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María, Madre de Dios y Madre nuestra

María, Madre de Dios y Madre nuestra

María en su contexto teológico.

“El conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María constituirá siempre una clave para la exacta compresión del mister¡o de Cristo y de la Iglesia” Pablo VI.

María fue siempre “actualidad” para el pueblo cristiano. Pero, podemos decir que, a partir de estas palabras de Pablo VI, se ha iniciado oficialmente una nueva etapa de esperanzas primaverales, en el desarrollo del culto de María. Al entroncar el misterio de María con el misterio de Cristo y de la Iglesia, la figura de María crece, se enriquece con una nueva savia, a la vez que pierde las escorias de muchas devociones populares, sin suficiente fundamento teológico.

No presentamos a María como una estatua de mármol fría y sin vida, envuelta en resplandores, encumbrada en la cima de sus privilegios, a donde nunca podremos llegar los humanos. Al intentar descorrer el velo del misterio, queremos presentar el rostro de María, resplandeciente, sí, y en toda su virginal belleza, pero, a la vez, asequible a las humanas miradas; que no nos deslumbren los destellos divinos de sus ojos, sino que sean antorcha encendida, luz de nuestro camino; y las facciones de su rostro, molde en que encajen nuestras humildes vidas peregrinas.

Madre de Dios.

Este título es la primera piedra de ese majestuoso templo de Dios que es María. En realidad es la piedra angular en la que se apoya todo el edificio, desde el cimiento hasta la bóveda. el arco maestro en el que descansan los muros, para que no se desgajen como rosa marchita. Maria y su privilegio de ser Madre de Dios se implican de tal forma que uno está en función del otro. María no hubiera existido, si no hubiera estado predestinada a ser Madre de Dios: su figura no tendría sentido ni relieve en la embrollada historia de los hombres, si no fuera por su divina maternidad. Precisamente, por esta elección de Dios para la divina maternidad, se hace acreedora a todos los privilegios que el amor encendido de un hijo, que es Dios, puede imaginar.

Resumamos esta pequeña gran historia. En los albores de la humanidad, en aquella tarde oscura en que el hombre y la mujer rompen la primera amistad con su creador, Dios, en un arrebato de amor, juró construir un puente que uniese de nuevo los dos extremos del abismo, Dios y el hombre. Juró que la descendencia de la mujer, aplastaría la cabeza de la serpiente, triunfaría de forma absoluta sobre el mal, restablecería la unidad perdida entre Dios y el hombre.

Y llegó la plenitud de los tiempos, y la tierra de los hombres floreció: Cristo habitó entre nosotros; Dios verdadero, nacido de entrañas de mujer, Cristo, Dios y hombre, nació de María, según las leyes ordinarias de maternidad, que rigen entre los hombres, salvo en el instante de la concepción, que se realizó sin concurso de varón. María es pues, en sentido propio, Madre de Cristo, que es, a la vez, Dios y hombre. Luego podemos llamarla, con toda propiedad, Madre de Dios.

Madre nuestra, por ser puente entre Dios y los hombres.

Cristo es el puente, pero María es la base, la cabeza de este puente. Cristo, al unir en sí mismo la naturaleza divina con la humana, restablece, con solidez irrompible, la amistad del hombre con Dios. Pero, María, de nuestra pura raza, hace esta unidad entre Dios y los hombres más asequible. Aún más, podíamos decir que Cristo es puente, entre Dios y los hombres, por derecho propio de naturaleza, y que María es puente por elección divina, ya que, por su divina maternidad, participa de la infinita hermosura de Dios y, a la vez, tiene sus raíces en la humilde descendencia de Eva.

El puente sólo pudo ser ella. Por ser Madre de Dios tendría toda su hermosura, y por ser mujer, con un padre y una madre que le dan su nombre, encuadrada en una familia, crecería entre nosotros, y, entre uno y otro extremo, tendería un arco de ternura y compasión, para que nosotros llegáramos por él a los brazos de Dios.

María es real y verdaderamente Madre de Dios. Esta verdad que el pueblo fiel proclama con gozo tiene el refrendo de la Sagrada Escritura y de la Tradición: “El Espíritu Santo, dice el ángel a María en la Anunciación, vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Hijo engendrado será llamado Santo, Hijo de Dios” (Lc. 1,35). Y San Pablo dice en la carta a los Gálatas (4,4): “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley”. El concilio de Éfeso rubricó estos textos y la Tradición unánime de los Santos Padres, condenando solemnemente la herejía nestoriana, que negaba la divina maternidad de María.

María es Madre nuestra por ser Madre de la Cabeza del Cuerpo Místico de Cristo.

A pronunciar su “fiat”, María no solo comenzó a llevar a Cristo en su seno, sino que nos concibió también a nosotros espiritualmente. Desde el primer momento comienza a llevarnos en su seno, dice San Anselmo. Y esto, sencillamente porque María se hace Madre de Cristo, por su fiat, y Cristo es cabeza de su Cuerpo Místico y nosotros somos sus miembros; no puede una mujer ser madre de la cabeza y no serlo de los miembros; porque es madre del autor de la gracia, que nos da la vida nueva; porque, por la gracia santificante que ella nos entregó en Cristo nos hacemos hermanos de Cristo: Cristo es el primogénito y nosotros los hermanos menores.

Las palabras de Jesús en el Calvario, al entregarnos a su Madre por nuestra madre no fueron más que la proclamación pública de una realidad que ya existía antes. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que María hubiese sido igualmente nuestra madre, aunque la muerte le hubiese sobrevenido antes de poder asistir a su Hijo en el Calvario. Expresándolo de otra manera podemos afirmar que María nos dio a luz, con gozo inefable en el parto, y nos alumbró con tormento indecible en el Calvario, corriendo esta vez la suerte de toda mujer: “darás a luz con dolor”.

María es pues Madre de Dios y madre nuestra. Madre de Cristo, según la naturaleza, madre nuestra según el orden de la gracia. Esta maternidad espiritual de María no es mera adopción. La maternidad adoptiva crea solo un vínculo legal, mientras que la maternidad de María, en el orden de la gracia, es real y efectiva.

Hay que decirlo abiertamente, para que la alegría no se nos agriete nunca: María es más madre nuestra, en el orden de la gracia, que nuestra madre biológica en el orden natural.

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