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Cómo celebrar esta Semana Santa

Cómo celebrar esta Semana Santa

—Aquí estamos, Vicente y Luisa, una vez más… Venimos en representación de los antiguos miembros de la Comunidad del Olivar, en Remar (Baracaldo) y de los grupos de JMV del Norte (Llodio, Begoña, Vitoria, San Sebastián…). Nos sentimos ya casi como unos abuelitos, a nuestros 45-50 años, recordando aquellos ímpetus y entusiasmos de nuestras 15-20 primaveras, inolvidables por cierto, pero demasiado lejanas. ¡Qué tiempos aquellos! ¡¡¡Y nunca volverán!!! ¿Volverán? ¿Cómo podremos recobrar lo mejor de nosotros mismos, a nuestra edad cansina…?

—Bueno, bueno, sobran derrotismos; faltan, quizá, ganas de verdad, pero, todo tiene remedio… A todo esto, ¿quiénes sois? —contestan al unísono Vicente y Luisa, ajustándose los auriculares de su Skype—… Nos suenan vuestras caras, y vuestras voces, como de viejos conocidos, pero no os identificamos….

—Tampoco es tan importante que nos reconozcáis, Vicente y Luisa, lo importante es que todavía nos acordamos de vosotros, de aquellos tiempos en que dialogábamos con vosotros, de tú a tú, en aquellas reuniones de grupo de nuestros centros, en aquellas Pascuas Juveniles de Murguía,  en aquellas marchas a Aránzazu… Bueno, a la mejor es  bueno que digamos nuestros nombres, aunque utilicemos seudónimos, para que sean más significativas nuestras palabras, ya que representamos a muchos, no solo de nuestros grupos, sino también de tantos grupos juveniles de la época, que vivían su fe de forma bien diferente a la de hoy… Digamos que nos llamamos Pepe y  Begoña…

—Bienvenidos, Pepe y Begoña, Nos alegramos de vuestra visita y nos ponemos a vuestra disposición para lo que  podamos ayudaros, se adelanta a decir Luisa.

—Estamos hechos unos nostálgicos —dice precipitadamente Begoña—. Vivimos bien, en nuestra sociedad acomodada; la mayoría hemos creado nuestra familia; nuestros hijos asisten al colegio, algunos ya están  en cursos avanzados de la universidad; no les falta de nada, aunque tengamos la incertidumbre del futuro, por los riesgos de la falta de trabajo,  por los embrollos de la política, la corrupción, la violencia galopante y un largo etc…

—Quiere decir Begoña —corta Pepe—, que, aunque tengamos casi todo lo necesario para vivir estupendamente, sentimos que nos falta algo; sentimos nostalgia de nuestros tiempos juveniles; tenemos la sensación de que hemos perdido fuerza vital, entusiasmo, hasta alegría de vivir… Tal vez podamos llamarlo valores permanentes…

—Valientes que sois, que lo reconocéis y tenéis el valor de venir a nosotros para que os echemos una mano —dice Vicente complacido…

—Eso, eso es precisamente lo que buscamos, y por eso nos hemos atrevido a venir a hablar con vosotros, después de tanto tiempo —dice eufórica Begoña.

—Pues venga, soltad la lengua sin ambages ni miedos, hablad a pecho descubierto —prosigue Vicente…

—Ya sabéis lo que pasa en nuestra España de hoy, Vicente  y Luisa, supongo que estáis bien informados —prosigue, con la voz entrecortada, Pepe—: es como si hubiera venido un huracán (un sunamis, se dice ahora) y se hubiera llevado todo por delante, quiero decir nuestros valores tradicionales ancestrales… España todavía tiene la etiqueta de país católico, pero, si la miramos bien, con lupa, la  realidad profunda es bien distinta… Muchos tenemos la impresión de que nos quedan algunas etiquetas del pasado, barnizadas de tradiciones populares, bien vistas, pero que han perdido sus profundas raíces cristianas…

