Menú

Evocaciones al atardecer (I): La infancia de mis recuerdos

Evocaciones al atardecer (I): La infancia de mis recuerdos

A modo de Premisa

Parece que sólo las personas  excelentes y brillantes, en su ser o parecer, tienen derecho a contarnos su vida y milagros, con alardes publicitarios en los escaparates de las  grandes editoriales, nacionales o internacionales…

Parece que lo que dijeron e hicieron y hasta lo que dejaron de hacer o de decir esas personas merecen ahora todos los elogios y reconocimientos, aquí y allá y más allá…

Parece que sería feo y desleal no proclamar a bombo y platillo el gran legado de los que, en los avatares del pasado, se entregaron al servicio de la sociedad,  desde las mil y una plataformas de la sabiduría, del poder, de las finanzas, del progreso económico, y de las innumerables formas de gestión benéfica, incluida la misma Iglesia y las distintas denominaciones altruistas y  ONGs…

Parece  de justicia que plazas y calles, edificios y monumentos, ciudades y barrios, proclamas y fiestas ilustren el recuerdo de la historia reciente y del remoto pasado…

Es un honor para todos los que hemos sido beneficiarios  de sus gestas, reconocerlo y proclamarlo, sin restricciones ni malicias, en los registros de nuestra memoria y de nuestra gratitud…

Sin embargo, hay otras realidades calladas, que han ido entretejiendo nuestra propia historia personal, casi sin  darnos  cuenta, hasta hacer de nosotros lo que somos, proyectando sobre nuestro  entorno la sombra de lo que nos transmitieron nuestros mayores… Pocos lo notan, pocos lo proclaman, menos aún lo agradecen, pero yo, cada uno de nosotros, somos la hechura, la herencia, de las personas cercanas, familiares y amigos, que Dios ha puesto en nuestro camino, desde la cuna hasta el momento presente… En este intento de revivir mi pasado, quiero, ante todo, rendir homenaje a aquellos seres queridos que han dado impulso a mi vida, que han sido los raíles por los cuales Dios ha ido trazando la línea de mi vida…

No hay grandes cosas que merezcan carteles ni títulos de  colores. Es sencillamente una pequeña historia,  a modo de homenaje y de gratitud, pero también una pequeña ofrenda a aquellos que, en contacto conmigo, a lo largo de mi vida y de mi ministerio sacerdotal, se han sentido alguna vez impactados por lo que  han recibido de mí o por lo que les he transmitido con mi palabra y testimonio de vida… Siento haberles defraudado alguna vez, siento no haber sido con ellos todo le espléndido que podía haber sido… Espero que ellos mismos pongan lo que falta y me ayuden con su gratitud y apoyo a rellenar mis vacíos… Al querer dejar la impronta de mi devenir por el pasado, no hay  en mí ni gota de vanidad ni de orgullo: soy consciente de que, por la gracia de Dios, soy lo que soy; a mí, personalmente, solo me queda lo que dejé de hacer por mi debilidad y mis limitaciones…

Tampoco voy a llegar a las  profundidades de mi vida, patrimonio exclusivo de Dios y de mi conciencia. Afirmo, sin complejos, que estos sencillos relatos o evocaciones de mi pasado “no son toda la verdad”, sino tan solo pequeños retazos que marcaron mi vida y dejaron su impronta en los que me han acompañado en mi caminar.

Advierto que el título de estas pequeñas memorias, “Evocaciones al atardecer”  no entrañan ninguna concesión a la oscuridad de la noche, ni al pesimismo, ni al cansancio, ni al final de los quehaceres de la jornada… Después de mis 50 florecidos años en el sacerdocio, siento la caricia de un crepúsculo sereno y tranquilo, a la caída de un día soleado de primavera: invita a la paz, a la gratitud, al sueño de las ilusiones creativas…

En cuanto a la expresión “La infancia de mis recuerdos”, título, al parecer, invertido, sólo quiere expresar la limitación de los recuerdos conscientes de mi infancia: fui de los poco precoces;  los recuerdos de mi primera infancia son muy limitados…

