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María y los jóvenes (primera parte)

María y los jóvenes (primera parte)

Primera parte: los variados rostros de los jóvenes que hacen brillar la luz en la tiniebla

La fuerza irresistible de los jóvenes

“Eres tan joven amigo como joven es tu fe. Si te dominan las dudas has entrado en la vejez. Eres tan joven, amigo, como esperanza posees, tan viejo como tristeza. Eres joven mientras abras de tu alma las ventanas a lo bueno y a lo grande, mientras escuches con calma el mensaje de las flores, el mensaje de las almas, el mensaje del Señor.

Si sientes que al corazón llega el mordisco roedor del oscuro pesimismo, o el cinismo te invadió, que Dios se apiade de ti, Dios cure ese corazón que comienza a envejecer” (Douglas McArtur)

Bien podemos situar a María en este contexto. Ella es el cauce, el símbolo de lo que representa la juventud de hoy y de siempre, la meta soñada de los jóvenes que se precien de serlo.

Ocultas bajo la costra oscura de las apariencias externas, hay en los jóvenes, incluso en las épocas decadentes de la historia, valores y aspiraciones que les empujan a superar la realidad circundante que no les gusta. En lo profundo de su ser florecen espontáneas la ilusión y la esperanza de superación, el impulso de ir más allá del horizonte, de la cima de al lado. Se lleva en la sangre, en el ardor y fuego que quema la escoria de lo humano y rutinario. Es lo que caracteriza a la juventud de siempre, si no, no sería uno joven. Esta energía interior, estos impulsos vitales son como las flores de primavera que alegran la vista del caminante, como el perfume que purifica el ambiente de nuestro mundo.

Ambivalencia del poder transformador de la juventud

Este poder trasformador de la juventud es plurivalente. Los poetas dicen que hay en el hombre un ángel bueno y otro rebelde. Esta doble realidad se hace más patente en los jóvenes. A veces las aspiraciones de los jóvenes son equivocadas o torcidas, incluso egoístas, pero en medio de los avatares de la vida, permanece siempre el ángel bueno, el ángel de juventud que les acusa cuando no son fieles a ellos mismos, que les impele constantemente a lo bello y a lo noble, a lo arduo y difícil. Este reto permanente de conquista que constituye la auténtica juventud, es la fuerza que mueve al mundo.

Alguien ha definido al ángel bueno como el compañero difícil, siempre a nuestro lado, con la pistola de la verdad en la mano, acusando, sin piedad, nuestras deficiencias, eterno inconformista con lo vulgar y prosaico. Pero él nos estimula también con la fuerza del bien que se esconde en el corazón de los jóvenes. A lo ya señalado podemos añadir, sin temor a equivocarnos, la tendencia de los jóvenes a la sinceridad, al inconformismo con lo injusto y con lo innoble, la inquietud y la lucha por la justicia, por el mejor reparto de los bienes comunes de nuestra sociedad.

Los jóvenes en el espejo de los mayores.

Primera línea de conflicto.

Los mayores acusan a los jóvenes de hoy de superficialidad. En el momento crucial como en el que estamos viviendo, en el que peligran los más altos valores del espíritu y todo se mira bajo el punto de vista materialista y hedonista, los jóvenes , en la visión de los mayores, siguen bailando su vida con ritmo yeyé, despreocupados por completo de la realidad que los rodea.

Esta acusación, es sin duda, exagerada porque en ninguna otra época estuvo la juventud tan metida en el ritmo de la vida y de la historia, nunca tan preocupada por transformar este mundo injusto en que nos movemos, ni nunca fue la juventud tan inconformista con las formas y posturas sociales caducas.

Pero, sin embargo, la acusación tiene un fondo de verdad, especialmente en lo que se refiere a cierto tipo de jóvenes. Todavía un buen porcentaje de nuestros jóvenes viven ensimismados en un mundo de cristal, aislados por completo de los problemas acuciantes de hoy, inmersos en el mundillo superficial de la última moda, de la estrella o del artista que priva, del disco más moderno, de la canción que triunfa y de otras mil cosillas banales e intrascendentes. Otros, quizá en menor número, se entregan a un esnobismo desenfrenado, y, a veces, brutal.

Pero, siendo equilibrados, parece del todo injusto que estas minorías, por ser ellas las que más gritan, impongan el tono de la crítica, a la hora de juzgar a la juventud de hoy.

Segunda línea de conflicto.

