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La pandemia del covid, una lección a aprender

La pandemia del covid, una lección a aprender

Orillemos los malos recuerdos.

De vez en cuando, a lo largo de la historia personal o universal, nos encontramos con negras sombras, que quisiéramos borrar definitivamente de la pantalla de nuestros recuerdos. Pueden ser de distinta índole y características bien diferenciadas, pero todas tienen un denominador común: quisiéramos que no hubieran existido nunca y que nunca siguieran marcando el ritmo de nuestro existir.

La pandemia del covid, que nos ha acompañado, durante más de año y medio, marca en nuestros días la pauta. Ha sido un mal sueño para la humanidad entera, y todavía sigue persiguiéndonos con sus tentáculos de posibles rebrotes y contagios incontrolados. ¿Lograremos, por fin, este curso, librarnos de esta pesadilla?

Este es el reto, al que debemos dar respuesta entre todos, porque nos afecta a todos, y nadie puede estar tranquilo, mientras exista la posibilidad de un rebrote en el rincón más escondido del planeta.

Pero este reto es una llamada a la solidaridad universal: nadie debe sentirse liberado de responsabilidad. Vivimos en una sociedad global, en la que la conservación del planeta y de todos los seres vivos que la habitamos depende de cada uno de nosotros, de nuestra solidaridad personal: todos formamos un todo indivisible y único

Llamada a la solidaridad universal

Cuando era niño y necesidades apremiantes amenazaban a la familia, mi madre, una mujer de fe profunda, solía decirnos con sencillez y confianza a flor piel: “No hay mal que por bien no venga”. Quizá, hoy, esta frase, en nuestra sociedad compleja y segura de sí misma, engreída y autosuficiente, provoque alergias y sonrisas irónicas.

Pero, el saber popular es el fruto de la experiencia, del esfuerzo común, de la confianza en la persona y en la familia, y también, por qué no decirlo, de la esperanza en un Dios creador y providente. Analicemos a la luz de estos valores la situación provocada por la pandemia.

Esa idea tan sencilla de mi madre, nos unía a todos los miembros de la familia, nos estimulaba a la paciencia, la austeridad de vida. Provocaba en todos nosotros un sentido de solidaridad y de estímulo. Pero, sobre todo, nos hacía sentir la presencia invisible de un Dios que se preocupa de todos nosotros y que provee de lo necesario a sus hijos.

El progreso, la ciencia ha hecho sentirse al hombre de hoy independente del creador: no lo necesita, se basta a sí mismo. Y nos llega por sorpresa un minúsculo virus y el mundo entero tiembla, no sabe que hacer…Empezamos a preguntarnos quien ha traído o provocado ese maldito microbio, buscamos culpables, nos atrincheramos, como podemos, cada país por su cuenta, en sus propias posibilidades…

Inventamos la vacuna, prodigio de la ciencia y de la inteligencia, y nos apropiamos, cada país a su manera, de esta maravilla de la inteligencia, don del Dios creador al ser racional. Los países ricos se proveen hasta la saciedad del prodigioso elemento sanador, y dejamos de lado, abandonados a su suerte, a los países pobres o empobrecidos, sin querer darnos cuenta de que la solución o es global o todos somos perjudicados.

Es justo reconocer que ha habido atisbos de solidaridad. Pero, esta solidaridad raquítica, ¿ha llenado los vacíos y carencias de los países en extrema necesidad de ayuda? ¿Es solidaridad de pura ley el que haya países que hayan vacunado a casi la totalidad de su población, mientras hay países, con poblaciones inmensas, que casi no han empezado el proceso de vacunación? O subimos todos al Arca de Noé o todos nos ahogamos. Es penoso reconocer, después de tantos siglos de historia humana que todavía no hayamos aprendida una lección tan sencilla.

