Menú

Evocaciones al atardecer (V): Aquellos dorados años de Pamplona (1950-55)

Evocaciones al atardecer (V): Aquellos dorados años de Pamplona (1950-55)
Foto del curso de Félix Villafranca al comienzo del año escolar 54-55.

Foto del curso de Félix Villafranca al comienzo del año escolar 54-55.

Desde que tomé la decisión, apoyado por mis padres, de irme a Pamplona “para ser como el P. Langarica” (esa fue la fuerza motriz primera), mi vida dio un salto de 180 grados. Don Serafín, el párroco recién estrenado, que trajo la misión a Ribaforada, era todo un pastor de su rebaño. Él fue el primero en dar gracias a Dios por el fruto ubérrimo de la misión: aparte de la gran transformación en la vida religiosa del pueblo, allí tenía cinco “jovencitos”, entre 11 y 14 años “dispuestos a dejarlo todo”, en expresión del evangelio, para ser misioneros paúles…

No os lo había dicho todavía: conmigo decidieron venirse a Pamplona, al Seminario Menor, o Apostólica, de los Padres Paúles, 4 niños más… Yo no sé si fue por algo parecido a lo mío (nunca hemos hablado abiertamente de eso entre nosotros) o por ese impulso primario de seguir a los amigos… Los que tomamos aquella decisión estábamos unidos por múltiples vínculos de amistad o empatía infantil… Don Serafín organizó con verdadero celo pastoral nuestra vida piadosa. Nos reunía de vez en cuando para hacer oración por las mañanas, sobre todo en verano; organizaba los domingos paseos a la “Cruz de la misión”, clavada en la cima de un monte cercano al pueblo, con el fin de proteger a nuestros fértiles campos de los pedriscos que, por aquellos años, asolaban la Ribera de Navarra. Y un día tuvo la feliz idea de llevarnos a Pamplona, para que viésemos por nuestros propios ojos el “paraíso” donde íbamos a estar al año siguiente… Ni que decir tiene que aquellos “jovencitos” de pueblo, acostumbrados a estrecheces de todo tipo en el pueblo, a jugar con balones de trapo o de goma…, quedamos encandilados. Por supuesto que aquel día todos los apostólicos tuvieron comida especial para agasajarnos. Todo estaba planeado y bien planeado…

Y llegó la hora cero: primeros de Septiembre de 1950; no recuerdo exactamente el día. Allí estábamos los primeros aspirantes a paúles de la ilustre villa de Ribaforada. Nos acompañaban nuestros padres, como era natural. Recuerdo perfectamente que era tal mi gozo que dejé plantados a mis padres haciéndome la cama y colocando mi ajuar en su sitio; y me fui corriendo al patio, a jugar con los recién llegados, y con los veteranos, que yo todavía no distinguía… Y, a la noche de aquel día primero, oí lloriqueos, a derecha e izquierda de mi cama… Eran la expresión normal de los niños que lloraban la separación primera de sus padres. Yo, en cambio. me sentía tan feliz. Me di cuenta desde el principio de que yo era distinto… Era lo que en aquel entonces se decía una vocación tardía: los niños que iban a estudiar en los seminarios menores de entonces solían rondar los 10-12 años y yo tenía ya 14, aunque fuesen recién cumplidos.

Enseguida me adapté al nuevo ritmo de vida, como si me hubiera estado entrenando durante la larga espera, desde mi “conversión” en Abril, a Septiembre. Y, sin embargo, nada tenía que ver lo uno con lo otro. En el seminario todo era orden, disciplina, horarios desde el despertar hasta la hora de acostarse; estudios, deportes y descansos, a piñón fijo: breve oración de la mañana, seguida de la eucaristía; desayuno y clases hasta el mediodía, con los correspondientes descansos o recreos, escalonados proporcionalmente entre clase y clase. Después de la comida solíamos tener un largo recreo de aproximadamente una hora, lo que nos ayudaba a acelerar las prisas para terminar de comer lo antes posible, porque cuanto más pronto terminábamos de comer antes íbamos a recreo. La tarde tenía una planificación más suave en cuanto a clases se refiere. La merienda entre 5 y 6 nos daba un respiro y nuevas ganas para la marcha rutinaria del día. A última hora de la tarde, teníamos un rato de estudio controlado, que llamábamos “pensum” (ignoro el origen y el significado real de la palabra). La cena, seguida de otro recreo corto, breve oración de la noche, con su correspondiente examen de conciencia y a dormir temprano, no más tarde de las diez o diez treinta, que había que levantarse pronto al día siguiente, fuera otoño, invierno o primavera. A tantos años vista, considero ahora que aquello era un milagro diario, que aquellos niños de 10-12 años, llegados de pueblos donde la mayoría de ellos vivían a sus anchas, durante tantas horas muertas, se acomodaran tan rápìdamente a aquella disciplina casi militar.

