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La eutanasia, a la luz de la razón iluminada por la fe

La eutanasia, a la luz de la razón iluminada por la fe

Una llamada a la sensatez.

Ante problemas humanos serios, lo primero que hay que hacer es serenar la mente y el corazón, controlar los primeros impulsos, el sentimentalismo simplón y las corrientes manidas de opinión, movidas, con frecuencia, por ocultos sibilinos intereses, ideológicos o crematísticos.

Digamos, sin ambages, eso sí, que no se puede criminalizar, a priori, al que está a favor de la eutanasia regulada legalmente, ni ridiculizar al que se opone frontalmente a la eutanasia, como si fuera un insensato, anclado en no se sabe que tabúes del pasado, insensible al dolor humano, desconocedor de los avances del progreso y de la ciencia. En ambos casos, habrá que suponer una buena voluntad que busca ante todo el bien mayor del enfermo, por distintos caminos.

Pero tengamos también en cuenta los trucos del lenguaje, los eufemismos y palabras bonitas que camuflan realidades ontológicas y éticas que no aguantan que se llamen por su nombre. Es difícil, a veces, distinguir lo verdadero de lo falso, los conocimientos realmente científicos de las corrientes de opinión, aireadas alegremente por las redes sociales, que lo invaden todo. En todo caso, habrá que armonizar la ciencia y las razones éticas y morales. Por otra parte, la experiencia nos enseña que todavía hay zonas oscuras en el ser humano que ni la ciencia ni la simple razón alcanzan a esclarecer del todo. Para los creyentes, seguidores de Jesús de Nazaret, la fe es un plus que ilumina la razón.

Lo que dice la experiencia

He vivido, in situ, las campañas en favor del aborto en Inglaterra, en Francia y en España. Con tristeza tengo que confesar que en todas ellas he notado las mismas exageraciones, mentiras e hipocresías. Apelan al sentimiento de la compasión y de la ternura hacia personas en casos extremos: casos de violación, peligro de la vida de la madre; también, claro, a los avances de la ciencia, como que el embrión, en sus inicios, es solo un conglomerado de células etc. Y en todos los casos el resultado ha sido el mismo: lo que, a primera vista, parecía emocionalmente asumible ha sido desbordado por los hechos. En la práctica, en los países llamados desarrollados y progresistas, el aborto libre y gratuito es como un signo de distinción, hasta llegar a abortos a la carta, y a empresas lucrativas del aborto; y no solo en los primeros meses, sino hasta los 6 y 7 meses. Eso en el mundo desarrollado y cristianizado. Y así, lo que supuestamente pretendía evitar un mal, se convierte en un mal mucho mayor.

Los millones de abortos anuales, en el mundo civilizado, que podían y debían haberse evitado, claman al cielo. Y, sin embargo, respondemos con el silencio cobarde y culpable de las mayorías. Recomiendo leer con sentido crítico el informe contenido en la película “Planned parenthood” (en sentido coloquial inteligible, “La planificación familiar”), recientemente estrenada, denunciando estos hechos delictivos.

Hay casos especialmente sangrantes; son aquellos en los que los hechos consumados pretenden disfrazarse de científicos. Seguí con verdadera pasión los debates del doctor Jerome Lejeune, contra los abortistas de su tiempo. Este eminente doctor, descubridor del cromosoma 21 que define el síndrome de Down, fue un gran humanista y, en palabras de Juan Pablo II, “el más grande defensor de la vida” Sus posiciones en este sentido le costaron el premio Nobel y le avocaron al ostracismo más absoluto.

Sus investigaciones científicas, con otros compañeros eminentes, le condujeron a rebajar considerablemente el tiempo necesario para la “formación del cuadro genético”, es decir, el del momento en que el embrión contiene en sí mismo todo lo que potencialmente va a ser ese ser humano. Hoy, se defiende científicamente que ese cuadro genético está ya formado, aproximadamente, al mes de su concepción, con otras palabras, que es desde ese primer mes, un ser humano en pleno desarrollo de sus potencialidades.

Lejeune no se amilanó ante sus colegas proabortistas. Valientemente les echó en cara sus mentiras y sus ocultos intereses inconfesables. Abiertamente les fustigaba así: «Decid mejor que ese niño os molesta y que por eso preferís matarlo, pero decid la verdad. La “cosa” en cuestión es un hombre, no un amasijo de células… » Con sus palabras, el genio científico anticipaba el genocidio del que son víctimas los síndrome de Down.

La eutanasia al desnudo, en su cruda realidad, sin eufemismos.

Aunque nos cueste aceptarlo, envueltos en las neblinas del pensamiento dominante en estos momentos, el planteamiento de la eutanasia tiene bastante parecido con las campañas agresivas en favor del aborto, en nuestro pasado reciente. Ante todo se presenta como un derecho inalienable de toda persona racional a una muerte digna, en circunstancias irreversibles del sufrimiento humano. Es indigno del ser racional mantener una vida no querida, en medio de unos sufrimientos atroces e irreversibles…. Ese es el eslogan publicitario masivamente aceptado en nuestros días y en nuestra sociedad. Pero se empieza por casos extremos que mueven a la compasión y a la ternura y se termina con la píldora letal, libre y gratuita, a partir de cierta edad, prácticamente a demanda, porque el que decide sobre la vida y sobre la muerte es la persona y su entorno…

El asunto se presta para largos debates. Me limitaré a señalar algunos puntos que me parece que no pueden soslayarse alegremente.

