la presencia protectora de la mamá y la cercanía y cariño de los hermanitos , que le proporcionaban ratos de ocio, de juego y de alegría permanente. Merlucín se fue haciendo mayor; también comenzó a hacerse travieso… Ya no le servían los consejos de los que le querían de verdad, los suyos y sus amigos de altamar… Un día, sintiéndose mayor, siguió la pista de un merluzo enorme que quería probar fortuna, adentrándose en las aguas dulces de un rio sinuoso… Saltaba de alegría al principio, saboreando el dulzor y el oxígeno nuevo del rio… Pero, poco a poco, a medida que se deslizaba, juguetón y saltarín por el río, empezó a sentirse mal: no podía respirar, se ahogaba, se ahogaba sin remedio…Afortunadamente, una idea feliz iluminó su mente: aquellas aguas dulces del rio no eran las aguas donde había nacido y crecido… Y volvió raudo hacia altamar, donde la mamá y los hermanitos le estaban esperando apesadumbrados…

La moraleja o conclusión estaba al alcance de los más tardos o lentos de imaginación: “cada uno tiene que ser fiel a sí mismo, aspirar a los bienes para los que ha nacido, guardar las normas o valores que le han transmitido las personas que le quieren…” Pero, lo más interesante era ver cómo lo explicaba cada uno de los interlocutores, a su manera. Era enternecedor, como es conmovedor y contagia ternura ver cómo los niños de hoy y de siempre entienden las parábolas de Jesus, cuando un buen narrador, con un mínimo de imaginación, les explica las parábolas de Jesus. El cuento de “Merlucin” hizo época, quizá no tanto por lo que yo les pude decir, como por el lenguaje en sí mismo y por las distintas interpretaciones que los niños hicieron del cuento. Desde aquel día algunos, sugilosamente, empezaron a llamarme P. Merlucín; y yo sin enterarme o pretendiendo no darme por enterado… En el fondo, me agradaba que se refiriesen a mí en esos términos espontáneos; creía ver en este apodo, más que una manera irrespetuosa de referirse a mí, una expresión infantil y hasta cariñosa hacia mí. Estaba rompiendo moldes, no era normal que, en aquella época, se refiriesen de este modo a un profesor, menos aún a un sacerdote… Comencé a percibir que aquellos niños me querían, por la cercanía, por el lenguaje, por la espontaneidad…

Mi primera Novena de la Milagrosa como sacerdote: El descubrimiento del valor antropológico del sacramento de la reconciliación

Sin embargo, seguía siendo la pastoral de jóvenes y de adultos la que me fascinaba, en cualquiera de sus facetas. La Iglesia de la Milagrosa era por aquellos tiempos una de las iglesias más concurridas de toda la ciudad… La Novena de la Milagrosa, durante la segunda quincena de Noviembre, atraía gente de toda clase y condición, no solo de la ciudad, sino de los pueblos cercanos. Todavía conservaba fresca en mi memoria el recuerdo de la asistencia a los actos de la Novena durante el periodo de estudiante, allá por los años 50-55… ¡Como me impresionaban los cantos, las predicaciones (aunque no entendiera nada); el hecho de tener que subir al tercer coro de la iglesia porque no cabía la gente…! ¡Qué recuerdos, que nostalgias! ¡Era como volver a mi primera infancia o primera juventud…!

Apariciaon a Santa CatalinaMe entregué plenamente a la celebración de mi primera Novena de la Milagrosa, como sacerdote, en aquel Noviembre del 65, atendiendo asiduamente el confesionario. Eran otros tiempos; para mucha gente buena, la asistencia a la Novena era como unos ejercicios espirituales que terminan siempre en confesión anual o general. ¡El mismo día de la Milagrosa, 27 de Noviembre de 1965, me pasé no menos de 5 horas atendiendo al confesionario! Es algo que me impactó profundamente. Desde entonces empecé a ahondar en la idea de que el sacramento de la reconciliación es el más antropológico, el que mejor se adapta a la conciencia ¡nsegura, titubeante y, en el fondo, pecadora del ser humano… Por otra parte, el hecho de haber pasado durante mi primera juventud por una etapa de excesiva sensibilidad de conciencia, hasta llegar el escrúpulo religioso, me daba un olfato especial para detectar aquellas personas que necesitaban una atención pastoral especial. En estos casos siempre les ofrecía la posibilidad de tener un encuentro personal conmigo. sin prisas. ¡Algunas de las mejores amistades que hice en Pamplona en aquellos dos años comenzaron en el confesionario. Y todavía continúan!

La pastoral de promoción vocacional y de acompañamiento juvenil.

La pastoral juvenil y vocacional es otra de las encomiendas que me hizo la Comunidad, desde el principio de mi estancia en Pamplona. Era un campo amplio en vías de reestructuración. Mantener lleno el seminario era tarea irrenunciable que exigía mantener contacto con los párrocos y maestros de los pueblos donde se había dado misiones o con los cuales existía una cierta empatía o comunicación. Y allí me iba yo, cargado de ilusión y buen ánimo, en busca de niños que estuvieran dispuestos a pasar por la experiencia de nuestro seminario, asegurándoles que lo iban a pasar bomba con nosotros, que además iban a poder estudiar y que quizá, quizá, si Dios les llamaba, un día llegarían a ser misioneros e ir por todo el mundo, como San Francisco Javier…

¡Justo, justo, aproximadamente, el mismo planteamiento que me habían hecho a mí en mis tiempos y que yo había rechazado porque empezaban a gustarme las chicas! A pesar de todo, algunos iban al año siguiente a nuestro seminario. ¡Se ve que Dios sigue escribiendo recto en líneas torcidas!