Se acusa a la juventud de hoy de connivencia con lo fácil: “no sabéis lo que es luchar, ni tener necesidad, ni sufrir”, les acusan los mayores, jactándose de su glorioso heroico pasado. Quitando lo de la jactancia y suavizando el tono de voz, no podemos rechazar de plano esta acusación de nuestros mayores; ciertamente aquellos eran oros tiempos, y el confort, los mil modos de diversión de hoy y otros tantos de comodidad y facilidad que ofrece la vida de hoy van distendiendo, poco a poco, casi sin darnos cuenta, nuestro cuerpo, y adaptándolo a lo fácil y confortable.

Pero, mirando con profundidad, con ojos limpios, todavía hay jóvenes, quizá son la mayoría oculta, silenciosa, en los que brilla el espíritu del esfuerzo y del sacrificio, la generosidad en la entrega al servicio de los demás. Ellos constituyen el gran mensaje de esperanza a la sociedad maltrecha de hoy.

Se acusa a los jóvenes de hoy de egoísmo e insolidaridad. Y tampoco podemos desentendernos el todo de esta acusación, aunque no sea privativa de los jóvenes. Y esto, a pesar de que hoy más que nunca los jóvenes se sienten comprometidos en la lucha por la justicia y la igualdad. Sin embargo, quizá son muchos los que enfocan el planteamiento de un mundo mejor desde el estrecho ángulo de sus intereses particulares o regionales. Es preciso ampliar horizontes, potenciar el esfuerzo impregnándolo de espíritu evangélico.

Tercera línea de conflicto.

Se acusa finalmente a los jóvenes de hoy de impudor y de libertinaje y ambas falsean el sentido de la amistad y del amor. No cabe duda de que los jóvenes de hoy, ellos y ellas, sobre todo éstas, van perdiendo, a ritmo acelerado, ese sentido íntimo de timidez recatada que les hacía cambiar de color del rostro ante un piropo o lisonja, aunque fueran bien intencionados. Tampoco se puede negar que las chicas de hace poco tiempo tenían un sentido del pudor en el vestir mucho más acusado que hoy. También hay que aceptar que los jóvenes de antes eran mucho menos libres en la relación con las chicas que los de hoy.

Pero es justo preguntarnos: ¿Son ellos y ellas los principales responsables? ¿No flota en el ambiente, en el aire que ellos y ellas respiran, un erotismo morboso, a través de revistas, periódicos, libros, internet, medios de propaganda y de publicidad, cine,…, que los hace más bien victimas que protagonistas de los vicios de los que se les acusa? No trato de disculpar a los jóvenes. Solo intento responsabilizar a los verdaderos protagonistas de esta decadencia de costumbres que amenaza ruinas. El que de nosotros esté libre de culpas que se ponga la mano en el pecho.

Sin embargo considero importante detenernos en la última acusación que se lanza contra los jóvenes de hoy: falsean el sentido de la amistad y del amor. Tal vez pueda parecer dura esta acusación sin paliativos, pero lo que sigue a continuación son simplemente las conclusiones de encuestas recientes entre chicos y chicas. Ellos y ellas insinúan en las respuestas lo que sigue.

En las relaciones entre chicos y chicas no se busca al otro sexo por lo que supone de complemento, de enriquecimiento de la propia personalidad masculina o femenina; ni tampoco por un afán noble de diálogo y conocimiento mutuo, encaminados a una elección consciente y responsable del que será el compañero o compañera de la vida. En el mejor de los casos se busca al otro sexo por la tendencia a lo fácil, con la intención casi exclusiva de pasarlo “bomba” o “guay”, como suele decirse entre ellos.

La mayoría de las veces se busca el “flirteo” que podríamos definirlo con Paul Bourset como “Una broma peligrosa, un amor sin amor…, placer de bordear el peligro, amistad sensual. Es el galanteo sin otro fin que el galanteo; el amor pasatiempo que no llega a comprometerse nunca seriamente ni en una auténtica amistad, ni mucho menos en un amor serio hacia el matrimonio”.

Por desgracia van siendo cada vez más frecuentes las relaciones irresponsables de los jóvenes en las que no se busca más que la aventura de las peores intenciones, el “experimento” del peor nombre. Así, no es de extrañar el escalofriante número de matrimonios fracasados al cabo de pocos años de convivencia en pareja, hayan o no hayan pasado por la iglesia.

Y la luz brilla en la tiniebla

Pero, al lado de estas aventuras por caminos sinuosos de alto riesgo, todavía hay jóvenes, ocultos en la neblina del ambiente, que emergen con luz propia y se lanzan, sin miedo, a la búsqueda de otros horizontes: denuncia de la injusticia de cualquier tipo que sea, compromiso de servicio a los necesitados, grupos de reflexión, voluntariado en misiones o en tareas de catequesis o de evangelización en parroquias. Quizá no son tan pocos como parece. Ellos y ellas son el nuevo reto de la Iglesia emergente en nuestra sociedad decadente.

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