  • Difícilmente podemos aplicar en este caso el principio de mal menor: más vale una muerte digna que una vida indigna, que subyace en los defensores de la eutanasia. ¿Quién determina en estos casos lo que es digno e indigno? ¿Puede llamarse digno eliminar, directa, libre y conscientemente una vida humana?
  • La eutanasia envuelve en si misma el riesgo de imponer la ley del más fuerte, que desemboca en principios nacistas; en un conflicto de derechos y deberes siempre prevalece la fuerza del que decide.
  • Tampoco vale el consentimiento libre del enfermo cansado de vivir. Es muy cuestionable que ese consentimiento sea realmente libre en un contexto de decaimiento anímico depresivo del enfermo. De hecho, se dan muchos cambios de ánimo.
  • En muchos casos, la decisión del enfermo depende en gran parte del contexto relacional que mantenga con los suyos. Si el enfermo se siente querido, arropado y animado por los suyos es fácil que se mantenga en la esperanza, fortalecida su voluntad contra decisiones irreversibles. Yo mismo he sido testigo presencial, en mi servicio pastoral con los enfermos, de este fortalecimiento interior: personas al borde de la desesperación que se han mantenido firmes en la esperanza, con mi acompañamiento y palabras de ánimo. Y después me lo han agradecido efusivamente.
  • Se han dado casos de enfermos desahuciados que han revivido de manera incomprensible, científicamente inexplicable. Mientras hay vida hay esperanza; en todo caso el deber de la ciencia es seguir investigando. La ley de la eutanasia conduce inexorablemente a la aplicación rápida de una decisión irremediable que implica reducción del interés para seguir investigando. Todavía queda mucho por hacer en el desarrollo y aplicación de los remedios paliativos. Todavía queda el recurso de la suspensión de procesos curativos prolongados indefinidamente, que implican gastos insostenibles. Cualquier cosa menos cortar directamente una vida.
  • Nunca el fin justifica los medios: eliminar el dolor nunca puede prevalecer sobre el derecho inalienable a la vida. Romper la frontera de los principios absolutos como el que Dios es el único dueño de la vida y de la muerte lleva a planteamientos de incalculables consecuencias irreversibles. Soslayo el problema de la justificación de la pena de muerte que nos llevaría también muy lejos. Sostengo, no obstante, que en el actual momento de desarrollo humano, científico y teológico ese pretendido derecho de la pena de muerte es muy cuestionable, digamos, abiertamente, que es insostenible.
  • Los votos de las mayorías populistas no hacen bueno algo que es intrínsecamente malo en sí mismo, como es eliminar libre y conscientemente una vida. En los gloriosos tiempos de la revolución francesa hubo un pueblo que sometió a votación la existencia de Dios. Y decidieron por mayoría absoluta que Dios no existía. Todos quedaron tan contentos. ¡Y desde aquel día Dios no existía en aquel pueblo, por mayoría absoluta de votos! Tanto vale un voto cuanto vale el principio intrínseco en que se apoya
  • Tampoco los eufemismos hacen recto algo que es en sí mismo malo. De muerte digna, nada de nada. Toda muerte provocada directamente es indigna, llamemos las cosas por su nombre, como decía el doctor Lejeune.
  • La eutanasia degrada la profesión médica que, por su juramento hipocrático implícito, se comprometen a ser defensores y luchadores en favor de la vida no destructores de la misma.
  • Todos estos principios son igualmente válidos para creyentes y no creyentes, ateos, agnósticos, no practicantes, porque se apoyan en principios racionales, éticos y morales universales. Romperlos unilateralmente implica romper los principios básicos de convivencia pacífica entre todos los componentes de la especie humana.
  • Para los creyentes, seguidores de Jesús de Nazaret hay que añadir un plus a las razones oscuras del pensamiento, limitado y constantemente entorpecido por las corrientes rampantes de opinión, alardeadas por los medios irresponsable de comunicación, que esconden bastardos intereses de diversos signos. Y ese plus de los creyentes es que todavía sigue vivo el valor de los mandamientos de la ley de Dios: EL QUINTO DE ESTOS MANDAMIENTOS ES NO MATARÁS.

Recomiendo vivamente leer el libro titulado “Eutanasia. Un análisis a la luz de la ciencia y de la antropología” de Ediciones Rialp. Su autor, Doctor Manuel Martínez-Sellés, es un eminente investigador, jefe de cardiología en el hospital Rodríguez Marañón de Madrid. Sus afirmaciones en torno a la eutanasia están avaladas por premios nacionales e internacionales.

Recomiendo igualmente la lectura del documento de la conferencia episcopal española publicado en Diciembre de 2019, con el aval de expertos científicos en la materia. Dicho documento tiene por título: “Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida”.

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