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María, modelo de nuestra fe (3ª parte)

María, modelo de nuestra fe (3ª parte)

Tercera parte: María Madre de los creyentes   

Podíamos parangonar todavía la fe de Abraham con la fe de María, no con ánimo de eclipsar la fe del patriarca que la Escritura proclama padre de los creyentes, sino para exaltarla más aún, puesto que María es la hija más preclara de Abraham: en ella alcanza su plenitud total la fe del padre de los creyentes.

En tres circunstancias especiales de su vida resalta con inusitada claridad la fe de Abraham: salida de Ur, nacimiento de Isaac y sacrificio del hijo de la promesa. Vamos a analizar brevemente cada una de estas circunstancias.

“Yo hare de ti un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre”, le dice Dios. Pero, entre tanto le manda abandonarlo todo: “Deja tu país, tu parentela, la casa de tu padre”. Abraham ignora el destino que le señala la llamada porque Dios solo le hace una vaga indicación: “sal hacia la tierra que yo te mostrare”. Pero, Abraham obedece sin dudar “Partió como le había dicho Yahvé”. Desde la primera llamada la fe de Abraham obedece sin dudar.

“Desde la primera llamada la fe de Abraham aparece como el asentamiento de toda una vida, en una maravillosa audacia de humildad y confianza. Dios se revela y ofrece su promesa; Abraham obedece y ofrece su fe. Yahvé se convierte en el Dios de Abraham, y Abraham, por su parte, en el hombre de Yahvé. Por este acto Abraham implico su vida entera en un compromiso indisoluble con Dios. Su fe emprende, a partir de este momento, un camino ascendente vertiginoso.

Dios llama de nuevo a la puerta de Abrahan. `Él y su esposa, Sara, están ya cargados de días, (alrededor de los 75 él y 65 ella), y ahora, en su ancianidad, Dios les anuncia que van a ser padres de multitud de pueblos. Segunda aceptación sumisa de la palabra de Dios por parte de Abrahán.

Por tercera vez, Dios llama a la puerta de Abrahán. Y esta vez llama más fuerte. “¡¡¡Abrahán, Abrahán!!!”. Él respondió: “Heme aquí”. Dios dijo: “Toma a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y marcha a  la tierra de Moriah, para que me lo ofrezcas en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré”

Dios se complace en recalcar “a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac”, para que no haya posibilidad de confusión. Y la fe de Abrahan se acrisola. Abrahan no defrauda a Dios. No duda. No ve contradicción en que Isaac sea el hijo de la promesa, el llamado a perpetuar su nombre en multitud de pueblos, y el mandato de Dios de sacrificarlo. Dios tenía poder para resucitar a Isaac o suscitar otro Isaac del tronco seco de Sara.

Pero la fe de Abrahán alcanza su plenitud total en la fe de María. Con su “Fiat” de la Encarnación  no solo abandona su tierra, su parentela y la casa de su padre, ella entera se abandona a  sí misma para entregarse toda entera, con alas de sumisión al beneplácito divino. Ella no concebirá en la ancianidad, pero el fruto de sus entrañas será hijo de virginidad.

A ella también, como a Abrahán, se el pedirá el sacrificio de su Hijo, pero, con una diferencia, que Dios  no se arrepentirá y le perdonará la vida como a Isaac, sino que le exigirá la consumación del holocausto en el Calvario. Y allí estaba María, de pie, con más entereza que Abrahán camino de Moriah, dando el sí total al plan de Dios, hundiendo su voluntad en la del Padre.

María es pues, con mucha más razón que Abrahán, Madre de los creyentes.

 

 

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