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Vive tu vida

Vive tu vida

La vida, un reto permanente 

“Vive tu vida” es el título de un libro que marcó las aspiraciones más profundas de una buena parte de mi juventud. Todavía recuerdo el nombre de su autor, M.M. Arami, monje premonstratense belga. Allá, en los años sesenta, hacía furor entre los jóvenes de la época, que andábamos en busca de los ideales evangélicos. Tuvo hasta 12 o más ediciones, que yo recuerde.

Vive tu vida es un título recurrente, que puede repetirse desde distintas plataformas o planteamientos. De hecho, existe otro reciente con el mismo título, obra de un famoso psicólogo español, Enrique Rojas, que es todo un bestseler, altamente recomendable.

El primero nos habla de los valores evangélicos, a partir de la referencia a Jesús de Nazaret, lo que Él nos transmitió y lo que Él hizo por nosotros.

“El segundo hace un recorrido por las distintas etapas de la vida. Nos enseña a manejar nuestros propios recursos, a superar las dificultades en los diferentes momentos e ir sacando lo mejor de nosotros mismos para aspirar a una felicidad razonable”

A lo mejor no están tan distantes los objetivos de uno y de otro autor. Si lo pensamos bien, la perfección, o mejor, la felicidad humana no esta tan lejos de la plenitud de la perfección evangélica. San Agustín, buen conocedor personal de lo que ofrece una y otra de las aspiraciones humanas, nos ofrece un buen testimonio: “Nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”. La experiencia de otros muchos egregios personajes de la historia pasada y reciente pueden avalar este testimonio: Solo Dios, o el sentido del infinito impreso en el epicentro del corazón, pueden llenar el vacío existencial del hombre.

Los vaivenes del tiempo

Yo quiero contar hoy mi propia experiencia de más de 50 años de trabajo y seguimiento personal de jóvenes. Los he conocido de todas las edades, ámbitos sociales y niveles culturales; creyentes, no creyentes, o practicantes circunstanciales. Se han cruzado en mi camino adolescentes, jóvenes de primera hornada y jóvenes maduros e inquietos; en épocas doradas de la pastoral juvenil y en momentos de desgana y cansancio generacional por los valores tradicionales.

Cada caso es una historia única intransferible, porque cada persona constituye un yo único irrepetible; no obstante, existen datos suficientes para establecer elementos de correlación y denominadores comunes. Me atreveré a señalar algunos.

Hace no muchos años, la familia constituía una unidad, una fuerza transformadora y moduladora de la sociedad ambiental. Los colegios y escuelas, los educadores, en general, eran pilares sobre los que se asentaban los valores socialmente reconocidos. La iglesia, la educación cristiana, ampliamente aceptada, reforzaban recíprocamente estos valores y tradiciones reconocidos.

Los medios de comunicación que hoy asaltan nuestra intimidad personal, familiar y social, tenían difícil entrada en los muros y fortines de esos castillos bien guardados. Los bienes materiales eran escasos, pero, para la gran mayoría social, para casi todos, para ser más precisos, sin esas diferencias estridentes y escandalosas que hoy nos trituran, de unos pocos que poseen casi todo, y la gran mayoría que apenas tiene para ir tirando.

La fuerza arrolladora del miedo a ir contracorriente

Asistimos a toda una revolución, quizá involución, cultural y social sin precedentes, una explosión de valores cambiantes, casi sin referentes con los que nos ha tocado vivir, tan sólo hace pocos años. Y, por extraño que parezca, el hombre, el ser humano, el yo concreto existencial, se encuentra más solo que nunca, sólo ante el peligro de las fuerzas invasoras de la modernidad, de la sociedad light, superficial y hedonista, que nos está invadiendo. Es lo que constituye el nuevo dogma incontrovertible de lo políticamente correcto. de lo que se lleva hoy en la sociedad civilizada.

Y “¡ay del que se atreva a denunciarlo”! Enseguida se le echarán encima los nuevos profetas de la verdad y de la modernidad; y le señalarán con epítetos bien sonoros, como “carca”, ”anticuado”, “rancio”, “fascista”, “meapilas”, “te han comido el coco” “vas para cura o monja…,” y otros por el estilo.

