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Recuerdo agradecido a las personas que labraron e hicieron fértiles los campos de mi vida

Recuerdo agradecido a las personas que labraron e hicieron fértiles los campos de mi vida

Pequeña introducción

Cuando uno va cumpliendo años y ve que quedan menos años de vida de los ya vividos, es difícil no pararse y revisar cómo hemos vivido hasta ese momento y hacer balance sobre ella.

En la vida cuenta mucho la suerte que uno tiene, y gran parte de esa suerte está basada en las personas que, desde nuestro nacimiento hasta la muerte, nos han acompañado.

El árbol de mi vida tiene tres ramas importantes: La familia, la fe, y la comunidad; ninguna de ellas se sostiene sin las otras dos, están indisolublemente entrelazadas entre sí.

La familia.

Nací en el seno de una familia creyente, mis padres eran personas humildes, con cuatro hijos, y en tiempos difíciles; no sólo cumplían las prácticas religiosas, sino que vivían el evangelio acogiendo en casa a los necesitados; con su ejemplo, nos mostraron el mayor tesoro, como es amar a Dios amando y sirviendo al prójimo.

Mi infancia la recuerdo feliz; mi colegio, el Ave-María, en el Cerrico; mis compañeras, al igual que yo, éramos niñas de familias pobres; allí se complementaba mi formación religiosa.

Cuando llegué a la adolescencia me incorporé a mi parroquia para aportar mi grano de arena; también la suerte me acompaño en la elección de marido, mi compañero en la vida; siempre respetó y facilitó el que yo participara en la parroquia, dándome espacio, tiempo y confianza para que pudiera crecer y vivir en aquello que me hacía feliz: “vivir la fe en comunidad”. Él me acompañaba y así educamos a nuestros dos hijos en la fe que nos enseña la Iglesia, en la ternura y misericordia de Dios Padre, la Gloria de la Cruz de Jesús y el esplendor del Espíritu de Amor

La fe

Hoy, a mis 62 años, me pregunto por mi fe, ¿tengo o no tengo fe? He vivido pensando que tengo fe, pero es cierto que mi nivel de fe ha subido y bajado, aumentado y disminuido, según los momentos y circunstancias de la vida, no siempre fáciles… “Llevamos este tesoro en vasos de barro”; es aquí donde entra la tercera rama, la comunidad.

La comunidad

Son las personas que me han ayudado a caminar y sostenido en los momentos difíciles; su fe, testimonio, entrega, y amistad, han sido imprescindibles para que yo siga como buenamente puedo a Jesús. La comunidad ha sido mi segunda familia. Y de ella quiero hablar.

Recuerdo imborrable de gratitud a mi comunidad

El agradecimiento es una virtud del ser humano, especialmente de la gente humilde. En el tiempo de mis padres, aquellos hombres y mujeres no olvidaban aquel que les hacia un favor o un bien; su agradecimiento para con esa persona era de por vida. En cambio, mi generación ha ido perdiendo esa virtud; nuestra sociedad del bienestar es, en general, individualista y egoísta; nos creemos autosuficientes, todo lo merecemos porque es nuestro derecho. Se dice que el agradecimiento es la memoria del corazón, y el refranero, que es la sabiduría popular, dice “que es de bien nacidos ser agradecidos”.

Dios puso en mi camino la comunidad de la parroquia de San Vicente de Paul; desde su sencillez y humildad, han sido un ejemplo a seguir; su presencia y acompañamiento, hicieron que yo quisiera estar allí donde estaban ellos/as, quería parecerme a ellos en su generosidad y compromiso. Los miembros de la comunidad a la que me refiero pertenecen a una generación donde todo ha sido un servir gratuito, con una fe inquebrantable en Dios, y un amor incondicional a su iglesia; ellos fueron los pioneros en la parroquia, generosos en ayudar a los demás, en vivir con alegría y en compartir. En ellas yo sentí, desde el principio, su acogida, sintiéndome privilegiada de estar allí con ellos. Me gustaría recordarlos, para decirles gracias, gracias y mil veces gracias. A día de hoy, ¡como los echo de menos!.

