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Las piedras del camino

Las piedras del camino

A la luz del evangelio

“Salió el sembrador a sembrar y una parte de la semilla cayó en terreno pedregoso… Estos son aquellos que, al oir la palabra, la reciben con alegría, pero no tienen raíces en sí mismos, sino que son inconstantes, y cuando viene la adversidad y la persecución por la palabra, al instante se escandalizan” (Mc. 4, 1-20).

Estas palabras de Marcos siguen teniendo perfecta actualidad en nuestro tiempo, y a lo largo de la historia de los humanos, precisamente por ser humanos, inseguros, inconstantes por naturaleza. Pero, también son de permanente actualidad las palabras del Maestro, que nos invita a ser buena tierra, que produce treinta, setenta y hasta cien por cien. A pesar de nuestra debilidad y limitaciones, Él todavía confía en nosotros, en nuestra buena disposición, en nuestra capacidad de superación. Pues a estas personas de buena voluntad, que confían que, con la ayuda de Dios, pueden elevarse sobre sí mismas, a ellas va dirigida esta sencilla reflexión.

Hacia una santidad de nuevo rostro

El arco siempre tenso pierde fuerza, la piedra lanzada al horizonte pierda altura por la fuerza del viento: no creo en las grandes penitencias ni en los despertares plagados de euforias que se comen el mundo; no son mi modelo de identidad esos santos que hicieron cosas extraordinarias, admirables, pero no imitables. Algunos son santos a pesar de sus rarezas (tal vez, cuentos de unos hagiógrafos de otros tiempos), que rozan la extravagancia. No son esos los modelos que aparecen en el evangelio: la actitud de Jesús con sus discípulos es de una perfecta armonía y comprensión; hasta les tolera pequeñas transgresiones de la ley, apelando al sentido común y a la primacía de la consideración por los pobres, pecadores y desahuciados de la sociedad.

También el Papa Francisco, en su exhortación exhortación, “Gaudete et Exultate” nos habla de una santidad de nuevo rostro, la del día a día, de los gestos sencillos, de la palabra amable, de tener la puerta siempre abierta al que nos llama, de la sonrisa espontánea. Y esta santidad, no está reservada a superhéroes de novela, sino a los hombres y mujeres normales de hoy y de mañana.

¿Cuál o cuáles son los caminos que nos llevan a esta santidad? No son tan difíciles de encontrar, con un mínimo de buena voluntad. Señalare algunos de los más corrientes:

No puedo ir a favor del viento, de lo que hacen los demás, por inercia.

Antes de hacer algo tengo que preguntarme por qué lo hago; qué consecuencias puede tener a acorto, medio y largo plazo; con qué medios cuento… No puedo actuar a tontas y a locas, porque es lo que se lleva hoy, lo que hacen todos los mortales de mi alrededor, porque es lo políticamente correcto; porque es lo que mola entre los jóvenes de mi generación.

Hemos pasado de una sociedad de cristiandad, en la que todo se hacía por tradición, a una sociedad en la que la gran mayoría actúa por presión social, por la fuerza ciega de los medios de comunicación, por la pasión visceral de la ideología de partido o de clase social.

Así vivimos en una sociedad de contradicciones permanentes. Por una parte tenemos medios, como nunca, para intentar acercarnos a la verdad y al bien social y, por otra, vivimos a nuestras anchas, llevados por la fuerza del viento que corre. ¿Alguien se pregunta alguna vez que, precisamente por eso, por la vorágine de la información interesada, por la masificación de la cultura y de la producción, podemos estar a las puertas de una sociedad de zombis, de signos distintos?

Yo no soy el centro del universo, no todo gravita a mi alrededor. Solo soy un pequeño enlace en torno a la creación.

Y esto tiene muchas lecturas. La creación es armonía, interrelación; se me ha dado en depósito, para que la cuide y perfeccione, para que la deje en buenas condiciones a las generaciones que vienen detrás de mí. Conviene leer despacio la encíclica “Laudato si” del Papa Francisco.