—Buena muestra  de esto que dice Pepe —continúa Begoña—, es nuestra flamante Semana Santa: ¡¡¡Las Cofradías, las miles de organizaciones que colaboran en el esplendor de nuestra gran fiesta religiosa; las calles abarrotadas de personas de todas partes!!! ¡Fenomenal, para alegrase de gozo y esperanza! Pero, no puede inducir este aparato externo a una falsa percepción de la realidad profunda? ¿No responde todo este maravilloso espectáculo externo a planteamientos que nada tienen que ver con la fe y el seguimiento real y profundo de Jesús, tal como nos lo presenta el evangelio?

—Nada que objetar a esta gran manifestación religiosa popular, todo lo contrario —continúa Begoña—, pero con tal de que responda a una realidad profunda de fe, vivida en el día a día… Y la realidad que constatamos en nuestra España de hoy es bien distinta. Basta hacer un pequeño análisis de la realidad chirriante de nuestra España de hoy: el número anual de abortos supera los cien mil; los divorcios y separaciones matrimoniales alcanza el 50% de los matrimonios contraídos por la iglesia o civilmente, aparte de que, en estos momentos, ya son mayoría las parejas que prescinden de la iglesia para casarse…Por otra parte, la injusticia, la corrupción, a todos os niveles, el fraude, la mentira institucional… alcanzan cuotas nunca imaginadas… Y, en cuanto a la recepción de los sacramentos y la práctica religiosa general, ha experimentado unos descensos chocantes, que ponen en entredicho nuestra tradición católica del pasado… No digamos nada de la espantada general de  los jóvenes de nuestras iglesias… Aparte está la escasez alarmante de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, en un país que enviaba misioneros y misioneras al mundo mundial…

—Basta, basta —exclaman Vicente y Luisa, alarmados por el pesimismo sonoro de Pepe y Begoña—. La iglesia está compuesta por hombres, personas de carne y hueso, débiles hasta lo impredecible. Siempre hubo tiempos buenos y menos buenos, y tiempos calamitosos, como los que nos tocaron vivir a nosotros mismos, como bien sabéis. Yo creí —añade Vicente enternecido—, que la fe, la Iglesia católica,  iba a desaparecer de Europa. También sabéis que entre los mismos apóstoles hubo alguien que le traicionó. Como vosotros sois personas bien letradas, sabéis también que en la Iglesia misma, en sus instituciones más sagradas, ha habido ovejas extraviadas, hijos pródigos,  a lo largo de su milenaria historia… Y la pequeña barca de Pedro sigue bogando en altamar…

—Lo que importa sois vosotros mismos —añade Luisa impaciente—. ¿Cómo estáis vosotros, que tuvistéis el privilegio de vivir aquella experiencia gozosa de la Comunidad del Olivar, de JMV, en la época de su máximo esplendor? ¿Qué estáis dispuestos a hacer para salir de este letargo invernal profundo de la sociedad y de la Iglesia actual en España, que criticáis con tanto ardor y escepticismo…? Para hacer grandes cosas y llevar a cabo grandes transformaciones de la sociedad no hacen falta multitudes, la historia lo atestigua, sino un puñado de personas decididas, que saben lo que quieren y están dispuestas a intentarlo cueste lo que cueste…

—Eso es lo malo, queremos decir lo peor —dicen sonrojados Pepe y Begoña—, que nosotros mismos nos hemos hecho unos conformistas, criticamos duramente la situación actual, pero no estamos dispuestos a mover un dedo. Decimos palabras bonitas, como nuestros políticos, a los que criticamos con dureza, pero los hechos fehacientes contradicen, lisa y llanamente, nuestra vida del día a día…

