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Mis recuerdos en Feyda – Testimonio de Javier F. Chento (segunda y última parte)

Mis recuerdos en Feyda – Testimonio de Javier F. Chento (segunda y última parte)

Segunda Parte: Feyda y el asentamiento de las intuiciones iniciales

Lee la primera parte aquí.

Se consolida y aumenta el número de actividades en la parroquia de San Ignacio de Loyola, y fuera de ella

Los recursos eran pocos, pero la creatividad grande. Los jóvenes pasábamos tanto tiempo en la parroquia y fuera de casa que alguno de nuestros padres sugirió (con cierta retranca y, también, orgullo) que sólo nos faltaba llevar la cama a la parroquia. Pero Félix, con mucho ingenio también, reunió a nuestros padres para mostrarles lo que hacíamos y vivíamos; no hay que decir que quedaron encantados de saber en qué ambiente nos movíamos; incluso algunos de ellos retomaron su contacto con la Iglesia y la parroquia, que tenían algo olvidada. También algunos padres se unieron al carro de las actividades del Olivar. Como diría san Vicente de Paúl: ¡Bendito sea Dios!

Celebración con jóvenes en la parroquia de San Ignacio de Barakaldo.

Hubo dos núcleos estables de jóvenes del Olivar desde prácticamente el principio: uno en Barakaldo (Vizcaya), y otro en Madrid. Teníamos un contacto asiduo y cercano, y nos juntábamos periódicamente en convivencias. Cada año dedicábamos el mes de julio a la acampada rural del Olivar; y enlazábamos, durante el mes de agosto, con las colonias de verano de inglés, que comenzaron en 1976.

El trabajo con los niños era agotador. Entre el campamento del Olivar, en julio, y la colonia de inglés en agosto acabábamos exhaustos… ¡pero felices! Y llenos de energía para seguir, año tras año, realizando esta labor durante el verano. Feyda comenzó a tomar forma entonces, en la vida y las vivencias de un grupo de jóvenes entusiastas y en un buen número de actividades que se llevaban a cabo durante todo el año, no sólo en el verano.

Al final de cada verano, una comida de despedida de los monitores en Getxo. En la foto, parte del grupo de monitores de los primeros años de Feyda.

Las colonias de verano, una vivencia intensa de fe

Lo que comenzó siendo un curso de inglés en verano, con el paso de los años se convirtieron en dos, tres y más, durante los meses de julio y agosto… y se añadieron los viajes de estudio al extranjero (Irlanda, Canadá, Alemania). Sin querer darnos cuenta cientos, miles de padres habían puesto su confianza en Feyda para que, durante el tiempo estival, sus hijos pasaran un mes de colonias divertidas, en un ambiente cristiano, y también aprovechando las mañanas para aprender inglés. Las colonias estaban a medio camino entre un campamento de tiempo libre, un curso de inglés y una convivencia cristiana; de hecho, al comienzo teníamos misa diaria y reuniones de pastoral, con los niños, también todos los días. Además, un momento de oración por la mañana para todos y una oración especial sólo para el grupo de monitores, cerrando la jornada.

Desde el comienzo, todos tuvimos claro que aquellas colonias eran un momento especialmente privilegiado para trasmitir a los niños y niñas la Fe, los valores, la alegría y euforia que vivíamos entonces.

Soy consciente de que, mirado desde la óptica actual, puede resultar chocante semejante «carga» pastoral; cierto que eran otros tiempos y, también, que se vivía con bastante naturalidad. Con el paso de los años la misa dejó de ser diaria y pasó a ser dos veces a la semana; el rato de reflexión diaria (lo llamábamos «Buenos días») permaneció, siendo un momento breve (10 minutos, mas o menos) para encontrarse y centrar la actividad del día.

Nuevas experiencias: La música, el teatro, las parejas…                                       

En nuestra vida como grupo, la música nos acompañaba en todo momento y actividad. No hacía falta mucho: una guitarra y ya estábamos cantando. Así, una de las actividades más llamativas de esta primera época fue representar la obra musical Godspell en vivo. Con la bendita locura de los años jóvenes, un grupo de unos 20 muchachos y muchachas de los que estábamos en las actividades de la parroquia de San Ignacio de Loyola de Barakaldo —todos en torno a los 20 años de edad— nos animamos a preparar este musical, en vivo, tocando las canciones en directo. Y, a decir verdad, no lo debíamos hacer mal, pues recorrimos un buen número de ciudades de la península ibérica con el montaje, hasta un total de 35 representaciones. Hace ya unos años expliqué esta aventura en esta entrada de mi blog.

Con el natural crecer de los miembros del Olivar-Feyda, comenzaron a aparecer parejas (muchas acabaron en matrimonios) y vocaciones religiosas, misioneros paúles e hijas de la caridad. También llegó la natural «dispersión universitaria» de algunos miembros que salían de sus lugares de origen para estudiar; nuevos miembros entraban también.

