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Mis recuerdos de la pastoral penitenciaria de Albacete

Mis recuerdos de la pastoral penitenciaria de Albacete

Por: Javier López, C.M.

Mis primeros contactos

Fue la víspera de la Merced, el 23 de septiembre de 2004, cuando entré por vez primera a la Prisión Provincial de Albacete “La Torrecica”. No era la primera vez que entraba en una prisión.

Durante mi primer destino en la comunidad del Lomo Apolinario de Las Palmas (1991-1994), por lo menos en tres ocasiones, fui invitado por una profesora de nuestro colegio, que además era voluntaria de Pastoral Penitenciaria, para presidir, en dos ocasiones, una eucaristía en el módulo de mujeres y otra vez para concelebrar el día de Pascua. He de decir que la primera vez no fui voluntariamente, me sentí, por así decirlo, “obligado”. No tenían presbítero para celebrar con las internas del “Salto del negro”, y como siempre que requieran ese servicio y yo pueda nunca digo no, pues allí asistí a ejercer el ministerio. ¿Mis primeras impresiones? Temor, ruidos, oscuridad, miradas, cuchicheos, puertas, olores, dolor, miedo, incertidumbre, expectativas… También quedé contento porque por primera vez pude hacer realidad las palabras de Jesús “estuve en la cárcel y me visitasteis”

Pasaron unos diez años hasta que volví a pisar la cárcel, esta vez como capellán y responsable de la pastoral penitenciaria de la diócesis de Albacete. Como Capellanes del centro penitenciario de la Torrecica y responsables del Secretariado de Pastoral Penitenciara, los misioneros Paúles llevamos desde el año 1995. Yo seguí los pasos de mis compañeros Juan José Murillo (D.E.P.) que fue responsable los años 1995 a 1997. Y Juan Bautista Iborra, responsable de los años 1997 a 2004. Un servidor estuvo desde 2004 a 2011. Me sustituyó José Luis Crespo (2011 a 2016) y Fco. Javier Aginako (2016 hasta la fecha de hoy 2021).

Dedicación y experiencias dentro y fuera de los muros

¿Cuál ha sido mi experiencia como paúl? ¿Qué recuerdos guardo? Ufff…, no puedo hablar de experiencia, sino de experiencias…, pero qué difícil me resulta expresar lo vivido en esos siete años. Entiendo que es poco el tiempo (sólo 7 años) que llevaba laborando en esa parcela de la viña del Señor y, por tanto, no es mucho lo que puedo decir; pero también creo que ese tiempo dedicado ha enriquecido y sigue dando sentido e ilusionando mi vocación misionera.

¿Qué he hecho durante este tiempo? Poco, casi nada…, simplemente… estar. Y estar equivale a “perder tiempo”, escuchar, hablar, pasear, jugar, rezar, mediar, reír, sufrir, gestionar… Soy consciente de que el mundo de las prisiones y los presos es un mundo desconocido para muchos, mal visto para otros, necesario, según unos, despreciable para tantos… La sociedad los excluye. Pero ante mí se abrió una realidad nueva, una realidad necesitada de esperanza, de ilusión, de apoyo, de sentido, de lucha… y por tanto de Buena Noticia.

Son varias las experiencias que he tenido en este tiempo y que han hecho de mi servicio como paúl en la prisión una experiencia enriquecedora. Y cuando hablo de prisión tengo presente los frentes en los que he invertido dentro muchas horas en este destino: los cargos directivos, administrativos y agentes sociales, por un lado; por otro, los funcionarios que trabajan en contacto con los presos; y por último y principalmente, los mismos presos.

