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La alegría que llena de sentido mi vida

La alegría que llena de sentido mi vida

Con humildad y gratitud

Por si queda alguna duda después del tema anterior me atreveré a hablar de mi propia experiencia personal, a la largo de mi vida.

Para los seguidores de Cristo la alegría es connatural. Es una contradicción flagrante saber que estamos llamados a la VIDA con Cristo y vivir sin esperanza, sin ilusión…, con atisbos permanentes de incertidumbres y tristezas.

Más allá de las dificultades de todo tipo que encontramos en nuestro caminar diario, la alegría profunda que nace del corazón y de la esperanza creyente debe llenar de sentido toda nuestra vida.

Con todas mis debilidades y deficiencias personales, de las que soy consciente y de las que no soy consciente, me atrevo a ofreceros para vuestra reflexión mi propia meditación interior: La alegría que llena de sentido mi vida.

Ojala que mi reflexión os llene de ilusión, de esperanza y de alegría permanente de saberse salvados por Cristo resucitado.

Aclarando conceptos y sentimientos

Digamos, para empezar, sin ambages, que este tema tan vital y tan universal de la alegría es plurivalente, susceptible de mil apreciaciones y experiencias vitales diferentes, como ya queda explicado suficientemente en el tema anterior. Para mayor claridad, señalaré, no obstante, algunas de las percepciones más frecuentes.

Varía mucho la percepción y la clave de interpretación de la alegría según el momento en el que nos situemos: antes, en el momento actual o en clave de futuro.

En general es un deseo profundamente incrustado en el corazón humano.

Para los que tenemos sensibilidad religiosa cristiana, Dios no puede permitir la frustración permanente y universal del ser humano, de vivir inmersos en el deseo vehemente de ser felices, sin la esperanza cierta de que este deseo será algún día realidad palpitante.

También hay consenso amplio en percibir la alegría como un deseo vehemente de vivir la vida placenteramente, desde ya: mal andan los que no tienen este deseo…

Distintas actitudes y caminos para alcanzar este ideal: colmar las necesidades primarias de comer, beber etc;

Vivir a tope la juventud; el poder, la fama, sacar el máximo provecho con el menor esfuerzo etc.; descubrir las semillas de alegría y felicidad que Dios ha puesto en las cosas…

Para los que van más allá de lo sensorial e inmediato, la alegría y felicidad no está en las cosas: es huidiza como nuestra propia sombra, como el horizonte que se alarga a medida que avanzamos.

Ampliando el horizonte interior

Todo el mundo habla de la alegría. Decimos maravillas de la alegría. Se nos llena la boca de nuestras alegrías de ayer y de antaño; ocasionalmente, de las de hoy… Fruncimos, en cambio, el entrecejo a la hora de afrontar las dificultades del día a día, de aguantar a

fulanito/a o menganito/a… Y somos, normalmente, muy escépticos a la hora de garantizar nuestra calidad de vida, de mañana o del mes que viene, de tal modo que nos declaramos impotentes para superar los vaivenes anímicos que nos permitan vivir en un estado permanente de euforia, alegría y felicidad, meta a la que todos los humanos instintivamente tendemos desde la cuna hasta el crepúsculo de nuestra existencia.

¿Será la alegría ese bien huidizo que se nos escapa entre los dedos, o como el fuego de Prometeo que no acabamos de arrebatar a los dioses epicúreos?

Crueles tienen que ser los dioses que incrustan en lo más profundo de nuestro ser el deseo vehemente de vivir la alegría de la vida, y nos la arrebatan cuando parece que está al alcance de nuestras manos. Cruel tiene que ser nuestro Dios que nos ha creado para ser felices aquí, en la limitación de nuestra humanidad, y no poder alcanzarla hasta después, traspasado el horizonte de nuestra vida terrestre, en la plenitud del encuentro con Él.

¿Hasta cuándo hay que esperar el cumplimiento de las divinas promesas de colmar nuestra ansia de felicidad y alegría? ¿Habrá que esperar el momento de cruzar nuestra última frontera para encontrarnos definitivamente con Él?

No es de extrañar que muchos se sientan escépticos de alcanzar algún día esa plenitud de dicha y quieran saborear, desde el momento inmediato que tienen entre sus manos, el anticipo de la felicidad soñada… Y empiezan los tanteos y devaneos: ¿Cómo ser feliz ya? ¿Cómo vivir la vida en plenitud ya? ¿Cómo llenar mi vida de sentido ya? ¿Cómo mantener permanentemente la sonrisa en mi rostro y expresar así la alegría profunda de vivir la vida en plenitud?