Algunas peculiaridades de la vida en la Apostólica

Las comidas, en general, eran a base de legumbres, y escasas, para aquella tropa de 150 niños (la capacidad total de la casa), entre 10 y 16 años, en plena fase de crecimiento. La merienda en particular resultaba insuficiente: un trozo de pan, que llamábamos “chusca”, para los que no tenían el privilegio de recibir paquetes de comida del pueblo, con la correspondiente saca de harina para incrementar aquel elemental trozo de pan. Yo fui uno de esos privilegiados, durante los cinco años de mi estancia. Hay que situarse en tiempos de la postguerra y del bloqueo internacional a España para medio entender esta situación. Pero todo lo que pagaban nuestros padres al año, por todo, no llegaba a las mil pesetas y algunos necesitaban beca. Esto explica también, en parte, la eclosión vocacional de aquellos años.

El silencio y el recogimiento interior era la “máxima” espiritual permanente dentro de casa: los largos tránsitos de la sala de estudios a la capilla, al comedor o al recreo debían realizarse en silencio riguroso, y al que infringía la norma se le tomaba en cuenta y, si reincidía, se le encomendaba la tarea de “guardar la tapia”, estando de pie un buen rato contemplando, en silencio, como juagaban los compañeros. El encargado de disciplina y el director espiritual nos recomendaban llenar los espacios de silencio rezando el rosario o haciendo actos de la presencia de Dios; la otra alternativa que se nos sugería era aprender significados de latín o griego o bien grabar en nuestras memorias frescas poemas o versos famosos. Dócil que uno era en aquel entonces, aproveché los largos espacios de silencio para lo uno y para lo otro;y con este método llegué a aprenderme de memoria odas de Horacio, discursos de Cicerón, amén de versos selectos de la poética española. También las comidas eran espacios de silencio y recogimiento que se aprovechaban para escuchar lecturas seleccionadas. Sólo los domingos y días festivos se nos concedía la “parleta”, palabra de origen francés que implicaba la posibilidad de hablar, “sin gritar”, en tono sumiso y educado…

Felix con dos compañeros, después de una actividad deportiva.

Felix con dos compañeros, después de una actividad deportiva.

Había castigos ejemplares para las faltas de especial significación, como eran romper el “gran silencio” de la noche; los insultos graves y las riñas entre compañeros; las faltas continuadas de disciplina; las malas contestaciones a profesores o tutores; las salidas del recinto de la casa sin permiso y sin acompañante; el coger cosas ajenas; el fumar… Hoy, con nuestros criterios pedagógicos y con la evolución de nuestras costumbre nos echaríamos las manos a la cabeza por la dureza de aquellos castigos “ejemplares”, algunos de los cuales implicaban la expulsión inmediata del seminario. Pero cada cosa hay que juzgarla a la luz de los criterios de la época y aquella era todavía la época de la “letra con la sangre entra”. De todas formas, bien nos vendría a nosotros, orgullosos de nuestro tiempo y de nuestra “progresía”, balancear aquellos excesos con la laxitud de nuestros días: ni lo uno ni lo otro. ¿Llegará algún día el momento en que el amor a los pequeños y educandos nos lleve a preocuparnos con amor y con dialogo paciente del futuro de los niños y de los jóvenes? ¿O seguiremos con el criterio autosuficiente y evasivo de que todo vale, que cada uno haga lo que quiera, y que me dejen en paz, que la vida misma le enseñara lo que tiene que hacer en el futuro?

La vida espiritual en el seminario

Desde el principio se nos hacía notar que la vida en el seminario era distinta de la que llevábamos en el pueblo; que estábamos allí para ver si Dios nos llamaba a ser misioneros; que eso era una gracia de Dios que teníamos que cuidar… La oración de la mañana y de la noche, la misa diaria, el rezo del rosario en particular o en grupo, en determinados días de la semana, eran prácticas habituales, que llegamos a asumir poco a poco, sin complejos ni traumas. La vida religiosa de nuestras familias en aquella época era, sin duda, un buen referente y un apoyo enorme para asumir aquellas prácticas que hoy nos parecen demasiado exigentes para niños de esa edad…

La Novena de la Milagrosa en Pamplona era especialmente impactante en aquellos tiempos. Todos nosotros asistíamos impresionados a los actos litúrgicos de la tarde. Nos subían al “tercer coro” de la iglesia, porque tanto la nave central de la iglesia como los coros del primer y segundo piso estaban abarrotados de fieles, procedente no solo de la ciudad, sino también de los pueblos colindantes.

Mi piedad adolescente quedó fuertemente impactada de las celebraciones de la Novena de la Milagrosa en Pamplona y nunca se me ha borrado esa emoción intensa, cuando evoco los mejores momentos de mi vida.