Aspectos diversos de la pastoral penitenciaria

Mi primer año, prácticamente lo dediqué a conocer el sistema penitenciario para ofrecer un mejor servicio a los internos, que así es como llamamos a los presos. Aunque algunas mañanas me acercaba por los distintos módulos de la prisión para estar con los internos (la prisión de Albacete tiene ocho módulos: cinco albergan hombres, de 40 a 50 internos, cada uno; otro, a unos 15, que prestan algunos servicios; otro es para los enfermos y otro para las mujeres. El número de internos gira en torno a los 300, aunque el edificio está pensado para acoger a unos 150, como máximo… La mayor parte del tiempo la dediqué a familiarizarme y ganarme la confianza de los responsables y trabajadores de las oficinas, y también de los funcionarios que están en contacto con los internos. Logrado este objetivo, me ayudó mucho, a la hora de trabajar directamente con los internos, proponer alguna actividad, requerir alguna información y hacerles llegar algunas de las necesidades que no podrían cubrir si no fuera gracias a la caridad. Sin barreras para moverme por todo el recinto, por todos los módulos, pude conocer y aún seguía conociendo (porque día a día y semana a semana, siempre hay alguien nuevo y alguien que se va o que regresa) a las personas que vivían o subsistían ahí dentro.

Hay un factor común a todo preso, la falta de libertad física. Pero hay presos y presos, presos de primera y presos de tercera… como en toda sociedad, por desgracia. Sin excluir a nadie, pues a todos me debía como capellán, sí que en ese tiempo procuré siempre vivir de acuerdo con mi ser misionero paúl y, sobre todo, estar más cerca de los presos de tercera, que son la mayoría, que son presos pobres; algunos de éstos me han llegado a decir que prefieren estar ahí dentro que fuera, porque fuera no tienen nada… ni a nadie.

Como capellán único, mi dedicación principal era asistir espiritualmente a todos aquellos que lo pedían y ofrecer la posibilidad de recibir los sacramentos. Una vez a la semana, los viernes por la tarde, celebrábamos la eucaristía dominical o una oración en la capilla. He de decir con sinceridad que estas celebraciones las disfrutábamos todos, internos, voluntarias y un servidor. En cada celebración, tras las lecturas de la Palabra de Dios, podía leer en los rostros de muchos, la necesidad de una Buena Noticia como esta: hay alguien que te ama, que confía en ti y que sabe de tus posibilidades. Descubría y me sorprendía al notar la fe sincera y profunda de muchos de ellos. Sabían, se lo recordaba muy a menudo, que Nuestro Señor fue hecho preso, enjuiciado y condenado injustamente, pero, condenado, al fin y al cabo; oyeron también que los apóstoles sufrieron casi todos la misma suerte… y, también eran conscientes de que, a lo largo de nuestra historia, han sido muchos los cristianos presos, y otros tantos los que han intentado dignificar y humanizar este mundo de los presos, entre ellos nuestro querido Vicente de Paúl.

Actividades formativas de todo tipo

Dentro de las limitaciones e incomodidad del lugar (muchas veces se quedaba pequeño), solíamos participar todos de las celebraciones, a través del canto, las oraciones espontáneas, el silencio, la escucha… Cada semana me acompañaban Sor María Josefa, H.C. y un grupo de voluntarias de las AIC (Pepita, Ana, Luisa, Encarna (D.E.P.). Estas buenas mujeres, además de participar de las celebraciones, decoraban el lugar, y repartían caramelos y otras cosas al acabar la celebración… pero lo más importante es el rato de diálogo y de escucha que les dedicaban, haciendo las veces de la abuela que nunca tuvieron o de madres adoptivas.

Los otros días, por la mañana, los dedicaba a “estar”. Las trabajadoras sociales,

psicólogas, educadores… eran insuficientes para tratar, como una persona se merece, a tantos internos y el trabajo se les acumulaba. Muchos sólo querían que se les escuchara, que se les diera algo de atención, que se les mirara a los ojos… sentir que eran alguien. Esa era otra de mis dedicaciones. A través de la escucha pude compartir y conocer algunas de sus historias, sus experiencias, sus frustraciones en la vida, sus caídas y sus sinsabores, sus amores y desamores, sus pocos logros y sus muchos fracasos… Algunos parecía que tiraban la toalla, otros eran más optimistas y alumbraban un futuro mejor.

Mi estar con ellos quiso ser un estímulo positivo, un “se puede”, un “ánimo”, un invitarles a creer que Dios está cerca de ellos, que sufre con ellos, pero que quiere que vivan la vida que Él les ha regalado, y la vivan lo mejor posible; que, si quieren, hay posibilidad de cambio, que no están solos.  En muchas ocasiones hacía también de puente entre ellos y sus familiares, especialmente los que no son de por aquí. Muchas llamadas telefónicas y algunos viajes en coche (la prisión está a cinco kilómetros de la capital y no hay transporte público) para ir a recoger a alguna madre que no tenía medios para desplazarse hasta la prisión y poder ver y besar a su hijo en un vis a vis, después de mucho tiempo.

