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Los cursos de inglés Feyda, plataforma de evangelización

Los cursos de inglés Feyda, plataforma de evangelización

Planteamiento inicial

La Asociación Feyda tiene, desde sus orígenes, un claro proyecto cristiano. Era lo primero que dejábamos claro a los padres y educadores que se ponían en contacto con nosotros. Nuestros Estatutos, legalmente constituidos, lo proclamaban abiertamente. Con ser tan importante el inglés, sobre todo en aquellos momentos del cambio en nuestro sistema educativo, el objetivo primero de aquellos cursos veraniegos de inglés era la educación cristiana de niños, adolescentes y jóvenes.

Pero, ¿cómo plasmar y realizar este proyecto de forma atractiva, creativa, estimulante, en tiempo de verano, que invita a la relajación, al ocio, al abandono? ¿Cómo superar la idea de aquellas clases, generalmente, tediosas y aburridas de religión durante el curso? ¡Y esto, después de 4 horas matutinas de inglés, en inglés, que costaba unos esfuerzos tremendos entender! Ese era el reto.

Lo tuvimos claro desde el principio: el cultivo de los valores cristianos en nuestros cursos debía ser por ósmosis: mediante diálogo, juegos y parábolas, dinámicas creativas, representaciones y cantos que despertasen el entusiasmo. Y sobre todo, con testimonios sencillos de vida, impactantes e imitables. Y nos lanzamos a la tarea.

Los tiempos dedicados a esta tarea primordial tendrían que ser dosificados a lo largo del día, con un plan progresivo a realizar por plazos de semana, quincena y mes completo. A lo largo de esta reflexión, destaco los tiempos más significativos de nuestro proyecto educativo cristiano. Estos eran los tempos fuertes dedicados a educación en valores en nuestros cursos.

Los Buenos días y las buenas noches.

Los Buenos días eran espacios de 20-30 minutos, después de desayunar. Los cursillistas se dividían en grupos de 10, por edades, con su correspondiente monitor. Se presentaba la idea central del día hasta proponer un lema que había de servir de estímulo para mejorar la relación con los compañeros o para profundizar en la relación con Dios. Se desarrollaba en forma de diálogo, con pequeños cuentos o parábolas. Cada grupo debía proponer un lema del día. Después, en la puesta en común, se elegiría el mejor lema, que había que publicitar en un cartel.

Las Buenas noches eran una revisión del día, teniendo como referente el eslogan de la mañana. Se terminaba con una oración de grupo y un canto. No faltaba el abrazo de despedida

Tardes de encuentro.

Una o dos veces por semana se dedicaba un espacio de, aproximadamente, una hora u hora y media a reflexionar sobre temas de interés, según las edades de los distintos grupos. Tenía lugar este encuentro después del ensayo de cantos de la tarde, entre 5 y 6 de la tarde. Para los pequeños se escogían temas sencillos: la amistad, la alegría, los buenos modales etc. Pero a los mayores se les daba la opción de escoger temas de interés que respondiese a sus dudas o preocupaciones. Y ciertamente que los temas que proponían, a veces, eran candentes: la fe, la Iglesia, la sexualidad, el sentido de la vida…

Había que escucharles, primero a ellos, y después darles respuestas que fueran adecuadas a su mentalidad, sin traicionar nuestras convicciones creyentes. Con frecuencia, usábamos en estos debates el sistema de roll-playing: cada uno representaba la manera de pensar de distintas tendencias ideológicas. Aunque, a veces, hubo momentos de tensión en el dialogo, creo que estos diálogos sinceros sirvieron para acercar posturas y esclarecer muchas dudas, típicas de la adolescencia.

Celebraciones de fines de semana.

Los fines de semana, sábado por la tarde, o Domingo, se preparaba con especial esmero la celebración dominical. Cada grupo, por edades, preparaba una parte de la misa, y juntos se ponía especial esmero en los cantos adecuados de la eucaristía, teniendo en cuenta el tema central del evangelio. Si el evangelio proponía una parábola, tratábamos de escenificarla: otras veces invitábamos a que cada no se identificase con los distintos personajes que salían en la parábola, Era sorprendente la imaginación y creatividad que mostraban estos niños y adolescentes

Especial relevancia tenía también el acto de las ofrendas. Con frecuencia se recurría a la escenificación, con canto incluido.

El Padre Nuestro se cantaba con las manos unidas. Un grupo de niños subía al altar para a unir sus manos con las del celebrante.

Y la paz venía precedida por una invitación a la reconciliación con aquellos con los que habían tenido alguna desavenencia. El gesto de la paz era conmovedor y, con frecuencia, producía lágrimas de emoción. Los padres de familia, en el día dedicado al encuentro de familia, se emocionaban hasta las lágrimas.

¡Que distintas serían nuestras misas dominicales si utilizásemos estas dinámicas!

Celebración penitencial.

