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Testimonio de gratitud a un abuelo especial

Testimonio de gratitud a un abuelo especial

Hubo tiempos bien distintos a los nuestros.

Hubo tiempos en los que la luz eléctrica no alumbraba nuestras casas, ni siquiera el cuarto de estar o la cocina, donde se reunía la familia: tan solo una vela o un candil de aceite hacía brillar nuestros ojos. Hubo tiempos en los el agua corriente no había entrado en nuestras casas: existía el oficio de aguador que traía el agua de la fuente o directamente del canal del pueblo, en barriles de madera, transportados en carromatos, tirados por una mula o un borrico.

Hubo tiempos en los que la familia, reunida en torno a una mesa, cuchara en mano, comía del mismo caldero, una pasta espesa de harina de maíz, enriquecida con trocitos de pan tostado, que ahora llamamos picatostes. Esa comida familiar la llamábamos farinetas. Y en algunos casos era la comida fuerte del día. Hubo tiempos en los que los más afortunados vivían del estraperlo; y la gente honrada de pueblo tenía que esconder el trigo en el corral para que no lo requisaran los de abastos. Hubo tiempos en los que la mitad de la población española vivía de la agricultura. Hubo tiempos en los que la longevidad media de los españoles se situaba entre los 50 y 60 de media.

Hubo tiempos en los que los niños no querían o no podían asistir a la escuela. Hubo tiempos en los el único libro escolar era la enciclopedia, libro elemental de todos los saberes de la época. Hubo tiempos en los que solo los riquillos del pueblo o los que decidían hacer una experiencia de seminario menor o de colegios de religiosos en régimen de internedo, casi gratuitos, podían aspirar a hacer una carrera superior.

Para que seguir: eran los tiempos imposibles de la posguerra civil española y de la posguerra mundial, del aislamiento internacional y de la falta de industrialización de nuestro país. Tan solo 70-80 años nos separan de aquella otra realidad.

Es hora de reconocer la entereza y tesón de nuestros mayores.

En aquellos tiempos gloriosos, que esperamos que no vuelvan, nuestros mayores se consideraban dichosos si tenían un terruño de su propiedad, si era de regadío mejor, o un pequeño negocio familiar que les permitiesen asegurar la subsistencia, medianamente digna, para la familia, necesariamente numerosa. Otros trabajos pingües eran privilegio de unos pocos y, con frecuencia, de dudosa honradez.

Los de la agricultura, estaban constantemente pendientes de los fenómenos atmosféricos, Si la cosecha era mala, tenían que hipotecar la del año siguiente, a intereses abusivos, y sin otras alternativas…

Los que tenían algún trabajillo en la ciudad, se sentían dichosos si el sueldo cubría las necesidades elementales. A veces disponían de algún dinerillo, pero no podían adquirir lo necesario para vivir, por la escasez de alimentos en la ciudad; y tenían que recurrir a vacaciones en casa de familiares de pueblo, porque ellos no tenían dinero, pero tenían que comer de los productos del campo y de los animales domésticos. Unos y otros, vivían en una precariedad y condiciones de vida, en general, hoy inimaginable. Dichosos podían sentirse los que eran realmente autónomos, económicamente, merced a alguna pequeña empresa o negocio familiar. Aún en estos casos, sin embargo, el trabajo era duro y tenía que implicarse en él toda la familia..

Las jóvenes generaciones de hoy calificarían aquellos tiempos de surrealista, no lo pueden imaginar; por eso se quejan con tanta facilidad de situaciones actuales no comparables con las de aquellos tiempos.

 

Los condiciones de vida que hoy desfrutamos y los bienes que tenemos son el resultado del trabajo esperanzado de nuestros admirables y abnegados abuelos. A ellos nuestro testimonio agradecido y nuestro cariño permanente. Que su ejemplo sea un estímulo permanente para las jóvenes generaciones.

Testimonio agradecido de una nieta a su abuelo, a la hora de la partida.

Quedé sorprendido. Sucedió en una misa funeral en el tanatorio de Albacete, hace tan solo unos meses. Estaba para empezar la eucaristía cuando una joven de mediana edad entra en la sacristía y me pregunta si podía, en algún momento de la misa. decir unas palabras de despedida a su abuelo, por el que íbamos a celebrar el funeral. Le dije que sÍ, que me parecía estupendo que una nieta despidiese al abuelo en nombre de toda la familia.

Y después de la comunión, en el momento de la acción de gracias, una joven apuesta, con total naturalidad, como si todavía estuviese hablando con el abuelo, proclama el siguiente coloquio-elogio de su abuelo, emocionada, pero sin derramar una lágrima. El abuelo se llamaba, familiarmente, Baldo; y la nieta, se llama Clara María. No menciono los apellidos para respetar su intimidad. La iglesia estaba llena, con mucha gente de pie, lo cual es gratamente sorprendente, porque no es normal que para un abuelo de más de 80 años asista tanta gente al cementerio. Y en una iglesia abarrotada, con un silencio impresionante, suena la voz clara de la nieta, hablando del abuelo.

“Me vienen a la cabeza mil recuerdos de cuando era pequeña, de esos que los tienes bien guardados, en el corazón; de lo feliz que me sentía rodeada de los míos; feliz al sentir tanto amor de mi maravillosa familia.

Entre esas personas maravillosas, ahí ha estado siempre mi abuelo Baldomero. ¡Yo alucinaba con la fuerza que siempre ha mostrado! Ha sido siempre un currante de primera, que podía con todo. Nunca le ha importado decir lo que pensaba; era un poco bruto, a veces, pero con un corazón enorme. Buena persona a no poder más: íntegro, honesto, humilde y muy honrado. Cogía los jamones como si fueran peladillas y siempre luchando por los suyos.

Me ha salvado de algún que otro pescozón en mi infancia: me justificaba y me defendía, a pesar de lo traviesa que era…Cuando estaba mi abuelo cerca, nadie podía conmigo.

Gracias abuelo por haber luchado de la manera que lo has hecho durante toda tu vida, por apoyar siempre a los tuyos, incondicionalmente; por ser tan generoso y bueno, por habernos querido tanto; por ser el mejor de los esposos; el mejor de los padres; el mejor de los abuelos; el mejor de los compañeros…

Te querremos siempre y te recordaremos durante toda nuestra vida. Por ello la muerte no existe; la gente sólo muere cuando la olvidan. Abuelo, tú siempre estarás presente, siempre vivo en nuestros corazones” Hasta aquí el testimonio de Clara Mª sobre su abuelo.

Sea este el reconocimiento expreso. que podemos rendir a tantos abuelos que dejaron lo mejor de sí mismos para prepararnos una sociedad mejor, más solidaria y más justa, en uno tiempo realmente difícil. Gracias, abuelos.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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