Muy a menudo visitaba los talleres que se llevaban a cabo dentro de la prisión. Había talleres o proyectos de intervención para los internos, que organizaba la misma Institución (Taller productivo: se confeccionaban toldos para una empresa. Escuela. Cursos de formación específica); otras acciones las realizaban entidades distintas. Y también había talleres que la Iglesia llevaba a cabo a través de voluntarios y trabajadores.

Actividades y talleres especialmente significativos

Cáritas Diocesana desarrollaba varios proyectos dentro del centro; para ello contaba con personal contratado y voluntarios. Taller de encuadernación, donde, con seriedad y disciplina, aprendían un oficio. Taller de manualidades, allí recibían técnicas para confeccionar diversos objetos como pulseras, cajitas, carteras, etc. Asesoría jurídica, donde dos abogados una vez por semana atendían y orientaban a diversos internos que necesitaban de sus servicios como letrados.

Un grupo de cristianos de Justicia y Paz, entre las que se encontraban Juanita, una seglar comprometida, y Elía, religiosa de las Hermanas Carmelitas del Sgdo. Corazón de Jesús, desarrollaba dos tipos de acciones. Por un lado, un taller de informática; por otro, un taller de comunicación para extranjeros, donde comunicaban a los demás su situación, expresaban sus miedos y peticiones, y se sentían acompañados por gente de esta ciudad y de este país.

La Capellanía puso en marcha un taller de iniciación a la lectura y de comunicación oral que, hasta la llegada del Covid 19 (que ha parado tantas iniciativas de intervención) Aurora y Tere, seglares de la parroquia de San Vicente de Paúl, han mantenido vivo y con mucho interés y frutos, y muy bien considerado por la dirección y subdirección del Centro. También se puso en marcha por esa época un taller (por llamarlo así) de catequesis a las que invité a poner en marcha, a las Hermanas Mercedarias de la Caridad en la persona de Sor Emilia y sor Carmen y en dos seglares: Amparo y Juanma.

Una de mis dedicaciones, esta vez como encargado de la Pastoral Penitenciaria de la diócesis, era servir de puente y de unión entre unas y otras entidades y tratar de coordinarnos y conocernos mutuamente. Para ello, como es lógico, teníamos algunas reuniones durante el año. Era gozoso constatar cómo cada persona y grupos dedicados a tratar con los internos se esforzaban por hacer más digna la vida de los presos y humanizar un poco la prisión. Y, a pesar de la autonomía que cada congregación, instituto, asociación tiene por derecho propio, nos sentíamos, a través de la coordinación, del conocimiento mutuo, del respeto y la estima de lo que cada uno realizaba dentro y fuera de la prisión… nos sentíamos, digo, presencia de Iglesia de Cristo en ese trozo de la viña.

Un Campo de evangelización hacia dentro y hacia fuera.

El ejercicio de mi ministerio en el mundo de la prisión abrió ante mí un campo maravilloso de evangelización, que no quedaba sólo dentro de los muros y rejas de hierro.

La Pastoral Penitenciaria no abarca sólo el recinto penitenciario y sus habitantes, también pretende actuar sobre los excarcelados e incidir para prevenir a los posibles y futuros candidatos a la cárcel. Había toda una labor de coordinación con otras entidades de dentro y fuera de la Iglesia para llevar a cabo proyectos que favorecieran la educación, la integración, la responsabilidad personal y el trabajo.

Estas y otras han sido mis dedicaciones y en todas ellas procuré dejarme conducir por el Libertador de Nazaret, e intenté ser presencia suya en todo este mundo. Sé que quedó mucho por hacer y por estar, pero lo que hicimos, acompañado de tantos voluntarios y voluntarias excepcionales, mereció la pena y colmó nuestro compromiso de ser Buena Noticia de Jesus, Liberador de los pobres.

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