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Mis recuerdos en Feyda – Testimonio de Javier F. Chento (primera parte)

Mis recuerdos en Feyda – Testimonio de Javier F. Chento (primera parte)

Preámbulo confidencial

Me alegra que sea precisamente Javier Chento el primero que ha respondido a mi reclamo de dar testimonio de sus recuerdos de Feyda en los primeros tiempos. Él fue también uno de los que respondieron a la primera hora…
Me impresiona su testimonio, y no precisamente por los piropos que me dedica, de los que no me siento del todo acreedor, sino por la transparencia de su alma: lo que dice lo dice con sencillez y desde su más profunda intimidad personal: ahí está su alma, su vida y su profundo sentido vital vicenciano…
Los que andáis o habéis andado por Feyda conocéis de sobra a Javi… Por otra parte, tampoco puedo decir nada elogioso de él (siendo un cúmulo de valores), pues se ruborizaría y me reñiría de verdad… Pero si tenéis problemas serios de ordenador, si necesitáis una mano amiga para algo importante, sobre todo en relación con los pobres…, ahí le tenéis, siempre disponible.
P. Félix Villafranca

 

Primera Parte: Encuentro con la Comunidad del Olivar

Siempre en todo yo te vi:
te doy gracias, Señor.

(Brotes de Olivo)

Dios me sale al encuentro por sorpresa

A mis trece años yo era, como muchos otros preadolescentes, un chaval con ganas de hacerse mayor y bastante tontería encima.

El P. Félix Villafranca era entonces un joven sacerdote, lleno de ilusión y ganas de trabajar en la pastoral de jóvenes, ánimo que, gracias a Dios, conserva intacto hoy en día. Creo que en algún momento le tocó ser profesor de religión en mi colegio de San Vicente de Paúl de Barakaldo, aunque yo no le conocí realizando esta función.

Mi primer contacto con él fue, quizás, surrealista: en clase, el profesor nos explicaba la lección del día cuando Félix apareció en la puerta y, prácticamente sin saludar, soltó un «¡Vengo buscando hombres!» que tiró abajo el ambiente de estudio e hizo palidecer al pobre docente. Evidentemente, Félix nos explicó luego que estaba organizando una Semana de Juventud en el colegio, unos encuentros después de las clases, por la tarde a eso de las 5, donde nos lo pasaríamos muy bien y haríamos buenos amigos. Debió mencionar, como de pasada, que en estos encuentros irían las chicas del cercano Colegio de La Milagrosa, de las Hijas de la Caridad (creo que también fueron las del Colegio de La Inmaculada —de las Misioneras Seculares de Jesús Obrero, las «Simoninas»—, aunque ya no estoy seguro).

Como era previsible, la Semana de Juventud fue un auténtico éxito, no tanto por los contenidos de la misma, de los cuales no conservo ni el más mínimo recuerdo, sino por la presencia de las féminas en unos tiempos en que el colegio era «sólo de chicos»… Ver a chicas en nuestro colegio fue un acontecimiento indudablemente extraordinario, y más para nuestras desordenadas hormonas, a nuestros 13 años en adelante. Así que las motivaciones de aquellos jóvenes que participamos en este primer encuentro tuvieron poco de espiritual: creo que el 99% de los muchos muchachos que allí fuimos lo hicimos para estar con las chicas (que entonces no veíamos más que de lejos), y el 1% restante irían obligados por sus padres (como fue el caso de Nino, mi compañero de pupitre). También hay que decir que, a esas edades, antes como ahora, poco más hacíamos que compartir la misma sala de reuniones; la timidez de la preadolescencia es así, y hablar con las chicas era un ejercicio peor que cualquier problema matemático.

Primer grupo del colegio «San Vicente de Paúl» de Barakaldo

Nos lo pasamos realmente bien, y de aquella Semana de Juventud surgieron dos grupos, cada uno de unos 20 chicos y chicas; yo asistía, con mis amigos de entonces, al de los más jóvenes. Nos reuníamos semanalmente en «la caracola» de la iglesia del colegio, un pequeño espacio donde, con apenas unas sillas, montábamos nuestras discusiones y temitas, acompañados por Antonio y Goyo, hoy sacerdotes paúles, pero entonces pacientes estudiantes de teología que nos aguantaban, y que vivían en la comunidad de paúles de Las Arenas. Fueron tiempos maravillosos de los que guardo gratísimos recuerdos: creamos y consolidamos la amistad entre chavales y chavalas que apenas nos conocíamos más que por ser compañeros de clase o «de la clase de al lado», comenzamos a salir juntos, a hacer cuadrilla, y también teníamos, además de las reuniones, un rato de oración en la capilla pequeña del colegio, antes de comenzar las clases matutinas. Por entonces comencé a tocar la guitarra, junto con algunos de mis amigos del grupo.

