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Pentecostés, el soplo oculto del Espíritu que mantiene viva a la Iglesia, a lo largo de los siglos

Pentecostés, el soplo oculto del Espíritu que mantiene viva a la Iglesia, a lo largo de los siglos

Paz a vosotros. Recibid el Espíritu Santo… 

Han pasado tan sólo cincuenta días desde que Jesús murió y fue sepultado. Todas las expectativas e ilusiones del nuevo reino mesiánico, que ellos habían puesto en el Maestro, han caído por tierra. El miedo se ha apoderado de ellos: huyen, se ocultan, no saben qué hacer ni a dónde ir. Cierto que, como a escondidas, en privado o en pequeños grupos, se les ha aparecido el Señor resucitado. No han sido ingenuos ni crédulos: han comido con El, han palpado la señal de los clavos y de la lanza; han oído su voz cálida y esperanzadora… Pero, nada de esto era suficiente: seguían amedrentados, huidizos. El mismo Jesús les había advertido que debían tener calma, que se mantuvieran unidos, hasta que recibieran la fuerza del Espíritu que Él mismo les enviaría.

Y llegó el momento esperado, al atardecer de una noche estrellada: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas, entró Jesús y les dijo: “Paz a vosotros”… Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”…

Id y haced discípulos a todos los pueblos…

Y todo cambió en aquel momento: sus mentes y su corazón fueron transformados; la luz brilló y sus ánimos fueron galvanizados. Los recuerdos oscuros de las enseñanzas del Maestro empezaron a reverdecer en sus mentes obstruidas. ¡Con qué claridad entendieron entonces las palabras de despedida del Maestro, a la hora de partir hacia el Padre en su ascensión!: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt.28, 18-21).

En ese mismo instante en que Jesus sopló sobre sus discípulos y éstos recibieron el Espíritu Santo, nació la Iglesia con vocación universal; aún más, nació una nueva perspectiva a la humanidad entera; comenzó una nueva etapa de la historia humana. Aquellos doce humilde pescadores, elegidos al azar de entre las personas de a pie del pueblo, quedaron constituidos como Mensajeros de la Paz nueva, para todos los hombres de buena voluntad. Y los que antes huían por miedo, comienzan a dar la cara: se enfrentan, sin armas, a la autoridades corruptas de la sociedad vieja y les recriminan que han dado muerte cruel al que es la Vida, al que el pueblo sencillo esperaba como Mesías Salvador. Pero, ese Mesías, al que ellos han crucificado, ha resucitado; ellos son testigos de que ha vuelto a la vida, y que sólo Él es la esperanza nueva del pueblo y de la humanidad entera…

Y todo cambió. Perdieron los miedos…

A partir de aquel momento, aquellos pescadores, intrépidos, provocadores, rebeldes del orden establecido, serán marginados, perseguidos, torturados, sacrificados como el Maestro, pero la Buena Nueva seguirá calando, penetrará las entrañas mismas del Imperio inconquistable romano y hará tambalear la raíz misma del dominio y de la esclavitud.

Detrás de ellos vendrán seguidores que desafiarán todas las leyes del miedo y del odio, que darán testimonio de su fe en Jesús muerto y resucitado, dando su vida por proclamar su fe; se enfrentaran a las fieras, cantando y perdonando a los mismos que les condenaban, como el Maestro. Pero la nueva Buena Noticia iba creciendo, hasta poder proclamar públicamente, alguno de ellos lo hizo, que llenaba todas las capas de sociedad conocida.

A lo largo de la historia, desde la muerte ignominiosa del Crucificado, sus discípulos, lanzados a altamar, azotados por los mil vientos y tempestades, han

sobrevivido; perseguidos por oscuros poderes públicos o por mil campañas abiertas u ocultas han seguido su misión de denuncia y de anuncio de la Buena Noticia. No hay imperio ni fuerza avasalladora, por muchos y potentes medios destructores con que haya contado, que haya sobrevivido al peso del tiempo y de la historia, pero la pequeña barca de Pedro sigue bogando en altamar. En mil ocasiones parecía que iba a ser engullida por las olas, triturada por la fuerza imperante, pero, a pesar de todos los pesares, ha mantenido siempre su cabeza erguida. Y sigue zigzagueando por los vericuetos de la historia.

También sobrevivieron a los conflictos de casa…

Pero, aún hay más, la Iglesia también ha tenido que hacer frente a las zancadillas y tergiversaciones, a las intrigas, corrupciones y malas intenciones de los de casa; no han sido éstas, por cierto, las más pequeñas: siempre ha sido así, los díscolos de casa son los que más hacen sufrir. Todos lo sabemos por experiencia.

Ha sido siempre necesaria la presencia oculta del Espíritu, su soplo vivificador, para mantener vivo el último hálito de vida. Es, precisamente, en los tiempos borrascosos, cuando ha brillado con nuevo resplandor la luz de lo alto, la fuerza arrebatadora del Espíritu.

Santos con nueva savia, concilios, Papas, doctrinas renovadoras, congregaciones nacidas bajo la égida de las nuevas filosofías, han renovado permanentemente la Iglesia y le han hecho sentir, en lo más íntimo de su ser, que no está sola; que Jesús, que prometió a los suyos que estaría con ellos hasta el final de los tiempos, está ahí, caminando en la noche oscura por encima de las olas. Creo que podemos proclamar con orgullo y confianza el nuevo Credo de la Pascua, la Esperanza limpia del nuevo Pentecostés permanente.

Creo en el nuevo Pentecostés que no cesa…

Creo que en tu resurrección
yo he sido despertado
a una vida sin playas ni fronteras.

Creo que en tu resurrección
fueron bendecidos el trabajo
y el progreso, el amor y la amistad
.

Creo que en tu resurrección
las cosas de esta tierra han recobrado
su limpia luz recién nacida.

Creo que en tu resurrección
la historia de los hombres y mujeres
ha hallado un centro y un sentido.

Creo en el nuevo Pentecostés permanente
que mantiene viva a la iglesia
a lo largo de los siglos,
al soplo vivificador del Espíritu.

1 comentario

  1. pablo

    No sobra ni falta ni una palabra de la entrada…
    Que el nuevo Pentecostés permanente siga haciendo de la Iglesia una asamblea recién-naciendo y que fecunde todas las facultades del hombre, para que nos mantengamos vivos, originales y jóvenes “todos los días, hasta el fin de los tiempos”.
    Hoy, junto a tus versos, toca leer a don Juan Ramón:

    ”El nombre conseguido de los nombres”

    Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,
    dios, tú tenías seguro que venir a él,
    y tú has venido a él, a mí seguro,
    porque mi mundo todo era mi esperanza.

    […]

    Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,
    como la llama se detiene en ascua roja
    con resplandor de aire inflamado azul,
    en el ascua de mi perpetuo estar y ser;
    ahora yo soy ya mi mar paralizado,
    el mar que yo decía, mas no duro,
    paralizado en ondas de conciencia en luz
    y vivas hacia arriba todas, hacia arriba.

    Todos los nombres que yo puse
    al universo que por ti me recreaba yo,
    se me están convirtiendo en uno
    y en un dios.

    El dios que es siempre al fin,
    el dios creado y recreado y recreado
    por gracia y sin esfuerzo.
    El Dios. El nombre conseguido de los nombres.

    Gracias otra semana más, hermano Félix, por enseñarnos tanto. Que no falten estas publicaciones de quien ha sido despertado ”a una vida sin playas ni fronteras.”.
    Unidos en ☧

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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