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Evocaciones al atardecer (VII): Aires nuevos, con brisas suaves de libertad (Hortaleza, 57-58; Cuenca, 58-59; Andújar, 59-60)

Evocaciones al atardecer (VII): Aires nuevos, con brisas suaves de libertad (Hortaleza, 57-58; Cuenca, 58-59; Andújar, 59-60)

Hortaleza, Madrid. Seminario de Filosofía de los Padres Paúles.

Entrenándose, con el crucifijo misionero, en una de los parquecillos de Hortaleza

Entrenándose, con el crucifijo misionero, en una de los parquecillos de Hortaleza

Los años de Hortaleza, Cuenca y Andújar, Jaen, fueron tres años intensos, con cambios profundos de perspectivas. Para la mayoría de aquel grupo florido de novicios de Limpias suponía, de hecho, el paso progresivo de la adolescencia a la juventud, de los 18 en adelante. Algunos no habían aguantado el choque frontal de vida entre la Apostólica y el Noviciado y se quedaron en el camino. No recuerdo con exactitud el número de los que cogimos el tren que nos llevaría de Santander a Madrid, pero todavía éramos, con mucho, mayoría… Y todos íbamos con ilusión. Hortaleza, el estudio de la filosofía, de manera seria, era como una nueva tierra prometida…

Pronto nos dimos cuenta de que aquello era completamente distinto, casi como un nuevo planeta. Los compañeros que habíamos conocido el año anterior en Limpias respiraban otros aires, hablaban de otra manera, tenían otras inquietudes. En plena efervescencia juvenil, el ansia de conocer, de leer, de adentrarse en la zona abisal de la filosofía lo invadía todo. Pronto estas inquietudes se expandieron, sigilosamente, entre los recién llegados… Y como siempre la fruta prohibida es más atractiva a la vista y más sabrosa al paladar que la que cuelga cercana de las ramas del árbol, las miradas de aquellos aprendices a filósofos se iban a por todas…

Félix, en actitud contemplativa y romántica, en uno de los pasillos de Hortaleza

Félix, en actitud contemplativa y romántica, en uno de los pasillos de Hortaleza

Salió un edicto solemne de la autoridad competente prohibiendo leer fuera del tiempo y de los lugares abiertos, prohibido leer los libros “prohibidos”… Libros prohibidos en aquel entonces eran libros románticos que hoy nos darían risa… La cosa se puso tan seria que nos lo prohibieron bajo voto de obediencia. Algunos compañeros, de conciencia delicada, sentían incluso remordimientos de leer el periódico cuando, con los debidos permisos, salían al centro de la ciudad. No culpo a los superiores de lo que hoy juzgo una aberración. Todo hay que situarlo en su contexto y en su origen: en años anteriores a nuestra llegada a Hortaleza, había habido realmente abusos serios, hasta el punto de que algunos fueron expulsados del seminario. Por otra parte, eran tiempos de una iglesia y de una sociedad en régimen de cristiandad, vencedores en una cruzada, en la que la censura oficial estaba colgada en cualquier esquina…

A pesar de todo, el año de Hortaleza fue un año gratificante, que constituye un hito en el proceso de maduración humana y de afianzamiento en nuestra vocación al sacerdocio. Nació en este año, o se consolidó fuertemente, nuestra inquietud intelectual, aupada por la normal inquietud de la edad y alentada por estupendos profesores, cuya inquietud y búsqueda intelectual fueron capaces de trasvasarnos. Los PP. Román, Esparza, Boyero, Abaitua, País…, algunos de los cuales se estrenaban en la enseñanza, justo después de obtener brillantemente sus títulos universitarios, son nombres que han quedado inscritos en los archivos de honor y de gratitud, en el devenir de nuestra historia personal y de grupo.

No era todo estudiar: el deporte recuperó una parte importante de lo que habíamos perdido en el paso de la Apostólica a Limpias; los paseos amistosos de diálogo y de compartir inquietudes, por aquellos pasillos enormes de la finca de Hortaleza, llenaba parte importante de nuestra vida. Por otra parte, empezamos a asomarnos al mundo exterior, con la participación en algunas actividades pastorales: colaboración puntual en algunas celebraciones en la parroquia de San Matías a cargo de los PP. Paúles; acompañamiento en las celebraciones de Semana Santa etc. Era el comienzo de una nueva etapa en nuestra formación intelectual y pastoral; y nos sabía a gusto…

Cuenca. Seminario de Teología de San Pablo, regido por los PP Paúles.

