Menú

A los padres de familia con empatía y amistad. Segunda parte.

A los padres de familia con empatía y amistad. Segunda parte.

Busquemos juntos caminos para la mejora de las relaciones familiares

1.- Seriedad y responsabilidad en el tiempo del noviazgo

Todo empieza por el planteamiento previo a la unión matrimonial. El tiempo del noviazgo hay que revisarlo seriamente. No me puedo lanzar a una unión para toda la vida con una persona con la que choco en criterios importantes: en carácter, en actitudes ante la vida, en el ejercicio de la autoridad parental, en valores irrenunciables, en criterios de fe y esperanza cristiana. Y un largo etc.  El resultado de esta ligereza a la hora de tomar una decisión tan importante está a la vista: broncas en la relación de pareja; enfrentamientos a la hora de tomar decisiones familiares…, con el resultado final de ruptura de la relación familiar, a los pocos años de lanzarse a esta aventura.

Hoy, hay en España tantas rupturas matrimoniales anuales, en forma de separación o de divorcio, como nuevas uniones matrimoniales.  Lo peor es que esta tendencia se ha hecho viral. Y este hecho normalizado afecta tanto, psicológicamente, a los hijos pequeños, si ha seguido la unión a otra pareja, como la muerte misma de uno de sus progenitores, en opinión de algunos psicólogos. Para pensárselo dos veces, antes de tomar una decisión tan crucial para la relación familiar.

2.- Unificación de criterios para la educación familiar.

Los padres han de tener buen cuidado en la unificación de criterios a la hora de educar a sus hijos. Esto exige un diálogo permanente entre los padres, antes de tomar decisiones importantes y de darles pautas

de comportamiento en casa o en la relación con los demás, también en materia religiosa. De no hacerlo así, se desautorizan el uno al otro ante los hijos, que bucarán siempre adherirse a lo más fácil y cómodo.

Tan importante como la regla de oro anterior es que los padres dialoguen con los hijos y razonen con ellos, a medida que van creciendo, el porqué de esa orientación familiar o de esas decisiones a nivel familiar. Nunca será razón convincente para ellos, afirmaciones como estas: porque yo soy tu padre o soy tu madre y tienes que obedecer. Este sería el último recurso, cuando se han agotado ya todas las posibilidades de llegar a un acuerdo, y el asunto es suficientemente serio como para tomar esa decisión extrema.

3.- Creación de un ambiente familiar de confianza, y de respeto, envuelto en buenas dosis de cariño y de disponibilidad hacia el otro.

Los lazos de confianza y amistad entre los miembros de una familia deben ser equiparables a los que existen entre los mejores amigos, también ente los padres y los hijos. Y esto debería hacer posible que, cuando surjan los primeros problemas de la adolescencia o primera juventud, el hijo o la hija pueda ir a su padre y a su medre con la misma confianza con la que acude a su mejor colega o amigo de su pandilla.

Suena fuerte esta afirmación y choca frontalmente con la realidad de cada día de los jóvenes, a medida que surgen los primeros problemas

de pubertad o preadolescencia. En mi larguísima dedicación a la pastoral juvenil han sido excepciones los que me han afirmado que sus padres han sido los primeros confidentes, en el momento de consultar estos problemas. Sin embargo, debería ser así, ya que los padres, son los que más quieren a sus hijos y los que mejor conocen estos problemas por haberlos experimentado ellos también a la edad de sus hijos.

Creo que hay dos problemas previos a esta situación, una por parte de los padres: el excesivo pudor a la hora de tratar estos temas con naturalidad, y sin caras largas, con los hijos; y otra, por parte de los hijos, que hace que éstos recelen de acudir a ellos y prefieran la complicidad del amigo o la amiga de turno, que le va a jalear su primera aventura. Una y otra son igualmente perniciosas, pero las dos juntas constituyen un polvorín difícil de sofocar.

Existe, sin embargo, un escollo, difícil de solucionar: “¿Como combinar confianza y amistad con los hijos y autoridad parental? Ciertamente, la amistad y confianza total en la relación familiar juega un papel importantísimo en una buena educación de los hijos, pero nunca debe ser en detrimento del debido respeto a la autoridad parental: nunca, ni el padre ni la madre deben aparecer como colegas de los vaivenes emocionales o veleidades de los hijos.

Se dialoga todo lo que hay que dialogar, con los métodos persuasivos más adecuados a la psicología evolutiva del hijo o de la hija, pero, agotadas todas las vías de entendimiento, debe prevalecer la autoridad de los padres, al igual que en una democracia bien constituida, prevalece la decisión de la autoridad constituida; en este caso, con el plus de ser la autoridad parental un derecho natural de velar por la educación de sus hijos.

