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Los cursos Feyda de inglés y sus secretos (2)

Los cursos Feyda de inglés y sus secretos (2)

Los monitores, pieza clave del éxito.

Pero, no cabe duda de que el gran secreto de nuestros cursos de inglés de verano lo constituye el grupo excepcional de monitores con el que hemos podido contar a lo largo de los años. Al principio procedían de grupos vicencianos constituídos, en parroquias, colegios o a través de conexiones particulares de amigos. Después fueron incorporándose los jóvenes de Juventud Parroquial Róntegui, que alternaban campamentos de evangelización rural, como miembros de la Comunidad del Olivar, y el voluntariado, como monitores de los cursos.

El Hermano Manuel Casamayor Prieto y Pedro Sáez Ortega, con los que mantenía contacto desde mi primera estancia en San Matías (Hortaleza, Madrid), fueron la conexión para que se incorporara otro grupo de Madrid, que, junto con los de Remar (Baracaldo,Vizcaya) llegaron a ser el núcleo central de referencia de la pléyade de monitores excepcionales con que siempre ha contado Feyda. Más tarde, para no ser desbordados por el número creciente de cursillistas, repartidos en más de 10 centros diferentes, a lo largo y a lo ancho de la geografía española, y, simultáneamente, en Irlanda y Canadá o Estados Unidos, creamos la Escuela de Tiempo Libre Feyda, en la que, los aspirantes a monitores en nuestros cursos, podían adquirir el correspondiente título oficial de monitores.

Merecen mención  especial los siguientes monitores: Pedro Saez Ortega, que fue formador de generaciones de monitores en Murguia (Alava); Francisco Javier Fernández Chento, que elaboró los primeros materiales pastorales de la Asociacion para los cursos;  José Miguel Lázaro, que fue el creador de la Escuela de Tiempo Libre de Feyda; Azucena Loras Campos, que durante años coordinó a monitores y cursillistas de Feyda en Irlanda.

Los profesores nativos, la otra realidad

No podemos obviar otra fuerza de atracción excepcional de nuestros cursos de verano de inglés: la presencia mayoritaria de profesores nativos, en un momento en que  era prácticamente imposible encontrar nativos en actividades de verano, y apenas existían academias de inglés con profesores nativos.. Nuestros profesores nativos no conocían, en absoluto, el español, lo que evitaba que cayeran en la tentación de emplear el español para impartir sus clases.

Pero tampoco el pequeño grupo de profesores españoles  podían hablar en español a sus alumnos, aunque fueran muy pequeños: todas las clases se impartían en inglés, lo cual, en aquella época, era excepcional en los colegios de primaria y secundaria de España.

Por otra parte, la providencia quiso que, en los primeros cursos  de inglés en Irlanda, nos topáramos con un matrimonio excepcional, ambos profesores, Richard y Mary Fields, que aceptaron encantados la misión de buscar y seleccionar profesores nativos de plena confianza. Verano tras verano, durante más de 20 años, teníamos la seguridad de poder contar con suficientes profesores nativos, seleccionados y bien informados de  sus tareas en nuestros cursos de verano.

La continuidad de los cursos en las convivencias durante el año forjaron grupos de amistad indestructible…

Queda por reseñar otro aspecto que, a mi entender, constituye otro factor decisivo en la expansión y secreto del éxito de nuestros cursos a lo largo del tiempo. Y es el hecho de los grupos de sólida amistad que nacieron en nuestros cursos, unidos por ideales nobles, más allá del sentimentalismo propio de la edad. Esta amistad se alimentaba no solo a través de la correspondencia particular entre ellos, sino también a través de encuentros y convivencias en momentos especialmente sensibles a la emotividad: convivencia de Navidad y de Pascua; encuentros de grupos por regiones. Esta amistad fue la gran fuerza motriz que estimulaba a repetir la experiencia, año tras año. Y de paso, invitaban a otros amigos, parientes o vecinos, a unirse a la fiesta del verano con Feyda.

Este aspecto llegó a ser tan determinante en los padres, a la hora de elegir destino para sus hijos en verano, que muchos de ellos llegaron a airear, sin rubor ni tapujos, que, con todo lo importante que fuera el inglés para el futuro de sus hijos, la última razón por la que enviaban a sus hijos a nuestros cursos era lo que ellos vivían en los veranos de Feyda; lo contentos que volvían y el gran número de nuevos amigos que hacían de distintas latitudes de España, ya que, a cualquiera de nuestros cursos de internado, o del extranjero, venían, indistintamente, niños,  adolescentes y jóvenes de toda la geografía española.

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