En cuanto a la juventud vicenciana, en aquel entonces las Hijas de María de toda la vida, había en la ciudad cuatro grupos. Pero, en lo que mí respecta, mi contacto con ellas se reducía a una reunión periódica, cada semana o cada dos semanas, de dialogo o de formación, sin incidencia en un compromiso real de servicio a los pobres, que siempre ha sido lo característico de las juventudes marianas, o de los laicos vicencianos, en general… El dinamismo seglar del concilio todavía no había penetrado en las raíces del espíritu vicenciano de aquellas jóvenes. Algo se atisbaba, empezaba a notarse ganas de renovación, de implicarse más en las parroquias, en la labor social de las Hermanas, pero no acababa de arrancar. Al menos, esa era entonces mi percepción, quizá porque todavía yo mismo tampoco acababa de descubrir ese mundo de las juventudes marianas…

La otra tarea de acompañamiento de la pastoral juvenil, empecé a desarrollarla en la recién estrenada Escuela de Enfermeras del Hospital de Navarra, cuya dirección recayó en la Comunidad de Hermanas de dicho Hospital, compuesta entonces por más de 30 Hijas de la Caridad. Recién ordenadito sacerdote, pensaron que yo podía desempeñar el puesto de profesor de religión; me lo propusieron y yo, fiel a mí mismo, que no sé negarme a nada, acepté de mil amores la propuesta, a pesar de que empezaba a darme cuenta de que eran demasiadas las cargas que tenía sobre mis espaldas. Pensé que podía ser una buena plataforma para una pastoral de compromiso de vida, pero no pasó de ser simplemente eso, el estrado para la transmisión de unos conocimientos religiosos sin incidencia en la vida real: un encuentro con jóvenes que no deja raíces profundas en la vida de fe en acción. Guardo un buen recuerdo, eran chicas majas, de familias buenas, algunas de tradiciones cristianas de pueblo de toda la vida… Pero era difícil llegar más lejos, entre otras cosas por falta de tiempo, por parte ellas y de mí mismo; también por falta de una plataforma adecuada…

La Atención pastoral a las Hijas de la Caridad

Con unos familiares y compañeros en Javier

Con unos familiares y compañeros en Javier

Todavía queda por resaltar otra pastoral que empecé a desarrollar por primera vez en Pamplona y que, a lo largo de mi vida, ha tenido una gran influencia positiva: es la atención pastoral a las Hijas de la Caridad. En aquellos tiempos no era normal que los sacerdotes jóvenes atendiesen la pastoral de las religiosas en general, ni de las Hijas de la Caridad en particular. En las reglas canónicas de aquel tiempo se exigía que los sacerdotes que atendieran a las religiosas debían ser sacerdotes experimentados, probados en la virtud y con una buena preparación teológica, teórica y práctica. De hecho, después de haber pasado todos los cursos de formación teológica del seminario, te exigían un nuevo examen de teología, antes de darte licencias para atender al confesonario, sobre todo si se trataba de administrar este sacramento a las religiosas… Como, en la Comunidad de Pamplona, la gran mayoría éramos sacerdotes jóvenes y había que atender pastoralmente a las Hermanas, tanto en la ciudad como en los pueblos, no tuvieron más remedio que facilitarnos el camino de esta pastoral. Los nuevos aires del concilio también contribuyeron a flexibilizar posturas y requisitos legales…

La atención pastoral a las Hermanas, tanto en retiros espirituales como en el sacramento de la reconciliación, me ayudó a descubrir la santidad oculta y callada de tantas Hijas de las Caridad, realmente admirables: conservaban íntegro el espíritu de la compañía de que había que servir prioritariamente a los pobres, allá donde se encontrasen y la obediencia las colocara… Ante ellas, me sentía realmente pequeño. El contacto con ellas estimulaba y afianzaba mi vocación… Muchas de ellas procedían de pueblos de la católica Navarra de entonces, donde apenas había un pueblo en el que no hubiera surgido una o varias vocaciones religiosas, entre las cuales brillaban con luz propia las vocaciones de Hijas de la Caridad…

Hasta 45.000 Hijas de la Caridad llegaron a contabilizarse globalmente en el mundo por aquellos años, de las cuales más de una cuarta parte eran de origen español. Constituían, con diferencia, la institución religiosa más numerosa del mundo… Ellas daban gracias a Dios por ello y se guardaban el secreto íntimo para ellas solas. Jamás alardearon de cifras: ellas seguían siendo las humildes siervas de los pobres, como las quería San Vicente…

Fin de trayecto

Y el que había sido un destino a regañadientes, fue una despedida a contrapie. Fueron dos años felices. Si de mi hubiera dependido hubiera seguido de mil amores en mi querida Pamplona… Pero Dios seguía escribiendo recto en líneas torcidas…Lo veremos en los siguientes capítulos…

Dos años exactos duró mi periplo en Pamplona: de Septiembre del año 1965 a Septiembre de 1967.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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