Mi infancia en la palestra

Nací en el 36, justo el 31 de Julio de 1936, tan sólo 21 días después de estallar la tragedia nacional de la guerra civil;  sólo unos meses antes de que nuestro buen Papa Francisco viese la luz… (fue una pena que no nos conociéramos entonces, porque hubiéramos sintonizado en  muchas cosas desde el principio)… Eran tiempos recios y crueles, de cruzadas y de envites… La Providencia quiso que naciera con el signo del zodiaco “Leo”, León, valiente y luchador, de aventuras y de búsquedas…

En el bautismo, mi madre quiso ponerme el nombre de “Felicísimo”, en reconocimiento agradecido al Santo de sus devociones de la iglesia de los Pasionistas de Deusto (Bilbao, Vizcaya). Pero mi tía, madrina de mi bautismo, lo dejo en Félix, por temor a que, de mayorcito, no hiciera honor a mi nombre y provocara las risas de mis compañeros de infancia… No obstante, fuentes bien informadas, dicen que, visto lo visto, hubiera hecho honor incluso a mi primer nombre, lo mismito que a mi signo de zodíaco… Dejemos al menos la duda sobre la mesa… Y mi madrina de bautismo tampoco quiso dejar mal al santo del día en que nací y añadió Ignacio, por ser 31 de Julio. Así que, para los que bien me queréis, mi nombre completo es Félix Ignacio, aunque  yo mismo no me enteré de esto hasta que mis padres tuvieron que firmar la  primera acta oficial de mi nacimiento y de mi bautismo,  que entonces  iban juntas las dos cosas… Esto ocurría precisamente  a mis 19 añitos, cuando ingresé en el noviciado de los Padres Paúles en Limpias (Santander). Al menos yo no tengo constancia de otra cosa.

Y nací en un pueblo,  en el que las malas lenguas agotan las categorías de los navarros, de cuyo dicho no quiero acordarme. Ribaforada es su nombre, de los más pequeños de la ribera baja en aquellos tiempos, pero próspero y progresista en el hoy en que nos encontramos: emprendedor, campeón en lides agrícolas, con sistemas de cooperación y cooperativismo que para sí quisieran otros pueblos y ciudades de más renombre. El Ebro y los canales Imperial y de Lodosa; las cooperativas, las pequeñas industrias… constituyen su brillo y su riqueza y, a la vez, son el señuelo seductor que  atrae a las masas emigrantes del ancho mundo: 20 nacionalidades diferentes están representadas en ese 12% de los 3.600 habitantes de esta villa de la ribera de navarra, a  tan solo 11kms. de Tudela…

La pega y la gran pena que me duele en el alma es que los buenos paisanos de  mi patria chica han ido olvidando, con el roer del tiempo, los valores que nuestros antepasados nos incrustaron, gente aquella de recias costumbres y de fe de carbonero. Todavía recuerdan mis coetáneos al P. Pedro Langarica, paúl de las misiones populares mil  de aquellos años 50, que transformaron y enriquecieron la fe sencilla de aquellas buenas gentes…

Dicen que desde pequeñín fui un niño de buen conformar, alegre y juguetón; regordete como corresponde a los que llevan sobre su frente, desde el principio, el sino de la felicidad y de la sonrisa abierta… En el comer y en el beber, todo me gustaba, todo me aprovechaba… Vamos, que mis padres, amigos y familiares, se embelesaban con mi presencia, desde que andaba a gatas…

Los primeros recuerdos vivos de mi infancia datan de mis años de parvulario con la Hermana Aurora, dominica de la enseñanza; después, los años anteriores a mi primera comunión, que tuve que aplazar hasta los nueve, por esperar a mi hermano más pequeño que tenía tres  menos que yo… En aquellos tiempos lo normal era recibir la primera comunión a los 7-8 años.

