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Evocaciones al atardecer (VI): Y llegaron las dudas… (Limpias, Santander, 1955-57)

Evocaciones al atardecer (VI): Y llegaron las dudas… (Limpias, Santander, 1955-57)
Grupo de Primero de Noviciado en Limpias de 1955-56

Grupo de Primero de Noviciado en Limpias de 1955-56

Sabíamos que el Noviciado o Seminario Interno, como lo llamábamos, era distinto; que el clima en Limpias era distinto; y que las brumas y tardes oscuras del Cantábrico afectaban, más pronto que tarde, a la psicología alegre, expansiva y juguetona de los niños de tierras y campos abiertos… Y, sin embargo, “los llamados” esperábamos con impaciencia dar ese paso: suponía pisar fuerte en la subida de nuestra montaña particular, que no era otra que llegar a la cima: ser ordenados sacerdotes, misioneros paúles dispuestos a comernos el mundo, como Francisco Javier, el gran referente navarro y universal, en cuyo espejo nos habíamos mirado tantas veces a lo largo de nuestra formación en la Apostólica. Las visitas a Javier, las Javieradas de nuestros pueblos, alimentaban y alentaban nuestra inquietud…

Si bruscos fueron los cambios climáticos, más chocantes y extraños resultaron los cambios de hábitos, prácticas y costumbres. Entrar oficialmente en el Seminario Interno suponía como un nuevo nacimiento. Después de un retiro espiritual intenso, el primero de este tipo en nuestra vida, nos entregaban reverencialmente la sotana y marcaban nuestras cabezas con la tonsura o coronilla que solían llevar los sacerdotes de aquella época, como símbolo de la corona de espinas del Señor, según la interpretación usual de aquel tiempo. Aquel día quedaba marcado para siempre como el día de nuestra vocación. De hecho, en nuestros catálogos de pertenencia a la congregación de Padres Paúles quedan marcadas tres fechas de identidad: el día del nacimiento, el día de la Vocación (entrada oficial en el Noviciado) y el día de nuestra ordenación sacerdotal. El día de nuestra vocación, la mía y la de los compañeros que dieron el mismo paso conmigo, es el 23 de Septiembre de 1955. A muchos sonará a rancio y a costumbres atávicas todo esto, hasta les provocará leves sonrisas de perdonavidas. Pero es señal de hidalguía y de sabiduría práctica, hasta de grandeza interior, aceptar las culturas y sus signos de identidad de una época y de una historia…

Desde aquel día, al dirigirnos a los compañeros de toda la vida debíamos poner el Vd. delante, como signo de respeto y de buena educación… No se podía correr ni gritar dentro de casa, ni subir las escaleras de dos en dos. Infringir estas normas era faltar a la eutrapelia y suponía tener que besar el suelo, si   algún sacerdote te sorprendía en el momento puntual. Sanción mayor aún suponía el que se te cayera un objeto ruidoso en el comedor: tenías que ir a la mesa de presidencia, besar el suelo y permanecer de rodillas hasta que te hicieran la señal de levantarte. En los paseos durante los recreos de la comida y de la cena te asignaban los compañeros de turno por sorteo riguroso. Cada uno de nosotros, por orden cronológico de nacimiento, tenía asignado un número, que se inscribía en una pequeña bola; se sacaban cinco o seis bolas de una bolsa; se leían seguidos y ese era el lote de compañeros que te correspondía para ese paseo o para todo el día.   El número asignado en el Noviciado es parte histórica de nuestro pasado: nadie lo olvidará. A mí, por ser de los mayores de ese grupo de ochenta novicios que constituía nuestro curso de primero de noviciado, me correspondió el número 12. Eran metodos que tenían como objetivo principal estimular entre nosotros la práctica de virtudes cristianas específicas, quizá sobrevaloradas en aquella época, al menos en las formas, como la humildad, la modestia, la mortificación, el respeto, la indiferencia positiva a la hora de seleccionar nuestras relaciones etc.

La espiritualidad y la formación en el Noviciado.

Grupo de Pamplona recién estrenada su sotana en el Noviciado

Grupo de Pamplona recién estrenada su sotana en el Noviciado

Teníamos la oración de la mañana y de la tarde. Había métodos prácticos para mantenernos atentos y no dormitar durante la oración: si uno no controlaba el sueño tenía que ponerse un rato de pie, hasta ser capaz de mantenerse atento; en determinadas ocasiones o fiestas teníamos la repetición de oración: era el momento de comunicar a la comunicad orante lo que más nos había llamado la atención y nuestros sentimientos y resoluciones prácticas. Así se nos iniciaba en la rica tradición vicenciana de oración compartida. Otra herencia muy vicenciana que se nos transmitía era la práctica de pedir perdón públicamente y de admitir incluso la corrección fraterna, utilizando la tradicional fórmula vicenciana: “En espíritu de humildad y de caridad avisaré al Hermano…….que ha faltado a….”. Por muy extrañas y anodinas que nos parezcan estas prácticas en nuestro contexto social y religioso actual, caben en el más hondo sentido del evangelio, de ayer y de hoy…