Félix, con otro compañero, después de una actividad deportiva

Félix, con otro compañero, después de una actividad deportiva

Si en Limpias se introdujo, en nuestro tiempo, el estudio de primer año de filosofía, durante el segundo año de Noviciado, fue precisamente en nuestro tiempo de Hortaleza cuando los Superiores decidieron pasar el tercer año de Filosofía al Seminario de San Pablo de Cuenca, que, hasta entonces, había sido el Seminario de Teología de los nuestros. Eran tiempos de eclosión vocacional, en el ámbito nacional: los seminarios mayores se quedaban pequeños, había que anchar muros o mirar hacia otras fronteras…

Desde el principio, la noticia de que íbamos a estudiar tercero de Filosofía a Cuenca fue acogida con agrado por la gran mayoría de nosotros: de alguna manera, este cambio de escenario suponía, en nuestra apreciación, como un paso adelante, como una nueva categoría de estudiante; casi, casi, nos sentíamos como estudiantes de teología. La rocosa mansión, centenaria, al pie de la famosa mole de la “sultana”, siempre amenazante, estimulaba nuestra imaginación creativa. Sabíamos que el Seminario San Pablo de los PP. Paúles gozaba de muy buena imagen en Cuenca ciudad y alrededores. Nuestros predecesores habían escrito páginas brillantes en la historia de la ciudad y nos sentíamos ya coprotagonistas de esta historia.

No podíamos creerlo, por primera vez teníamos habitaciones individuales, y eran amplias, para cada uno de nosotros… Cada pasillo y cada rincón tenía su nombre y su historia. La “sultana” altiva, las hoces del Huécar, las famosas casas colgantes de Cuenca, frente a nuestras ventanas, los paseos sinuosos en torno a la gran mole o camino de la “playa” del Júcar, elevaban nuestra imaginación hasta la creación poética instintiva y también, a veces, hasta la contemplación espontanea de la belleza indescriptible de una naturaleza feraz. Paisajes y recuerdos esculpidos para siempre en nuestra mente y en nuestro corazón… Los que tuvimos el privilegio de pasar por Cuenca en este año único llevaremos a la tumba el referente de una convivencia serena y contemplativa… llegamos a constituir un grupo de amigos, de confidentes, de los que caminan en la misma dirección…

Hubo otras circunstancias que contribuyeron a hacer de Cuenca una experiencia irrepetible. Nos sentíamos más libres, con más capacidad de autogestión. El P. Vicente de Dios, nuestro director, empatizaba plenamente con aquellos jóvenes inquietos. Lo habíamos conocido en nuestro primer año de Limpias. Pero aquel Vicente de Dios era otra persona completamente distinta del que habíamos conocido antaño. Supo sacar lo mejor de nosotros mismos. Organizó actividades lúdicas y culturales que rompían moldes en aquel entonces: acción socio-pastoral en contacto con las conferencias de San Vicente de Paúl; visitas a enfermos y familias humildes; colaboración pastoral en parroquias y barrios… Supo llenar nuestros tiempos de ocio de una variada gama de actividades culturales deportivas y de convivencia fraterna. Una de las grandes novedades que más apreciamos fue la asistencia frecuente, casi semanal, al cine parroquial de Don Simón, muy allegado al P. Vicente y a la familia vicenciana. Entonces el cine era para nosotros todavía el gran desconocido. Por no sé qué medios, consiguió que dos buenos preparadores de educación física, del “Frente de juventudes”, vinieran semanalmente a San Pablo, con el fin de mantenernos en forma, deportivamente hablando. Estos mismos preparadores de educación física organizaron la primera marcha de San Pablo a las “Torcas”, lugar emblemático de buscadores de parajes geológicos de interés especial en la provincia de Cuenca. La marcha, de muchos kilómetros, fue accidentada; una tormenta no prevista terminó de complicar las cosas de tal modo que algunos no pudieron llegar a casa y hubo que recogerlos en coche.

Félix y compañeros en la acampada de Tragacete

Félix y compañeros en la acampada de Tragacete

Otro acontecimiento histórico, de algún modo, lo constituyó la acampada veraniega en Tragacete: nunca antes los seminaristas de San Pablo habían tenido una acampada de este estilo, vestidos de scout o del frente de juventudes, qué más daba; lo importante era esa sensación de libertad, de aire puro, perdidos en el corazón de la sierra manchega, al pie del nacimiento del Júcar y del Tajo… En plena canícula de verano no podíamos bañarnos en la poza cercana: se enrojecían nuestras piernas y nuestro cuerpo entero, mientras el aire de la atmósfera quemaba nuestra piel. El agua caía sueve, cristalina, pero helada, de cima nevada de la montaña. En el frescor de la mañana, en torno al alto mástil, que hacía de vigía del campamento, aprendimos a proclamar, a puro grito, la consigna del día, que tenía, quizá, reminiscencias de los “Buenos días” o “Buenas noches” de insignes educadores cristianos. Fue una experiencia de las que marcan un antes y un después. Lamento no tener espacio para dar una información más detallada del acontecimiento.