Y, ¡ay de aquellos que no se hacen nunca estas preguntas, consciente o inconscientemente!, porque terminan siendo víctimas inocentes de su propia improvisación…

Pero no todas las respuestas a estas preguntas son válidas ni satisfactorias. Veamos algunas.

La vida es breve, saboreemos el néctar de la satisfacción inmediata de nuestras demandas sensoriales. Comamos y bebamos, que mañana moriremos. No recortes en nada tus apetencias sexuales.

La juventud es algo huidizo, como el agua del torrente que se precipita en el acantilado de la vejez… Mientras eres joven vive la gran movida de tu juventud, mañana será tarde…

¿Qué cosa más apetecible que la fama, la influencia, el poder, el dinero, sacar el máximo provecho con el mínimo esfuerzo y desgaste personal? ¿Qué importa sacrificar unas cuantas vidas humanas para conseguir tan noble fin?

¿Y qué decir de las fiestas de sociedad, de la moda, del lujo, de la publicidad, de la dependencia del último atisbo de modernidad?

Podríamos seguir. Cualquiera puede completar una lista mucho más amplia de las cosas en las que los humanos de nuestra sociedad posmoderna esperan saborear las gotas de felicidad que esperan encontrar en la vida. Y la felicidad interior se expresa por la alegría permanente de vivir.

Y, ¿si la alegría, expresión clara de la felicidad, fuera algo más que todo esto?

Personas mal intencionadas caerán en la trampa, al leer esto, de que voy a aterrizar en el clásico discurso moralizante de desechar todo lo humano y terrestre para afincarme en el etéreo celestial. Nada más lejos de mi intención. Precisamente quiero acercarme a ese misterio insondable, que sólo alcanzan a descifrar personas privilegiadas: descubrir las semillas de felicidad y alegría que Dios ha puesto en las cosas de la vida, como anticipo de esa felicidad plenificante que nos tiene reservada para el encuentro gozoso con Él.

La experiencia profunda nos enseña que no es precisamente el disfrute de las cosas conquistadas lo que colma nuestra sed de alegría y felicidad. Conseguidas éstas, quedamos tan hambrientos y sedientos como antes: la alegría y felicidad añoradas son como nuestra propia sombra que no acabamos de atrapar, como el horizonte que siempre está más allá…

¡Cuánto vacío existencial a nuestro alrededor! ¡Cuántas personas que lo han disfrutado todo o casi todo, escépticos de encontrar nuevos alicientes a la vida, se quitan de en medio para siempre!

Pero la alegría no está en las cosas, ni tras las montañas del último horizonte perceptible, ni en la isla perdida en el océano donde llegó el último pirata de nuestro tiempo con un precioso cofre de alegría y lo escondió en el último recoveco rocoso, temeroso de que alguien se lo pudiera arrebatar.

Viene bien recordar aquel cuento precioso que nos cuenta Leon Tolstoy, el del rey que tenía todo para ser feliz: posesiones, riquezas, servidores…. Nada le faltaba de lo que pudiera desear en esta vida. Sin embargo, la tristeza y la desesperación amargaban su vida y nadie podía hacerle sonreír. Un buen día uno de los sabios de su reino diagnosticó que al rey le faltaba una cosa para ser feliz: la camisa de un hombre que fuera realmente feliz. La búsqueda persistente de ese hombre da por fin con un hombre que se declara plenamente feliz. La orden real no se hace esperar: el mismo rey le pide a ese hombre su camisa. Pero el hombre sonríe ampliamente, descubre su pecho desnudo y despide agradecido a los emisarios reales: el hombre que se sentía plenamente feliz no tenía camisa que pudiera devolver al rey la sonrisa de vivir.

Bien viene recordar también la escena de la película, sencilla, pero impactante, de Francisco de Asís, despojándose de sus vestiduras y devolviéndolas a su padre que le recriminaba su ingratitud de hijo. Así, desnudo, despojado de todo, quiso significar Francisco, su total dependencia de Dios y la total disponibilidad de su voluntad, desposado con la pobreza, distintivo de su vida, para entregarse por entero al servicio del Dios de la misericordia y de los pobres.

Quien tenga oídos para oír que oiga.

 

 

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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