Manteniendo el sentido crítico hacia las formas de la práctica de estas virtudes, andando el tiempo, me he dado cuenta de que encierran en sí mismas una sabiduría escondida profunda. Y me acerco a la conclusión de que no se puede vivir en paz consigo mismo, ni con los demás, ni con Dios, si uno no vive en coherencia interna con lo que dice aceptar como principios básicos de vida y de relación; y como la relación con los demás es una torre con cimientos muy endebles es casi imposible mantenerla en pie si uno no se habitúa a restablecerla, de vez en cuando, mediante la aceptación humilde de las propias deficiencias, que se visualiza en la petición y ofrecimiento mutuo del perdón…

¡Cuántas cosas cambiarían en las relaciones de familia, de la vida de comunidad, incluso en las relaciones sociales en general, si nos imbuyésemos de ese sentido profundo de reconocimiento humilde de nuestros fallos y desaguisados personales y colectivos!

La celebración diaria de la eucaristía y la recepción semanal del sacramento de la reconciliación constituían el pilar central de nuestra vida espiritual… Y, con ser tan intensa la vida espiritual en el Noviciado, y tan frecuente la deriva de las homilías y sermones hacia los novísimos, nunca más sentí la angustia del pecado y del miedo a la justicia severa de Dios, por cosas nimias e insignificantes. Aquel Director de Pamplona me había curado definitivamente de ese tormento indecible que suelen padecer alguna vez las personas de conciencia demasiado afilada.

Había otras prácticas complementarias en la misma dirección. Una era la figura del admonitor, que era el compañero señalado por el Director del Noviciado para pasar periódicamente por las camarillas del dormitorio avisando de las faltas que teníamos que corregir, o actitudes que teníamos que mejorar.

La comunicación personal periódica con el Director espiritual era otro de los puntales para la mejora de nuestros hábitos y de nuestra relación con Dios y con los demás. El director espiritual era de elección personal: cada uno elegía libremente el que le daba más confianza.

Si estábamos allí para discernir nuestra vocación al sacerdocio, desde el referente de Vicente de Paúl y del espíritu que él quiso imprimir a su congregación, obviamente la lectura de la vida de San Vicente y de la historia de la congragación ocupaba parte importante de nuestro tiempo. El estudio sobre las virtudes características de los Paules y los hábitos y prácticas ascéticas del buen cristiano completaban todo nuestro tiempo dedicado a la formación.

En el segundo año de Noviciado hubo una innovación importante en aquellos años: se combinaba nuestro tiempo de formación espiritual con el primer año de estudio de la Filosofía.

Y surgieron las dudas…

Félix con dos compañeros del Noviciado

Félix con dos compañeros del Noviciado

Después de lo dicho, parece que mi inserción en la vida del Noviciado fue de lo más placentera y satisfactoria. Sin embargo, no fue así. Pongámonos en contexto, para entender el origen de estas dudas. La lectura en público de los documentos de los primeros Superiores Generales de la Congregación, después de la muerte de San Vicente, insistiendo sobre el desprendimiento de los lazos familiares, como liberación total para el servicio, hicieron despertar mis alarmas psicológicas. Me parecía inconcebible que uno tuviera que romper los lazos afectivos con la familia para estar totalmente disponible para el servicio de los pobres… Oíamos con nuestros propios oídos que los padres, antes de que su hijo fuera   recibido oficialmente en la Congregación, tenían que firmar un documento renunciando a su hijo y al derecho de que fuera a visitarlos… La experiencia negativa de San Vicente en la visita a sus familiares, cuando estaba ya en buena posición económica y social en París, marcó profundamente su actitud hacia la familia; y quiso prevenir a los suyos del riesgo que él mismo tuvo que soportar: los familiares quisieron sacarle “el oro y el moro”, como diríamos hoy en lenguaje castizo. Aparte estaban los riesgos y el tiempo que exigían entonces cubrir las distancias de París a sus Landas natales (Sur de Francia). Pensó que sus sacerdotes de la Misión no debían correr los mismos riesgos, y estableció unas normas de relación con la familia de lo más austero y exigente, comparable a la vida de clausura en este aspecto. Sorprende enormemente esta rigidez en un santo que fue pionero de su tiempo en vías nuevas de evangelización y de servicio a los pobres donde quiera que estuvieran.

Empecé a pensar que aquello no era para mí: no podía romper los lazos afectivos con la familia, estaba demasiado apegado a los míos. Me parecía que aquello no tenía referentes en el evangelio, que proclama el amor entrañable al prójimo y a los pobres, entre los cuales podían encontrarse también los propios padres… Las citas evangélicas de “Dejar que los muertos entierren a sus muertos” y el que ponga la mano en el arado y se vuelva atras no es digno de mi” no eran,en absoluto, convincentes, a mi manera de entender. Afortunadamente, poco a a poco, ayudado por el Director espiritual, fui comprendiendo, paso a paso, que los absolutos en el lenguaje humano no hay que tomarlos en su estrecha rigidez de expresión; que los santos son también hijos de su tiempo y de su circunstancia, y que el tiempo y la circunstancia cambian según la sensibilidad de cada etapa de la historia, Y aquí estoy.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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