La ciencia, el progreso, los medios que capacitan al hombre a vivir su dignidad de personas son patrimonio universal, regalos de Dios para el bien común. Apropiarse de ellos, repartirlos injustamente, no repartirlos equitativamente, conducen a la prepotencia, al sometimiento, al abuso de poder, que tarde o temprano produce nefastas consecuencias: esclavitud, guerras, abusos de poder. La historia es testigo de esta nefasta realidad…

Llamada a la responsabilidad personal

Hay otro aspecto personal que debemos tener en cuenta cuidadosamente, en situaciones como esta. Somos seres en relación: nadie es una isla amurallada e infranqueable. Lo que yo hago, en uso legítimo de mi libertad, no puede perjudicar al vecino. Dicho de otro modo: mi libertad acaba donde comienza el derecho del otro. Desde esta perspectiva debemos preguntarnos: ¿podemos invocar el derecho a no vacunarnos, sabiendo que este hecho puede poner en riesgo mi propia salud y, por otra parte, arriesgo la posibilidad de contagiar a otros, incluso, más probablemente aún a mis familiares y amigos o personas más cercanas a mí?

¿Puedo invocar mi derecho a la libertad de divertirme, de pasar una noche de fiesta, libre y a lo loco, sin mascarillas, sin guardar las normas legales, saltándome todas las medidas de seguridad que me aconseja la prudencia y el buen sentido? En esta situación, ¿puedo arriesgarme a que otros me contagien y tenga que guardar cuarentena, con la preocupación lógica de los míos, y costando gastos cuantiosos a la seguridad social, patrimonio común de la sociedad en la que vivo?

Llamada a la paternidad responsable.

La familia es la comunidad social establecida por Dios como salvaguarda de la sociedad global. Es su responsabilidad velar por la buena educación y sanas costumbres de sus hijos. Corren por estos lares de la

modernidad la idea de que no podemos anclarnos en el pasado anticuado y caduco; que hay que educar para la libertad; que hay que ir soltando las amarras de los hijos conforme van creciendo; que hay que confiar en ellos, y otros axiomas por el estilo. Todos tienen su parte de verdad, dando por supuestas las premisas que garanticen el correcto uso de la libertad. No puedo invocar el derecho al uso de mi libertad ni de la de mis hijos menores, cuando no hay garantía segura del buen uso de este regalo maravilloso de Dios.

Vivimos en una sociedad intoxicada de derechos, de autosuficiencia, alérgica a todo lo que se nos imponga, dispuesta a saltarnos todas las normas de control que limite estos supuestos derechos personales y sociales. Poco hablamos, sin embargo, de que el uso de estos derechos va siempre emparejado con los deberes que nacen del deber de mantenerme en forma, física, psicológica y moralmente, de manera que pueda vivir de acuerdo con mi dignidad de persona, respetando y colaborando con la sociedad a conseguir estos fines.

Es misión privilegiada de los padres educar a sus hijos en estos valores. Y eso se hace con cariño, con dialogo, con el ejemplo diario, no con imposiciones ni con autoritarismos descarnados. Esto exige a los padres dedicar a los hijos una atención cariñosa de escucha y de dialogo, a medida que van creciendo y van surgiendo los problemas de la adolescencia y primera juventud.

Conclusión…

El surgimiento improvisado de la pandemia del covid bien puede ser una ocasión de oro para hacernos reflexionar, para ayudarnos a tomar conciencia de que vivimos en sociedad solidaria, en la que el bien común depende del recto uso de mi responsabilidad personal. Dios nos da los medios, la inteligencia que nos lleva a la creatividad, al desarrollo de la ciencia, al proceso progresivo del progreso, pero deja al correcto uso de nuestra libertad alcanzar la plenitud de nuestra dignidad.

Dios nos dice: “Cuídate y te cuidare”

¿A ver si mi madre, después de todo, tenía razón?: “No hay mal que por bien no venga”

Ojalá esta cruel realidad de la pandemia nos ayude y estimule a todos a ser mas responsables y a crear entre todos una sociedad más solidaria.

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