Menú

El día a día en los cursos de inglés Feyda

El día a día en los cursos de inglés Feyda

Horario de la mañana

Mirando retrospectivamente a aquellos veranos inolvidables, sorprende constar que el programa del día a día era de lo más atípico para que aquellos niños y adolescentes terminasen encantados de aquella experiencia, a cuya cita habían acudido medio engañados por sus padres. Veamos.

En los tórridos meses de Julio y Agosto en los que tenían lugar nuestros cursos, a las 8 tocaba levantarse, para tener el desayuno a las 8.30 y el primer acto oficial del día se tenía a las 9. Este primer acto se llamaba Buenos Días; enlazaba con las Buenas Noches del día anterior. Había que cargar las pilas de ilusión y buen ánimo para hacer frente a la dura jornada que venía después. Dedicaremos un apartado especial para hablar de la terapia psicológica que suponía este breve espacio de reflexión y de oración compartida, a primera hora de la mañana.

Las clases comenzaban a las 9.30 y continuaban hasta las 14 horas con pequeños cortes de descanso entre clase y clase. Las primeras dos horas, cuando todavía la mente estaba despejada, se dedicaban normalmente a la gramática; la tercera hora, a ejercicios prácticos y la cuarta, al dialogo y aclaración de dudas,, todo en inglés, claro, porque eran verdaderos cursos de inmersión lingüística aquellos cursos, pioneros en aquella época. Para que los estudiantes se acostumbraran a los distintos acentos y pedagogías, había también intercambio de profesores, en horarios determinados.

Horario de la tarde

Después de la comida, que tenía lugar a las 14 horas, había la posibilidad opcional de una siesta; la otra opción para este tiempo de relax era juntarse en una sala para dialogar o jugar a juegos de mesa especialmente seleccionados: ping-pong, futbolín, ajedrez, damas, cartas etc. Los que elegían la siesta estaban obligados a respetar el descanso de los demás con silencio absoluto. No siempre se respetaban las normas, pero éste era un tiempo de distensión, que calmaba el cansancio y la monotonía de las clases de la mañana. Este rato constituía una auténtica terapia, para los que querían aprovechar este momento, venciendo la tentación de los juegos alternativos. No en vano, la siesta es uno de los grandes inventos españoles: hasta a los inexpertos extranjeros les sienta bien, si se atreven a probar esta nueva experiencia; y baya si lo probaban nuestros amigos irlandeses o de cualquier otra nacionalidad. En cambio, a nuestros niños había que insistirles para que no se perdieran este momento privilegiado de la siesta para relajarse.

La tarde presentaba un panorama totalmente diferente. A las cuatro empezaba el ensayo de cantos. Era no sólo una manera de desperezarse, sino también un método pedagógico de ponerse en marcha en otra dimensión. El canto siempre tuvo una especial relevancia en nuestros veranos. A través del canto se construían amistades, se forjaban ideales. El cancionero de los cursos de inglés siempre fue como una reliquia que evocaba los mejores recuerdos del curso; por eso se guardaban cuidadosamente, y con las correspondientes dedicatorias de los amigos del alma.

A eso de las 4.30, se constituían grupos de trabajo, dentro de los tres o cuatro niveles de diferentes edades. Cada grupo estaba compuesto por 10-12 estudiantes con sus correspondientes monitores de grupo, dos o tres por grupo. La tarea de estos grupos era múltiple: los primeros días se dedicaban, preferentemente, a dinámicas de conocimiento, con el fin de conocerse bien, dentro del grupo, de tal manera que todo el grupo se sintiese unido como una piña, rotas las distancias de las diferencias psicológicas y distintas procedencias geográficas.

Otras veces se dedicaba a preparar la velada o la fiesta de la noche. Una o dos tardes a la semana, se dedicaban a dialogar sobre temas de interés, en línea de búsqueda de valores de la persona, desde una perspectiva cristiana. Esos ratos especiales, en eso días especialmente seleccionados se llamaban Tardes de encuentro. Hablaremos más adelante detenidamente de esta experiencia única de nuestros cursos, como método pedagógico de educación en la fe de niños y adolescentes, en forma dialogada y sobre temas que tocaban la sensibilidad y los centros de interés de aquella audiencia concreta: la relación interpersonal, la amistad, el dialogo, el respeto mutuo y, cuando el clima era propicio, la persona de Jesús como amigo especial, la fe, la iglesia, eran los emas habituales de aquellas tardes de encuentro…

Después de la merienda, que tenía lugar, entre 5.30 y 6.30, mitigado el calor sofocante de la canícula, venían los deportes o la piscina; si la había, en el centro mismo; si no la había en el centro, en el lugar más cercano donde la hubiera. A las 8.30 duchas, y a las 9 la cena.

La fiesta de la amistad de la noche

Uno de los momentos más gratificantes de la jornada era la noche: noches serenas de verano en las que el calor sofocante del día se diluye, y se crea el clima propicio para la contemplación tranquila de la noche, de la luna llena y de las estrellas. Este rato era dedicado a la creatividad, a la fiesta, al baile bullanguero, a la amistad, al diálogo. Ese momento privilegiado tenía lugar preferentemente al aire libre o en el salón de reuniones, si las circunstancias lo requerían. Guardo de aquellas noches serenas los mejores recuerdos, las mejores sorpresas de la imaginación creativa y del humor bien intencionado de aquellos niños y adolescentes, bien conducidos por sus monitores.

Y terminábamos la jornada, entre 11 y 11.30 de la noche con los Buenas Noches, momento en que se serenaban los cuerpos y los ánimos; se centraba la mente en el mejor recuerdo del día y se daba gracias a Dios por todo lo vivido y compartido a lo largo de la intensa jornada. No faltaba el abrazo de paz y de despedida como verdaderos amigos.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Contacto