Es una barbaridad democrática, y antinatural, decir que los hijos no pertenecen a los padres, sino al estado, como ha afirmado recientemente una ministra. Hasta ahí podíamos llegar.

4.- La educación en valores específicos y en materia religiosa.

Este es otro tema especialmente delicado, a la hora de encaminar una buena educación de los hijos. Los dos, tanto el padre como la madre, tienen derecho a educar a sus hijos según sus propios criterios éticos, morales y religiosos, siempre que no vayan contra el derecho natural

Es imprescindible que, antes de llegar a la decisión de unirse en matrimonio, se pongan de acuerdo entre sí, sobre este punto. Si chocan frontalmente a la hora de ponerse de acuerdo en este tema, mejor es buscar otros caminos, u otra pareja, a no ser que exista una ligera esperanza de que, con el paso del tiempo, puedan llegar a un acuerdo razonable.

Para un padre o una madre creyente es irrenunciable su derecho a educar a sus hijos en la fe y en la esperanza cristiana y deberá dejar bien claro a su pareja este derecho, con la certeza de que la otra parte respetará este derecho. En estos casos es imprescindible llegar a un acuerdo previo claro y nítido, para evitar enfrentamientos en la relación familiar. A la vez, el respeto a la identidad religiosa en el plano familiar y social debe incluir el respeto más absoluto a los que no piensen como yo en esta materia.

5.- La educación específica en valores permanentes, especialmente en materia religiosa, debe ir siempre acompañada del ejemplo paterno-materno.

La costumbre, la tradición familiar o social, la fiesta de familia que acompaña estos acontecimientos en el círculo en que me muevo, pueden influir decisivamente a la hora de tomar decisiones en esta materia, más que el convencimiento profundo de las prácticas que intentamos transmitir a los hijos.

Cada día se hace más frecuente entre nosotros, los sacerdotes, la opinión de que padres de tradiciones ancestrales creyentes, han convertido la recepción de los sacramentos de los hijos en ritos de bienvenida y despedida. Después del bautismo, apenas aparecen por la iglesia, hasta la primera comunión, y después, cada día en menor número, hasta la confirmación. Esto no es en absoluto educar en cristiano, sino cumplir el rito o la costumbre social, con el agravante de pensar ingenuamente que algo les quedará de esta experiencia.

Y vaya que si les queda: el convencimiento de que los ritos religiosos son eso, ritos circunstanciales, propios de las distintas etapas de la vida, sin ninguna incidencia seria en la vida personal. Y lo que es más grave, el convencimiento de que los padres han intentado inculcarles prácticas en las que ellos mismos no creen ni viven ni tiene ninguna incidencia profunda en sus vidas.

Existen también padres que piensan que, siendo esta materia religiosa tan delicada y difícil de transmitir, prefieren que sus hijos, a medida que van creciendo en madurez y responsabilidad, tomaran por su cuenta la decisión oportuna en el momento necesario. Grave error

contrastado por la experiencia del día a día: los hijos vivirán de mayores, normalmente, lo hayan vivido en casa, o en el entorno en que les haya tocado vivir. Será un verdadero milagro que los hijos descubran por si mismos el sentido de la fe y de la esperanza Cristiana, salvo que se tercien circunstancias excepcionales.

6. Mimo especial a la educación cristiana de los hijos en las familias cristianas.

La tradición, la rutina, la costumbre, la fiesta familiar que acompaña las celebraciones religiosas en familias tradicionalmente cristianas influye hoy más, a la hora de tomar una decisión determinante, que el convencimiento profundo, la fe compartida, y el ejemplo vivo de vida cristiana diaria en el seno de la familia.

Nada impresiona tanto al niño pequeño como las primeras oraciones transmitidas por los padres y abuelos, en un clima de ternura y amor. Se gravan de tal manera en la mente del niño, que difícilmente se olvidan, a lo largo de su vida.

La fe es una vivencia que se transmite por ósmosis, por la vivencia profunda de la fe y la esperanza cristiana en el seno familiar. Nada sustituye esta experiencia vital, ni la enseñanza tradicional ni los consejos puntuales en momentos críticos de la vida del niño o del joven.

La educación cristiana en profundidad exige además que los padres creen un ambiente de oración familiar y de lectura de la palabra de Dios. Igualmente, que participen como familia unida en la asistencia a la misa dominical y la recepción de los sacramentos de la iglesia, en los tiempos litúrgicos señalados. Hace tiempo que un misionero excepcional irlandés, P. Payton, afirmo sin titubeos. Familia que reza unida se mantiene unida.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Archivos

Comentarios recientes