En la cuarta semana del cursillo, o al final de la tercera, cuando el clima interior de los cursillistas estaba más receptivo a los valores cristianos, había una celebración especial: sí, la celebración del sacramento de la reconciliación. Se ambientaba cuidadosamente desde los Buenos Días. Era creativa, participativa, alegre, como cuando dos amigos del alma se encuentran después de un largo tiempo que no se han visto. El foco de atención estaba en el encuentro, en el cambio a mejor, a partir de lo que hay en mi pasado que no me gusta.

Se tomaban como referencia distintas experiencias, parábolas y representaciones. La dinámica de lo que tengo que destruir, lo que tengo que construir y cómo lo voy a conseguir disparaba la imaginación creativa de nuestros cursillistas hasta límites sorprendentes. Y, desde luego, que el abrazo del perdón y reconciliación provocaba abundantes lágrimas, sobre todo entre los mayores.

Celebración de la luz.

Era una celebración reservada exclusivamente para los mayores, a partir de 15 años; y con la condición de que estuvieran en actitud de búsqueda sincera de autenticidad personal y de sentido de la vida. Por lo cual no siempre era posible esta celebración, que, si se tenía, era dos o tres días antes del final del cursillo.

Tenía seis momentos principales:

1.- Que sientes ante la oscuridad absoluta.

Nos imaginábamos estar a oscuras, en el desierto, sin ninguna referencia de luz, sonido, viento…, nada de nada. Se invitaba a los participantes a expresar en una o muy pocas palabras lo que sentían. Era impresionante constatar los sentimientos profundos de aquellos adolescentes y jóvenes… Las palabras más frecuentes eran miedo y soledad. En algún encuentro, con jóvenes mayorcitos, se dio el caso de que alguien empezó a gritar: “no puedo más, por favor, dad la luz”.

2.- Que sientes cuando, en esta oscuridad absoluta, aparece la tenue luz de una vela.

Se invitaba a fijar la mirada en esa luz tenue, durante algunos minutos. Después expresaban igualmente lo que sentían ante esta nueva situación… Había coincidencia absoluta: las palabras repetidas eran: alivio, compañía, tranquilidad…

3.- Esa luz tenue de la vela, el Cirio Pascual, es Cristo Resucitado…

Eso es lo que celebramos la Noche Pascual: Cristo es la luz que nos hace ver, con nuevas perspectivas nuestra vida: Él es alivio, seguridad, esperanza cierta.

Antes de Él, la vida, el cosmos, el futuro eran inciertos, oscuros, sin rumbo fijo; con Él entre nosotros, todo cambia, vemos hacia dónde vamos, no estamos solos… Estos son los comentarios obvios que nacen espontáneamente desde la perspectiva de nuestra fe.

4.- Comparte la luz de Cristo.

Se invitaba a todos, a cada uno en particular, a escoger a un compañero/a en el que había visto parte de la luz de Cristo: su amabilidad, alegría, servicialidad etc. Encendía su vela del cirio pascual, se la entregaba y le decía que quería compartir esa luz de Cristo con él/ella. Y se daban un abrazo. Todos y cada uno tenía que tener su vela encendida, al final de aquel momento, significando que todos participamos, de alguna manera, de la luz de Cristo, que tenemos que compartir con los demás.

5.- Llevar la luz al mundo.

Cuando todos tenían su vela encendida, se les invitaba a levantarla y contemplar atentamente el espacio (iglesia o capilla donde estaban). Era otra realidad totalmente distinta de la del comienzo de la celebración: la luz de las velas de todos, encendidas, la hacía parecer totalmente iluminada… Era un claro símbolo de la Iglesia de todos, del mundo entero: si todos tuviéramos nuestras velas encendidas y puestas en el pedestal de nuestra existencia, todo cambiaría a nuestra alrededor y en el mundo entero

6.- La luz es salvadora, redentora..

Finalizábamos el acto, colocando el cirio pascual en el centro de la iglesia; alrededor, en forma de cruz, colocábamos nuestras velas encendidas. Contemplábamos la escena un rato… Expresábamos lo que sentíamos: había manifestaciones impresionantes, dignas de enmarcar y guardar en la memoria y en el corazón. Esta contemplación de la cruz iluminada por las velas de todos duraba indefinidamente, Cada uno se retiraba, cuando quería, a dormir, en silencio contemplativo…

La celebración de la luz, con grupos de jóvenes bien dispuestos. es la celebración más impactante que he vivido en mi larga experiencia de dedicación a la pastoral de jóvenes. Guardo de alguna de estas celebraciones recuerdos imborrables; y tengo para mí que hubo verdaderas conversiones de alguno de aquellos jóvenes que las vivieron con intensidad; justo es reconocer, no obstantes, que estas conversiones, en la mayoría de los casos, duraban sólo unos días, como suele suceder en los cambios entre adolescentes.

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