En mi caso pasé, en las colonias de inglés, de ser monitor a ser coordinador de monitores y, pronto, a colaborar con el P. Félix en los envíos de información y la gestión de las matrículas de las colonias de inglés, a lo largo de todo el año. En los primeros tiempos no existían ordenadores, y se policopiaban las fichas e informaciones en una destartalada máquina, poníamos los sellos a mano, muchas direcciones se escribían a mano también… Lo que hoy cuesta dos o tres días a una persona, en aquellos tiempos podría llevar, tranquilamente, una semana a un equipo de 4. Eran otros tiempos, no muy lejanos temporalmente, pero radicalmente distintos a la actual en cuanto a medios de comunicación.

Otros tres hechos relevantes en esta época del «primer amor»

  1. El comienzo de mi participación en la Misiones Populares de la Provincia de Zaragoza: las Misiones Populares vicencianas, siendo algo tan esencial en el carisma misionero paúl, cayeron en una cierta confusión en España, después del Concilio Vaticano II. Gracias al espíritu vicenciano de la Provincia de los Paúles de Zaragoza, se relanzaron con «nuevos métodos y nuevo ardor«, allá por finales de los 70. Mi primer contacto con este ministerio vino de mano del tristemente fallecido, pero nunca olvidado, P. Luis María Martínez Sanjuan, la incombustible seglar Asun Gascón y varios miembros del Olivar que, invitados por Luis Mari, participamos en una misión en la Dehesa de Letur. Las fechas bailan en mi memoria, pero tuvo que ser hacia 1985. Nunca podré agradecer lo bastante a Dios el don que me concedió de poder ser humilde instrumento suyo en aquel ministerio.
  2. Convivencia en Murguía. Sor Mari Ángeles, a la derecha; al fondo, el padre Félix y Mitxel Sagastagoitia, hoy sacerdote paúl.

    El servicio que realizamos algunos de los miembros del Olivar, con sor Mari Ángeles González, con toxicómanos en Bilbao. Mari Ángeles trabajaba entonces (ahora está de misionera en Cochabamba, Bolivia) en un Instituto público en Bilbao y también en dos centros de rehabilitación de toxicómanos, a lo largo de varios años. De su mano comenzamos a acompañar su desintoxicación y rehabilitación. Incluso algunos de ellos llegaron a venir a las acampadas del Olivar… De aquella labor me queda (además de una íntima experiencia de contacto con el necesitado) una profunda amistad con uno de ellos, rehabilitado y felizmente casado.

  3. La Confirmación fue un hecho importante, vivido y preparado en comunidad, desde la parroquia. Mirando hacia atrás, puedo decir con cierto orgullo que mi Confirmación y la de mis compañeros del Olivar y de otros grupos parroquiales se planteó como creo que debería plantearse siempre este sacramento: no como el colofón de un proceso de catequesis, sino como un paso más en la afirmación de nuestro deseo de ser Iglesia y comprometer nuestras vidas a favor del Evangelio. Nos confirmamos mayores: yo con 21 años, diría que casi todos por encima de los 18. Además, tuvimos la oportunidad de encontrarnos previamente con el obispo que nos confirmó, monseñor Juan María Uriarte, quien vino a vernos a la parroquia días antes de nuestra Confirmación, para hablar de lo que íbamos a celebrar. Personalmente, también fue importante que mi madrina de Confirmación fuera precisamente una hija de la caridad, Mari Ángeles, quien ha sido y sigue siendo un testimonio de auténtico espíritu vicenciano durante toda mi vida adulta.
Tiempo de esparcimiento en la sala de profesores, curso de inglés en Murguía, hacia el año 1980

Tiempo de esparcimiento en la sala de profesores, curso de inglés en Murguía, hacia el año 1980

Nos plantamos, a finales de los ochenta, con Feyda siendo una organización ya considerablemente grande. Comienza una etapa de «institucionalización» y asentamiento. En 1989, si no recuerdo mal, se aprueban unos estatutos por la autoridad civil y la eclesiástica (de la mano de monseñor Antonio Algora, entonces joven obispo de Teruel, y del provincial de los paúles de Zaragoza, el P. José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza), y se «oficializa» el nombre de Asociación Feyda para este grupo de jóvenes y adultos que llevábamos casi quince años haciendo «locuras». Con miembros en muchas partes de España, se elige Teruel como sede de la Asociación y se compra un local para centralizar toda la actividad. No teníamos un euro, pero sí mucho entusiasmo. Dos personas comenzamos a trabajar para Feyda a tiempo completo.

El año 1991 supuso un antes y un después en mi experiencia de fe, gracias al apoyo de mi compañeros de la Asociación y a los Paúles de Zaragoza: durante varios meses participé en la misión de Honduras. Pero de esto ya habrá tiempo de hablar en otra ocasión.