Y aterrizamos en la Parroquia de San Ignacio de Baracaldo

De alguna manera que no sé precisar acabamos moviéndonos a la parroquia de San Ignacio de Loyola de Barakaldo, llevada también por paúles. Allí comencé a soltar mis primeros acordes en público en la misa de niños, con el P. Julián Arana en el organillo. Pronto el P. Félix volvió a aparecer en escena, y la parroquia de San Ignacio se pobló de jóvenes. Se abrió un salón juvenil parroquial, un gran espacio de, posiblemente, más de doscientos metros cuadrados, donde todos los días de la semana, después de las clases, nos juntábamos decenas de jóvenes a hablar, a cantar y tocar la guitarra, jugar a ping-pong, pero también a formarnos, a rezar juntos, a organizarnos por grupos: no sólo los de confirmación, también un par de grupos de Juventudes Marianas Vicencianas, el grupo de oración joven, el J.P.R. (Juventud Parroquial RónteguiRóntegui es el barrio donde está la Parroquia de San Ignacio–), carismáticos, y un grupo que se llamaba Comunidad del Olivar, al que todos mirábamos con admiración por su compromiso, y en el que acabé entrando… Llegó a haber continuadamente un número muy considerable de jóvenes y adolescentes en la pequeña parroquia del marginal barrio; seguramente más cerca de los doscientos que de los cien.

Primer contacto con la «comunidad del Olivar»

Un juego en una de las acampadas del Olivar, en la Dehersa de Letur, hacia el año 1980

Un juego en una de las acampadas del Olivar, en la Dehersa de Letur, hacia el año 1980

Este grupo, el Olivar, fue mi primer contacto serio con el espíritu vicenciano de servicio al pobre. No sólo eran las acampadas de verano en zonas necesitadas, también el acompañamiento a los abuelos en la Residencia Miranda, las reuniones de formación, convivencias, oración… La Comunidad del Olivar fue el germen de lo que luego acabó llamándose Feyda (acrónimo de Fe y vida). Llevaban funcionando ya unos 3 años cuando yo me junté a ellos, una treintena larga de jóvenes de ambos sexos entre los diecitantos y los veintitantos, fundamentalmente agrupados en la zona de Bilbao-Vitoria y la zona de Madrid.

Mi primer retiro serio fue una convivencia de Semana Santa con el Olivar, que se realizó en la casa de las Hijas de la Caridad de Gordexola, en 1981. Para mí supuso una experiencia que aún recuerdo con cariño; no sólo celebramos la Pascua, también vivimos tiempos de profunda experiencia espiritual (para nuestras edades). Recuerdo que la experiencia del desierto (una tarde de silencio y oración a solas) me impactó profundamente. También recuerdo, cómo no, las largas noches de charla y canto, guitarreo y expansión. Todo, también esto, forma parte del crecimiento personal y comunitario.

Ese verano fue el primero que dejé de ir de vacaciones con mi familia al «pueblo de mis abuelos» y me enrolé en las actividades de la Comunidad del Olivar, que con el tiempo pasaría a llamarse Feyda.

Reunión de preparación en acampada del Olivar, en La Dehesa de Letur

Reunión de preparación en acampada del Olivar, en La Dehesa de Letur

Básicamente, en verano y a lo largo de muchos años:

  • Teníamos una acampada de ayuda al pueblo en una zona deprimida de España, de un mes de duración, en el mes de julio, en la que, además de llevar una vida comunitaria intensa y fraterna (que incluía una hora de oración por la mañana y misa vespertina todos los días), ayudábamos en los pueblos a los que íbamos en muy diversas tareas: desde apoyo escolar a los niños, atención a enfermos y ancianos, hasta –en alguna ocasión– ayudar en tareas agrícolas.
  • Nos acompañaban en las acampadas hijas de la caridad y algún misionero paúl; también miembros de otras congregaciones religiosas (uno de ellos, el recordado y admirado padre Chema, franciscano), que se unieron como uno más a las acampadas, junto a un buen número de jóvenes dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos.

Primera acampada del Olivar en la dehesa de Albacete (Letur)

Mi primera acampada fue en La Dehesa de Letur (Albacete). En aquellos tiempos, hace treinta y muchos años, tan sólo el hecho de llegar a la zona por una destartalada carretera ya era un triunfo. Fueron mis primeros contactos con la pobreza real, palpable, con la falta de recursos que uno imagina lejos de nuestras fronteras, pero que también existían (y aún existen) en nuestro país.

La hijas de la caridad fueron ejemplo de servicio para todos nosotros. Nos mostraron cuál era el verdadero servicio desde san Vicente de Paúl, y lo hicieron con las obras sencillas de sus manos, no con grandes discursos. Recuerdo, aún impresionado, por poner uno de muchos ejemplos, la sencillez de sor Mari Ángeles limpiando y curando unas enormes llagas, llenas de pus, de un anciano, enfermo terminal que yacía en cama.

Los que tuvimos el privilegio de vivir aquellas experiencias —las acampadas del Olivar en la Dehesa de Albacete y en otras partes de la geografía española— quedamos marcados para toda la vida. Fue una experiencia que dejó una huella indeleble en nuestra existencia.

(continuará…)

4 Comentarios

  1. Víctor Ayala Romero

    Muy interesante y emocionantes las noticias que me envía Félix sobre Feyda y otras.¡Seguid luchando! Un abrazo,
    Víctor

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  2. Maria Angeles Ramirez

    Impresionante, admirable el testimonio de Javier Chento. ¡Enhorabuena!

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  3. Laurentino Berrade

    Fenomenal el testimonio de Chento.
    ¿FEYDA, tuvo algún compromiso o servicio en Pamplona?

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  4. Vicenta Cañada

    Me ha encantado el testimonio de Javi, que años tan buenos y que pena que no sigan, hace falta muchos padres Félix

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