Viví intensamente el tiempo de catequesis de primera comunión; deseaba ardientemente que llegara el día grande de recibir por primera vez a mi amigo Jesús; hacía pequeños gestos de preparación en forma de renuncias infantiles… Y el día esperado dejó profunda huella en mi psicología infantil. Hacía un sol limpio y radiante aquel día, que calentaba y hacía brillar aún más mi ilusión infantil. Nunca lo he olvidado y su  recuerdo me ayuda a revivir mi mejor yo…

Dejado el parvulario, de  mis primeros maestros no guardo precisamente el mejor de mis recuerdos…Claro que las circunstancias no abalaban el esfuerzo ni la dedicación integral a las  tareas pedagógicas… Eran tiempos en los que cualquier excusa  justificaba la ausencia escolar: proteger los sembrados de los pájaros con el cencerro, cualquier malestar o dolencia del niño o de la madre; las pocas ganas o las tareas caseras especiales…

Eran tiempos en los se decía como proverbio “Pasas más hambre que un maestro de escuela…” Eran tiempos del aislamiento internacional de España, del razonamiento y del estraperlo. Eran tiempos en los que  los lugareños de los pueblos agrícolas tenían que esconder sus provisiones de invierno para que los de abastos no las requisasen y las llevasen a las ciudades hambrientas, o las trampeasen en los diferentes mercados negros de la época…

Eran tiempos de un solo libro escolar para todas las edades, La enciclopedia, el libro de todos los saberes y menesteres; un poco de charla del profe, unos cuantos ejercicios manidos, un tiempo al aprendizaje de memoria, como era de rigor en aquellos tiempos; el recreo de correr tras el balón de trapo o de goma… Así se iba la mañana…

La tarde era todavía más llevadera: consistía fundamentalmente en copiar a través  del cristal dibujos o figuras y colorearlos con habilidad y buen gusto…

Sería injusto colocar a todos los profesores de mi primera y segunda infancia en el mismo saco: algunos  tuve realmente ejemplares, a pesar de las condiciones precarias en las que les tocó vivir, tiempos en los que necesitaban complementar sus raquíticos ingresos de profesión con los “presentes” o regalos agradecidos de los alumnos aventajados. Doña Margarita y Don Agustín merecen los mejores recuadros y menciones…

Pero eran también tiempos de “la letra con sangre entra”… Y si a uno le tocaba un castigo ejemplar en clase, reglazo en una o en las dos maños; o un apercibimiento serio por parte del catequista o del Sr. Cura, bien que procuraba uno guardárselo para sus adentros, no fuera que el padre o la madre se enteraran del asunto y recibiera otro castigo de los que no se olvidan. Eran tiempos en los que el maestro y el  cura siempre tenían razón…; y ante las reclamaciones de inocencia de los niños de aquellos tiempos no olvidados siempre se obtenía la misma respuesta por parte de la autoridad paterna: “algo malo habrás hecho” ¡Qué tiempos aquellos de seguridades infinitas de la autoridad constituida! ¡Pero qué tiempos éstos de negación total  de la autoridad de turno! ¿Y no habrá medio humano de equilibrar balanzas y de repartir o compartir responsabilidades?

Pero el recuerdo más claro y nítido que conservo de mi  primera infancia es que yo quería volar, ser piloto, conducir una moto, un coche…; elevarme sobre las alturas, volar bien alto e ir a no sé dónde… Me fascinaba aquel mundo de fantasía,  de cielo azul, de paraísos lejanos…

¿Serían estas ensoñaciones infantiles una premonición de lo que Dios quería para mí y me empujaba de este modo a buscar en las sombras, como un anticipo o profecía de mi destino? Sólo Dios lo sabe…

atardecer1

2 Comentarios

  1. Josico

    Hola Félix:

    Gracias por tus alegres recuerdos de infancia que nos hac embullirnos en una historia desde nuestra imaginación. Gracias por tu entusiasmo y trabajo en tus 50 años en la CM y desde FEYDA eso es un buen ejemplo, sencillo y callado, para los que empezamos a conocer y recorrer lo que significa ser Misionero Paúl. Espero la próxima entrega de “tus memorias” siempre con una sonrisa. Unidos en la misión de Xto. 🙂

    Responder
  2. Marisa Villafranca

    Hola ! Acabo de leer tus recuerdos, estoy deseando que aparezca la próxima entrega, estoy segura que en algunos momentos vamos a coincidir en los mismos “recuerdos y sensaciones”.

    Responder

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

Comentarios recientes

Calendario

octubre 2018
L M X J V S D
« Sep    
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031  

Archivos