Hombres y mujeres daban catequesis; se ocupaban de la limpieza del templo; los que mejor leían formaron parte del grupo de liturgia, llevaban Caritas; otras cuidaban de la limpieza y plancha de los manteles, albas etc.; bordaron manteles y estolas, fueron varias personas a lo largo del tiempo las que se ocuparon de llevar la contabilidad, otras iban de casa en casa a cobrar la cuota de la gente del barrio; también se visitaba a los enfermos; y algo muy importarte: acogía a los jóvenes que se iban acercando a la parroquia, con todo el cariño y respeto, haciéndonos sentir uno más en la comunidad, animándonos a seguir adelante

Personas especiales que marcaron mi vida

Quiero hacer un recuerdo muy especial de aquellas personas que tuvieron una influencia determinante en mi vida. Quizá no están todas en estos momentos en la recámara de mi mente, pero, en mi corazón, incluyo a todas aquellas que Dios sabe encaminaron mi vida, y me hicieron sentirme feliz.

Estas fueron como los mojones del camino que iban marcando la ruta ascendente de mi caminar por la vida, a través de su entrega y ejemplo de servicio a los demás.

La vida pasa rápida, la huella que dejamos pronto desaparecen, como la huella de una pisada en la orilla de la playa; la iglesia no es una excepción; el trabajo, esfuerzo y renuncias únicamente lo satisface el motivo altruista de dar a conocer a Jesús y vivir su evangelio; me doy cuenta de que a muchas de ellas ya ni se les recuerda. Las últimas personas que han muerto ni tan siquiera se les ha hecho el entierro en la parroquia; y no es que aquellas personas que tanto trabajaron en la parroquia esperaran reconocimiento alguno, en absoluto, pero es de bien nacidos ser agradecidos. “Siempre hay que encontrar el tiempo para agradecer a las personas que hacen una diferencia en nuestra vida”

Y este es mi listado especial de gratitud cordial a las personas que dejaron jirones de su vida al servicio de la comunidad de San Vicente de Paúl

En primer lugar, a los distintos párrocos, paúles y no paúles, que a lo largo de cuarenta y tantos años, con sus diferentes improntas, criterios opuestos, incluso con sus fallos y deficiencias humanas, hicieron viable una parroquia difícll en sí misma, a través de su entrega y servicio abnegado a la comunidad,

Hijas de la caridad, Sor Amalia Encentra y Sor Josefina

Ave Marianas, a Sor Juana

Mercedarias, a Sor Rosario y Sor Josefa.

Y entre los seglares y matrimonios quiero destacar los siguientes

Juan Roncero, encargado del despacho, (también hacía el trabajo de sacristán) y Dolores

Juan Gómez (el primer laico que ordenaron ministro de la comunión en España): llevaba la contabilidad de la parroquia y Antonia Fernández su mujer

María y Pepe

Agustín Mañas (encargado del despacho hace el trabajo de sacristán hasta el día de hoy) y su mujer Rosario García.

Mercedes y Antonio

Fernando Useros y Concha Blázquez.

Vicenta Barceló y Esteban Martínez

Sacra y Juan Piqueras

Felisa del Pueblo y Andrés

Cloti y Martin

Encarna Lorenzo, Pepa Sahuquillo, Pilar Gil, Felisa Sánchez Blázquez, Catalina Ros de Toro,

Chon Soriano López, Loli Gómez, Nati Ramírez y Matilde González

Juan Rodríguez (el chiqui), Juana Sánchez Cuesta, Pepe Moreno y su cuñada Mari Carmen, Lola Arjona, Mª ´Llanos Guerrero, Mary Carmen Davia, Elvira Carretero , Pedro Hinarejos , etc.

Y termino con esta cita (Hebreos,6, 10)

Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún”

Aurora Iniesta

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