Tampoco soy dueño absoluto de los bienes que poseo. Son bienes comunes que Dios me da como en depósito, para que los disfrute yo, sí, en primer lugar, para vivir dignamente, según los dones que Dios me ha dado, pero también para que contribuya al bien social y todos los humanos podamos vivir según la dignidad de hijos de Dios.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia los santos padres lo tienen claro: “Si tienes bienes que te sobran, dicen, y no loa compartes con aquellos que carecen de lo necesario para vivir dignamente, les estás robando”.

Según esta sentencia tan tajante haríamos bien en tomarnos en serio, al final de cada año, la posibilidad de entregar una parte proporcional de nuestros bienes a instituciones de garantía que tengan por fin aliviar el sufrimiento de personas que materialmente mueren de hambre. También tendríamos que controlar los gastos superfluos o gastos excesivos.

En ningún caso puedo estar apegado a las riquezas y bienes efímeros, poniendo mi mente y mi corazón en ellos. En esa línea hay que interpretar, a mi modo de ver, las duras palabras del Maestro: “Que difícil es que un rico entre en el Reino de los cielos”

Por otra parte el reparto de los bienes tiene que ser inteligente, encaminado a promocionar a la gente con su propio trabajo y posibilidades. En ningún caso puede crear dependencias abusivas ni vagancias.

La acedia, en sus mil manifestaciones de cansancio, rutina, aburrimiento, dejadez, es quizá el gran obstáculo del camino hacia la santidad

El fruto natural de esta semilla tan dañina es la tibieza, el dejarse llevar del viento, del estado de ánimo del momento; de hacer lo fácil, lo que me apetece en cada momento. No es fácil para la humana naturaleza liberarse de esta tendencia tan natural. Necesitamos fuertes dosis de concentración interior; de mirar al Cristo sufriente que llevo de dentro; de conocer a fondo al Jesús del evangelio, con una lectura diaria reposada del evangelio de cada día.

Necesito también entrar en lo más íntimo de mi yo y reconocer con humildad que no he sido fiel a ese Dios del amor que habita en mí,¿ por qué no? Necesito también, pasar de vez en cuando por esa maravilla del sacramento de la reconciliación y pedirle perdón a Él y a la Iglesia; sobre todo, necesito que ese reconocimiento humilde pase por el compromiso serio de intentar mejorar esa mutua relación de amor y fidelidad.

Dos sutiles enemigos de la santidad

Para los que no están avezados al lenguaje filosófico-teológico resultará difícil comprender esta fuerte advertencia del Papa Francisco en su exhortación Gaudete et exultate (nums, 35-62).

El mismo Papa trata de presentarlos de manera comprensible a todo el mundo. Estos dos enemigos o errores teológicos se llaman el gnosticismo y el pelagianismo. Son dos herejías condenadas ya en los primeros tiempos del cristianismo, pero que tienen perfecta actualidad, dice el Papa. Y cito textualmente:

“Aún hoy los corazones de muchos cristianos, quizás sin darse cuenta, se dejan seducir por estas propuestas engañosas. En ellas se expresa un inmanentismo antropocéntrico disfrazado de verdad católica. Veamos estas dos formas de seguridad doctrinal o disciplinaria que dan lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En las dos cosas ni Jesús ni los demás interesan verdaderamente”.

El gnosticismo actual

Supone una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos”

“Al descarnar el misterio, finalmente prefieren un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo” (nums. 36-37)

El pelagianismo actual

“El gnosticismo dio lugar a otra vieja herejía, que también está presente hoy. Con el paso del tiempo, muchos comenzaron a reconocer que no es el conocimiento lo que nos hace mejores o santos, sino la vida que llevamos. El problema es que esto se degeneró sutilmente de manera que el mismo error de los gnósticos simplemente se transformó, pero no fue superado” (num. 47)”

“Porque el poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, algunos comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos y semipelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad. Se olvidaba que todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios (Rom 9, 16) y que Él nos amó primero” (1Jn 4,19)” (Num 48)

“En cualquier caso, como enseñaba San Agustín, Dios te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas; o bien a decirle al Señor humildemente: *Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras*” (num 49).

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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