Es honesto reconocer que, antes, la familia y los demás agentes culturales mencionados ejercían una presión social fuerte sobre el ambiente y sobre las generaciones jóvenes: no era bien visto en una familia normal, al menos en el ámbito rural, mayoritario en aquellos años, que sus miembros no fueran a misa, no recibieran los sacramentos del bautismo, primera comunión y matrimonio; tampoco entonces había una formación sólida y contrastada con las experiencias vitales y con unos planteamientos intelectuales serios. De hecho, muchos de aquellos jóvenes, sacados de sus ambientes naturales, cambiaban de costumbres, se adocenaban.

Pero, la realidad actual sobrepasa, en muchos enteros, y en signo contrario, las corrientes de influencia sobre las actitudes y comportamientos de la sociedad, en general, y, sobre las generaciones jóvenes, en particular. Los jóvenes de hoy tienen francamente difícil remar contra corriente, marcar el paso en dirección contraria de la que le señalan sus compañeros de colegio, sus amigos o miembros de su pandilla. Son muy pocos los que tienen la entereza y la seguridad suficiente en sí mismos para marcar las pautas de sus actitudes y decisiones personales, alumbradas en una reflexión seria, a nivel intelectual, moral y evangélico. Se los comería la fuerza irresistible de la mediocridad ambiental, de la ideologización, del consumismo, del erotismo, de la presión social, de la publicidad avasalladora.

El paroxismo del pasotismo

Quizá el peor de los síntomas de decadencia de los jóvenes de hoy es su acomodación, aquiescencia, indolencia o aceptación pasiva de la sociedad actual, ante la que se sitúan sin capacidad de reacción. Concretamente, ante el fenómeno religioso y los valores emblemáticos de sus progenitores y ancestros, pasan olímpicamente. Por eso, quizá, la imagen que mejor define a los jóvenes representativos de la sociedad actual es la del pasota, la del que no le interesa lo que vivieron sus antepasados, ni lo que le  proponen los que no piensan como ellos. No adoptan, cierto, actitudes agresivas ante la fe, ni ante la iglesia, ni ante Dios, ni ante los que creen; ese es su problema, que ni les atañe ni les preocupa. Los jóvenes de hoy, salvo excepciones, no manifiestan virulencia, como pudiera suceder en minorías del pasado, ante el hecho religioso ni ante los valores tradicionales. Y esto, lejos de ser un signo positivo, es el mayor de los signos negativos, tratándose de la juventud, pletórica de vitalidad biológica y de fuerzas motrices regeneradoras.

Signos de esperanza, la nueva aurora boreal de la sociedad y de la Iglesia

Todavía hay, sin embargo, signos nuevos que alientan e invitan a la esperanza de una nueva sociedad y de una nueva Iglesia. Señalaré algunos, fácilmente constatables. Un buen número de jóvenes de hoy están más implicados en los problemas sociales y de justicia que en el pasado; más metidos en política; concienciados de los graves retos que generan el mal reparto de los bienes comunes; los riesgos amenazadores de la carrera armamentística, el terrorismo, el racismo, los nacionalismos de cualquier signo. Cada día florecen con nuevo esplendor los movimientos juveniles de voluntariado, solidarios, aunque sea con compromisos de baja calidad, que no exijan larga duración ni esfuerzos o cargas personales demasiado pesadas.

También surgen brotes vocacionales de nuevo rostro y savia; asociaciones, incluso congregaciones religiosas de horizontes abiertos a otras realidades por descubrir. Ellos no tienen miedo a que los tilden de rancios o anticuados. Se sienten convocados a compartir una buena noticia, siempre nueva, de antes, del presente y del futuro de la sociedad y de la Iglesia. Beben de las fuentes permanentes de la razón, incansable buscadora de la verdad, de la justicia y de la paz, entre los hombres de buena voluntad. No tienen miedo a los nuevos desafíos de la historia, porque saben que no están solos: que su débil y quebradiza inteligencia y voluntad se asienta en la presencia viva del que nos dijo y significó con sus palabras y obras que El está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Ese es el misterio de la iglesia, la fuerza irresistible de los que VIVEN SU VIDA, la Vida del Resucitado, roca inexpugnable de la Esperanza de los creyentes, de la iglesia caminante.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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