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Un testimonio de vida que te quitará tus miedos

Un testimonio de vida que te quitará tus miedos

Sucedió hace bastantes años, en un humilde pueblo del norte de España. En aquellos tiempos no había tantas cosas para los niños ni para los jóvenes, como ahora; pero dentro de lo que era normal entonces, no era de los pueblos más pobres. Sin embargo, también en aquel pueblo, medio próspero, relativamente, los niños jugaban al balón en la era, con balones de trapo; en el mejor de los casos con balones de goma.

Y en la escuela se estudiaba con un solo libro, que llamaban enciclopedia. Eso de tener tantos libros que pesan un montón, y que nos pesa todavía más tener que estudiarlos, es bastante más reciente. Eso sí, vistas bien las cosas, es bastante mejor esto que lo otro.

Las comidas no eran tan variadas como ahora, además había que tener en cuenta que cada familia normal tenía muchas bocas que llenar: así que, si se caía un trozo de pan al suelo, había que recogerlo, besarlo y guardarlo o comerlo en el instante. Eso de tirar el pan o desperdiciar la comida son modas de la sociedad nueva que llamamos de consumo.

A pesar de tantas carencias los niños de aquel pueblo eran felices, alegres, juguetones, soñadores, como suelen ser los niños normales de cualquier época, educados en las buenas costumbres de familias sencillas y honradas.

El niño-preadolescente de nuestra historia verdadera era, como los demás, quizá todavía algo más soñador: le gustaba jugar a coches veloces; le fascinaba contemplar los aviones… Pero, también le encantaba mirar a las niñas. Ya se había fijado en una de ellas que le hacía tilín; y, en las fiestas patronales del pueblo, siempre quería bailar con ella. Seguro que a ti también te ha sucedido algo parecido muchas veces, aunque seas bien joven.

En aquellos tiempos prehistóricos solían ir por las escuelas de pueblo unos curas de colegio de ciudad que contaban a los niños lo bien que se pasaba en sus coles y, claro, al final siempre terminaban con la pregunta: «¿Quienes quieren venirse con nosotros el año próximo a estudiar en nuestro cole? Nuestro cole es estupendo, se pasa muy bien, y, además se paga muy poco; y, si vuestros padres no pueden pagar, nosotros les ayudamos», nos decían. Y muchos, buenos y entusiastas que son los niños por su propio natural, se levantaban entusiasmados, frotándose las manos. Pero, nuestro amigo nunca se levantó, porque le gustaban mucho las chicas del pueblo.

De repente, todo cambió: un buen día, aquel niño-preadolescente se encontró con un misionero de verdad, que le habló con entusiasmo de lo bonito que es ser misionero, dejarlo todo para ir a países donde los niños, y los mayores también, carecen de casi todo. «Yo no sé qué pasó aquella tarde mágica —me cuenta mi amigo— que volví a casa y le dije a mi madre que quería ser como aquel misionero…»

Hoy, después de muchos años, me he encontrado cara a cara, con aquel amigo de infancia; hemos recordado lo «¡felices que éramos entonces!», a pesar de tantas carencias.

Pero he quedado impactado por lo que me ha contado mi amigo Iñaki (ese es el nombre de mi amigo de infancia). A sus 80 años bien cumplidos, se siente joven porque no ha perdido ni un ápice de su ilusión y ganas de vivir, sembrando la alegría y entusiasmo que Dios le ha dado. Se siente millonario, porque rico, incluso millonario, dice él, no es el que más tiene, sino el que más da. Se siente el hombre más libre del mundo, porque libre no es el que puede hacer lo que le viene en gana a uno, sino aquel que no dispone de tiempo suficiente para compartirlo con los que lo necesitan. Se siente pletórico de vida, acompañado de mil hijos y nietos a los que entregó su vida entera, en acciones educativas y de servicio de todo tipo: donde le necesitaban, allí estaba él, siempre con una sonrisa y el brazo tendido.

Pero, lo mejor de todo es que, a pesar de todas las cosas buenas, a las que ha renunciado en su vida, hoy volvería a tomar la misma decisión que tomó aquella tarde tan especial, casi mágica, en diálogo abierto con aquel misionero, que cambió el rumbo de su vida. Nada hay tan fascinante, me dice mi amigo Iñaki, como entregar la vida, toda entera, al servicio de los demás, sobre todo de los que carecen de casi todo, incluso de dignidad humana.

Joven, chico o chica, tal vez tú también oigas un día, en lo más profundo de tu ser, una voz extraña que te insinúa: «Deja todo y ven conmigo. No tengas miedo a decir SÍ, porque Él siempre irá contigo y dará un nuevo sentido a tu vida. Atrévete. No tengas miedo. No dejes pasar este verano tontamente».

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