El P.Sainz, el P. Lucea, el P. Subiñas, que, por su bondad y disponibilidad, nos ganó la confianza hasta el punto de ser, por elección espontánea, el confesor habitual de casi todos nosotros, constituyeron el gran equipo de formadores que hicieron del año de Cuenca un año inolvidable e irrepetible.

Andújar, Jaén.

Comunidad de Paúles de Andújar en el 59-60

Comunidad de Paúles de Andújar en el 59-60

No fue un destierro, no, ni un simple alto en el camino, sino otro intento más de adaptación a las exigencias de los nuevos tiempos. Nuestros superiores de entonces intuyeron, que, en un futuro próximo, nuestros colegios y nuestros mismos ministerios pastorales iban a necesitar sacerdotes Paúles con titulación oficial. Si queríamos llegar a tiempo y ahorrarnos esperas innecesarias tenían que establecerse los cauces adecuados, sin demora. Había jóvenes inquietos suficientes en nuestros seminarios para regular la formación integral de los nuestros en una triple dimensión: los que seguirían la educación tradicional del Seminario de aquel tiempo; los que debían prepararse en inglés para ejercer su ministerio en nuestra gran Misión de Filipinas; y los que, en un futuro próximo, deberían estar preparados para la obtención de títulos académicos oficiales, tanto a nivel eclesiástico como civil. Era un anteproyecto pionero: el sacerdote paúl del futuro debía estar especializado en ciencias eclesiásticas y civiles. A partir de ese momento, al terminar la filosofía, se determinó que un grupo selecto de estudiantes debían dedicar un año a la enseñanza, en una de nuestras apostólicas. Durante ese año “sabático” de la teología, debían prepararse además para hacer el Bachiller oficial en el Instituto correspondiente, el más cercano a nuestro emplazamiento territorial. Y, en el verano de aquel año sabático, deberíamos prepararnos, además, para sacar el curso preuniversitario… Era todo un proyecto de calado, estimulante para soñadores y personas de buen ánimo… Y aceptamos, con agrado, la propuesta. Hasta creció nuestra autoestima, porque suponía una elección selectiva y una confianza de nuestros educadores en nuestras capacidades…

Se nos repartió por ternas, tres por cada colegio apostólico de la entonces Provincia canónica de Madrid. Ocho eran entonces nuestros colegios apostólicos: Los Milagros (Orense), Villafranca del Bierzo (León), Pamplona, Tardajos (Burgos), Murguía ((Álava), Teruel, Gran Canaria y Andújar (Jaén). Fuimos seleccionados 24 en total, tres por cada centro; y a mí me correspondió Andujar, con Julio López y Salgado (no recuerdo ahora su nombre de pila).

Hoy, a tantos años vista, agradezco a mis superiores aquella intuición pionera… Quizá no estábamos preparados, ni humana ni psicológicamente, para esta experiencia. Quizá debió prepararse mejor a los candidatos, o comenzar escalonadamente la experiencia. El choque frontal con la vida real, los atractivos de una sociedad que caminaba hacia un cambio de costumbres, fue demasiado drástico: solo la mitad de los elegidos sobrevivimos al naufragio general al final de aquel verano tan prometedor. La otra mitad se quebró en el intento.

Se cumplió, no obstante, el objetivo primero de dar una oportunidad nueva en la búsqueda de nuestra identidad vicenciana: sacar el bachiller adelante y prepararnos para el ingreso en la universidad, en el momento oportuno. De paso, constatamos que el nivel medio de nuestra preparación intelectual, en el sistema educativo seguido en nuestros seminarios, era muy superior al de los Institutos públicos de aquel entonces: el porcentaje de los nuestros que pasó airosamente las pruebas, tanto de Bachiller como de Preu, fue mucho más elevado que el de los que venían de los Institutos. Y eso que los nuestros se presentaron por libre.

No siempre se llega a buen puerto, cuando la barca ha soltado amarras, en una mañana soleada, hacia un banco de peces casi seguro… Pero el pescador no se achica, vuelve a intentarlo de nuevo, una y otra vez, aprendiendo de la experiencia anterior, pertrechándose de mejores redes, oteando bien el horizonte, apoyándose en el saber de experimentados compañeros del mar… Quizá esta reflexión tardía fue lo mejor de nuestro viaje hacia altamar. Nos curtimos en la lucha de hacer frente a las dificultades de la vida; nos afianzamos en el proceso de búsqueda de nuestra identidad vicenciana. En definitiva, los que sobrevivimos a la tormenta de aquel año, grabado para siempre en nuestro recuerdo, estamos seguros de que aquella experiencia nos hizo más adultos, nos afianzó casi definitivamente en nuestra vocación vicenciana…

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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