Una breve reflexión final

Si es cierto que el tiempo suele suavizar los problemas y podemos tender a mirar con nostalgia y cariño los tiempos pasados, también lo es que, aún con las muchas dificultades, los tiempos que nosotros vivimos desde el Olivar y Feyda en nuestra juventud fueron lo que en cristiano llamamos kairós, un tiempo privilegiado donde algo excepcional sucede y que marca de manera indeleble el futuro de las personas. Muchas veces digo que, sin haber vivido aquellas experiencias, mi recorrido vital habría sido, con toda seguridad, muy distinto.
Aunque son relativamente pocos los años que han pasado desde aquellos inicios, algo más de tres décadas, nuestra realidad social y eclesial es muy diferente ahora de la que entonces vivíamos. Seguramente no sería sabio trasladar las fórmulas de entonces a las realidades actuales, aunque sí que es cierto que de todo tiempo y lugar hemos de aprender lo mejor que nos tienen que ofrecer. Y algunas de la verdades que entonces viví se han quedado marcadas a fuego en mi corazón y —estoy seguro— en el de todos los que las compartimos. Solo quisiera apuntar algunas convicciones que, creo, siguen siendo válidas hoy día, a modo de conclusión:
  1. El tiempo de la adolescencia y la juventud es un tiempo privilegiado durante la construcción de la persona, decisivo incluso. Por lo tanto, debemos de cuidar el acompañamiento a adolescentes y jóvenes, máxime en una sociedad que se está olvidando de los grandes valores universales que son, también, esenciales en el seguimiento de Jesucristo: la solidaridad, la ayuda al necesitado, la denuncia profética…
  2. Los adolescentes y jóvenes han de ser protagonistas de su camino. Los de más edad estamos para orientar, acompañar, aconsejar. Pero ellos son los protagonistas. ¿Damos espacio a los jóvenes para que construyan su camino, o simplemente les «dirigimos»?
  3. El mostrar la alegría de la fe, la íntima felicidad del seguimiento a Jesucristo, va mucho más allá del organizar y asisitir a la catequesis. Primero, los más mayores hemos de saber mostrar, con el testimonio de vida, que ser cristiano ha llenado nuestra vida de esperanza, plenitud y felicidad. ¡Hay tantos rostros serios, incluso avinagrados, también entre nosotros…! Segundo, hay que llevar la fe a la vida, y la vida a la fe: nuestras creencias a nuestro entorno —para transformarlo y luchar contra las injusticias—, y nuestros problemas y experiencias vitales a Dios. Desde el carisma vicenciano tenemos ejemplos de grandes creyentes que supieron hacerlo, tanto desde la vida consagrada como seglar, y de todas las edades: desde Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, hasta Federico Ozanam y Pier Giorgio Frassati… y muchísimos otros.
  4. El tener un espacio en la parroquia, unos grupos donde vivir juntos la fe y la vida, resultó para mí algo esencial. No creo que eso haya cambiado. ¿Podemos dedicar en nuestros centros, colegios o parroquias un espacio físico donde los adolescentes y jóvenes puedan convivir, que ellos gestionen?
  5. La vocación vicenciana es una invitación al seguimiento de Jesucristo entre los pobres. En nuestra Familia Vicenciana hay tanto consagrados como seglares; y todos, sin importar el estado, seguimos al Señor Jesús y completamos su obra desde el servicio a los empobrecidos y olvidados. En la época de los descubrimientos, en la adolescencia y juventud, no tengamos miedo a invitar a los jóvenes a discernir cuál es el mejor camino para él o ella, para realizarse como persona y creyente; y para ser felices, que es sin duda alguna lo que Dios quiere que seamos cada uno de nosotros.
  6. El futuro de la Iglesia depende de que mostremos con sencillez y trasparencia en qué basamos nuestra vocación de seguimiento a Jesucristo. En el caso de los que nos inspiramos en san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac, el beato Federico Ozanam y tantos otros, hemos sido llamados a servir de palabra y de obra, de corazón, a los que la sociedad rechaza, a pobres, migrantes, sin techo, a todos los «descartados», como tantas veces nos recuerda el papa Francisco. Por tanto, no caigamos en la tentación de encerrarnos en nuestras parroquias o grupos, y salgamos al encuentro del necesitado para descubrir, en él, al mismo Cristo que nos pide ayuda.
  7. En el tiempo de las comunicaciones instantáneas, las redes sociales, móviles y tantas posibilidades maravillosas que se ponen en nuestras manos, no olvidemos el trato personal. Ni un millón de likes en las redes sociales valen lo que una conversación amable con un amigo. Por tanto, fomentemos los encuentros en comunidad, los grupos, los tiempos de entrañable relación, los retiros compartidos, la escucha de la Palabra que se comparte y nos enriquece.
  8. En una época donde de los migrantes son llamados ilegales (¡cómo puede una persona ser ilegal!), donde casi nadie muda el gesto cuando oye hablar de personas viviendo en la calle o de millones muriendo de hambre o en guerras, seamos capaces de mostrar una solidaridad que confirme lo que de boca decimos creer. Por lo tanto, no seamos cobardes a la hora de denunciar las injusticias, ni tímidos al buscar soluciones a estos problemas, aún a riesgo de ser impopulares.

Javier F. Chento

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