—No quiero ahondar más en la herida —dice, con la voz entrecortada, Begoña— pero sí, creo que hemos perdido, en buena medida, los valores que nos transmitieron nuestros padres y educadores, y que vivimos con intensidad juvenil en aquella experiencia gozosa e inolvidable. Quizá eran prácticas adolescentes, que necesitaban madurar  a pie de tierra, pero era un buen comienzo que  deberíamos haber desarrollado progresivamente… ¿Por qué no decirlo con claridad?, creo honestamente que nos hemos convertido en pequeños burgueses, a la carta, con atisbos atávicos de bondad, de buenas costumbres, de eslóganes sociatas del compartir, del bienestar social, del buen reparto de los bienes que son de todos, etc. etc. Pero, ¿dónde está aquel compartir nuestro tiempo con los niños de la parroquia, con los niños pobres del barrio? ¿Dónde, la disponibilidad a dedicar un verano, un año entero, a la misión en Honduras, en Bolivia? ¿Dónde, nuestra participación en la parroquia, animando la liturgia de nuestras barriadas de la periferia…? ¿Dónde los veranos entusiastas dedicados a las acampadas de evangelización rural o de los cursos de inglés? La sociedad actual, crítica hasta el extremo, pero indolente, hedonista y conformista nos ha seducido, engullido, adormecido…

—Todavía  es tiempo de recobrar el pasado, de mejorar el presente —comenta Vicente,  conmovido por la actitud humilde de Pepe y Begoña—… Aquello ya es historia, pero hoy podemos hacer una historia nueva, movidos por aquel espíritu. Todavía tenéis lazos de amistad, medios de comunicación que podéis utilizar para estimularos  unos a otros… Todavía tenéis plataformas vivas de conexión con el servicio a los más pobres, miembros del antiguo Olivar y de las raíces mismas de JMV, que pueden canalizar vuestro sentido de solidaridad con el tercer mundo. Todavía tenéis parroquias de barrio  con las que podéis colaborar, a título personal o como familia comprometida, en las mil plataformas de servicio que os ofrecen las parroquias bien organizadas…

¡Y qué tiempo más bonito este de Semana Santa para empezar! —continúa Luisa—. Empezad por una pequeña revisión de vida como familia creyente que quiere renovar su fe, hacerla viva y operante, abierta, disponible, comprometida con los pobres, generosa con los marginados, luchadora por los derechos de los excluidos, de los refugiados….

—Pero, sed realistas, no soñadores de cartón ni de  cartel, todo esto que os propone Luisa y que yo comparto plenamente, no es posible sin un fuerte arraigo a la persona de Jesús de Nazaret.. Y a Él se llega no por filosofías de última hora ni por filantropías de moda, sino por la oración y por la contemplación del misterio de Jesús, que entrega su vida por todos, y nos hace a todos hermanos… Es ese mismo Jesus que miramos con ópticas turísticas por nuestras calles, pero que, contemplado a  luz del evangelio, puede transformar nuestras vidas hasta hacer de ellas un camino sin retorno al Dios de la misericordia, que nos entrega a su propio hijo como muestra irrefutable de amor sin medida…

—Cierto, lo que vale, en definitiva es el amor hecho servicio —prosigue Vicente—, “Al atardecer de la vida, dice nuestro amigo Juan de la Cruz, seréis juzgados en el amor”. Pero, el amor nace, crece y se plenifica en la fe que se sostiene sobre estos tres pilares: conocer al Dios de la Vida, leyendo su palabra, celebrarlo personal y comunitariamente y hacerlo vida en el servicio de cada día, sobre todo de los más pobres y marginados…

—Qué bien habéis hablado, Vicente y Luisa —dicen entusiasmados Pepe y Begoña—: nos habéis conmovido de verdad. Tendremos muy en cuenta lo que nos habéis transmitido y se lo comunicaremos a todos los miembros del antiguo Olivar  y de JMV del norte, también a tantos jóvenes de nuestra época que vivieron la misma  experiencia gozosa que nosotros… Seguro que volveremos para seguir alimentando nuestro mejor  yo, en búsqueda permanente de nuestra fe adormecida… Gracias, Vicente y Luisa

—Gracias, Pepe y Begoña, aquí nos encontrareis siempre que nos busquéis.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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