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María de Mayo

María de Mayo

Para los que viven en las antípodas del continente europeo, y más allá de nuestros paralelos del globo, este título puede resultarles extraño y hasta chocante. ¿Qué tiene de especial este título dedicado a María? ¿Por qué llamar a nuestra madre María de Mayo y no Maria de Enero o de Marzo o de cualquier otro mes del calendario? Que la llamen así los que tienen experiencia de otros mayos que florecen en otros meses del año. Los de aquí, los de este lado del mapa, Mayo seguirá siendo el mes de María, el mes de las flores a porfía para ofrecer a María, al menos en el subconsciente de nuestros mejores recuerdos.

Digamos, para empezar, que esta expresión es una alegoría, o, si se quiere, una parte de memoria histórica. Para los que vivimos en este hemisferio del planeta y más concretamente para nuestra España creyente de antaño, Mayo es el mes de la plenitud de primavera, el mes de las flores, el mes de los jardines y los campos florecidos, el mes del canto alegre de los pájaros, el mes de las lluvias fecundas, el mes de las ilusiones luminosas, el mes de las noches de ensueño…

Para los que vivimos los recuerdos de una infancia lejana, difícil, pero esperanzada, de una religiosidad tradicional, pero ilusionante, el mes de Mayo nos trae recuerdos imborrables. Mayo era entonces el mes de María, el mes en que nuestra religiosidad infantil se desbordaba para honrar a María, la Madre de Jesús y nuestra Madre.

Las familias sencillas de pueblo, educadas en la religiosidad popular de la posguerra, favorecían y acogían con gusto el culto a María. Las parroquias organizaban actos de culto especiales en honor a María, en este mes de Mayo: casi todos los templos desde los más pequeños a los más grandes, experimentaban una crecida notable de fieles;. Al amanecer, los “auroros” y los “mayos” rompían el silencio sereno de las calles vacías. Y los sábados, el rosario de la aurora perfumaba la atmósfera con sus cantos alegres y cargados de esperanza. ¡Qué tiempos aquellos, aunque hoy los veamos con otros ojos y los tildemos de primitivismo religioso!

Había cantos marianos que se clavaban en la imaginación infantil, en las madres y hasta en los hombres rocosos, y que todavía están en nuestro subconsciente religioso: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que madre nuestra es”; “Cuantas veces siendo niño te rece…”; y otros parecidos… Son ejemplos típicos de la época.

Pero, volvamos a la simbología del clima y de la fecundidad de la naturaleza que se manifiesta esplendorosa en este mes de Mayo en nuestro continente y, más en concreto, en nuestra España.

María es lluvia fecunda que llena de esperanza los campos secos de nuestro desierto, que nos hace soñar con una cosecha más allá de las expectativas normales, en nuestro devenir por la vida.

María es también el canto alegre en el amanecer de nuestras búsquedas, de nuestras incertidumbres, de nuestras dudas y zozobras, de nuestras expectativas fallidas; el eco de la montaña que nos hace ver y oir más allá de lo que alcanza a ver nuestra retina y nuestros oídos abiertos.

María es la flor que perfuma nuestro jardín otoñal, el color tibio teñido de amarillo, al atardecer de nuestras vidas, que todavía exhala esencias de esperanza y ganas de vivir. Ella es símbolo de atardeceres serenos que evocan vidas gastadas al servicio de los demás y que invitan a una nueva vida sin ocaso.

María es la luz rojiza del amanecer que anuncia un nuevo día, que disipe las tinieblas de nuestras cegueras e inseguridades. Es la estrella polar que siempre nos conduce al norte del encuentro con su hijo Jesús, centro y seña del camino que nos conduce a la nueva vida que alumbra a los demás.

María es el camino seguro, recto y sin recovecos, que nos conduce, a través los avatares de nuestra existencia, a la cima de la perfección que desemboca en su hijo Jesús. Ella como nadie sabe escucharle en silencio creativo y en perfecta harmonía interior, de disponibilidad y de servicio a los más humildes. Ella es la humilde esclava, en permanente búsqueda de la voluntad de Dios.

Ella es el tronco del árbol rocoso que no se tambalea al soplo de los vientos que corren, ni a la voluntad de los poderosos que oprimen y destruyen; ella es la pequeña y humilde sierva del Señor que denuncia, valiente, la injusticia y se declara en permanente lucha en favor de los pobres y oprimidos de esta tierra, que denuncia, impávida, los excesos dominantes de los dueños de esta tierra. “El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

Ojala, este mes de Mayo nos ayude reverdecer tantos recuerdos fecundos de nuestra juventud en ciernes, de nuestra piedad infantil, de nuestras esperanzas en flor de otros tiempos que nos hacían soñar.

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