Teníamos la celebración semanal del sacramento de la reconciliación. Para mi la recepción de este sacramento siempre tuvo una especial significación, ya que me sentía deudor del cambió de rumbo de mi vida precisamente a través de aquella confesión de la misión. Andando el tiempo, con tanta reflexión sobre las verdades últimas, los novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria, tan frecuentes en aquel tiempo, mi conciencia infantil se hizo demasiado sensible al sentido del pecado… Llegué a tener una conciencia que ayer como hoy se llama escrupulosa, que no es otra cosa que el temor excesivo al castigo de Dios por pecados o faltas nimias. Hoy es infrecuente esta desviación de la conciencia, debido a circunstancias distintas o maneras específicas de vivir la fe en nuestro tiempo. En aquella época de cristiandad llegó a constituir una verdadera plaga entre personas buenas y piadosas. Hoy todavía se da, pero en escala relativamente muy pequeña.

Yendo de un sacerdote a otro que me “entendiera”, Dios puso en mi camino uno de los sacerdotes del seminario que me entendió desde el principio. Llegué a tener plena confianza en él, fue mi director espiritual desde el tercer año de Pamplona… Y esta confianza me llevó a aceptar sin miedos ni recelos sus consejos y orientaciones. Sin darme cuenta había aceptado la terapia psicológica del “transfer”: él aceptaba toda la responsabilidad moral sobre mis actos; si yo pecaba él aceptaba mi pecado como suyo; si yo me condenaba él se condenaba por mi… Hoy agradezco enormemente esta experiencia que me ha ayudado enormemente en la administración de este sacramento a personas que todavía siguen viniendo abrumadas al sacerdote en busca de la paz interior… Solo habiendo pasado por esa experiencia llega uno a percatarse del dolor inmenso de estas personas que, a veces, hay que orientarlas también hacia el psicólogo o psiquiatra. No obstante, la fe y la confianza en el sacerdote suplen, a veces con ventaja, los conocimientos técnicos de esos especialistas.

Deportes, celebraciones, amistad y convivencia: la fiesta permanente del Seminario.

Más de uno, al ir leyendo este relato, se habrá preguntado cómo es posible que niños de esa edad resistieran este ritmo de vida tan austero y exigente. Y, sin embargo, se equivocan… Desde luego que, aquí y allá, entonces y ahora, cada no cuenta la feria como le va. Cierto que muchos se fueron quedando en el camino: de 60 que empezamos en el 50 sólo 18 llegamos al siguiente tramo del Seminario Interno o Noviciado en Septiembre del 55. Pero eso es normal en cualquier trayecto de vida comprometida, y más a esas edades…

Félix y compañeros en Pasajes, San Sebastián

Félix y compañeros en Pasajes, San Sebastián

Lo cierto es que, para los que nos sentíamos llamados, la vida en el Seminario constituía una fiesta continua y contagiosa… Teníamos los deportes bien organizados, con campeonatos por cursos, tanto de futbol como de baloncesto o de frontón. ¡Cómo vibrábamos al defender nuestras camisetas y cómo luchábamos para llegar al podio! Desde entoncesempecé a experimentar la sabiduría del dicho antiguo: “Mens sana in corpore sano” y que no hay nada tan saludable para el desarrollo equilibrado e ilusionante de los niños y jóvenes en ciernes como el deporte. San Pablo sabía algo de esto al comparar la carrera del Reino con la el esfuerzo de los atletas en el estadio…

Las fiestas de cumpleaños del Superior   o del Provincial de turno constituían en aquellos años otro acontecimiento que nos llenaba de ilusión, con el señuelo de la fiesta y los festejos concomitantes, a los que acompañaban la comida especial y, a veces, hasta una película, con aquellas máquinas portátiles de cine que se utilizaban en las fiestas especiales. Hay que situar esto en el contexto de la época para entender lo que estas pequeñas cosas significaban para aquellos niños de pueblo…

Pasábamos las navidades en el Seminario, no íbamos a nuestras familias. Esto mismo que puede parecer extraño y difícil de digerir suponía para muchos de nosotros un espacio de relaciones y de convivencia abierta, de entretenimientos y de creatividad: la fiesta de navidad en el Seminario era una auténtica fiesta de amistad, de juegos y de representaciones, de cantos y de celebraciones con sabor navideño.

Paseo en barca por las aguas del puerto de Pasajes.

Paseo en barca por las aguas del puerto de Pasajes.

Los paseos semanales, las excursiones al principio y al final de curso: a Javier, al Monasterio de Leire, al roncal y Los Pirineos, a San Sebastián y tantas otras marcaban hitos de referencia en la vida rutinaria de estudio, trabajo y ratos de reflexión y de oración…

Y así íbamos aprendiendo, por propia experiencia, lo que la filosofía y la vida misma nos ha confirmado más tarde: que no se divierte más y mejor el que más espacios y objetos de diversión posee, sino el que adecúa sus aspiraciones y deseos a lo posible, fija la mirada en un ideal noble, a nuestro alcance; como no es más rico el que más tiene, sino el que menos desea y comparte lo que tiene con los que tienen menos que él…

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

Calendario

diciembre 2018
L M X J V S D
« Nov    
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  

Archivos