Menú

La Asunción de María

La Asunción de María

Desviaciones que hay que superar

La devoción a la Virgen María ha estado bien arraigada, desde tiempos inmemoriales, en la piedad popular del pueblo en general; incluso hasta el exceso. En la mentalidad popular se puede ser laxo en la práctica religiosa, haber perdido el sentido del Dios del evangelio, tener ideas negativas o muy críticas sobre la Iglesia institucional, no entender casi nada de la fe y del sentido cristiano de la vida, teológicamente hablando; pero tocar la devoción a la Virgen del Carmen o a la Advocación de la patrona de un pueblo o de una región —por poner dos ejemplos— ha sido, a veces, una opinión de alto riesgo, para un buen número de cristianos de a pie de nuestro pueblo.

En otra línea, se puede ser obsesivamente devoto de una imagen o de una advocación determinada de la Virgen y ningunear o desvalorar la devoción a otra advocación. Son algunas de las contradicciones de la devoción popular, poco ilustrada, a la Virgen María.

La Inmaculada Concepción

Por eso, es una tarea apremiante de la Iglesia evangelizadora y de los que nos sentimos sus fieles seguidores, entre los que nos encontramos todos los miembros de la Familia Vicenciana, aclarar el sentido de la devoción a la Virgen y a cualquiera de sus advocaciones.

Hay dos fiestas en la iglesia universal dedicadas a la Virgen que tienen especial brillo y solemnidad: La Inmaculada y la Asunción. Ambas tienen una relación especial con el misterio de la Salvación, realizada por Cristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por todos los hombres, desde sus orígenes hasta el final de los tiempos. Él decidió, en su plan de salvación, liberarnos de las ataduras del pecado y de la muerte, asumiendo enteramente nuestra condición humana, naciendo de una mujer. Esta es nuestra fe.

Si esto es así. incluso desde la razón y el sentido común, es lógico pensar que Él quiso escoger la mejor de las madres. No podía permitir que su Madre estuviera sometida ni un instante al poder del pecado y de la muerte. Tenía que ser concebida sin mancha original y sin inclinación al mal. Interpretando el sentir de algunos teólogos de prestigio, un poeta español lo expresó así: “Pudo y no quiso: no es hijo; quiso y no pudo: no es Dios; digan, pues, que pudo y quiso”.

Pero, a la vez, María es también una mujer de nuestra raza, también ella tenía que ser rescatada por Cristo. Y una chispa de luz invade a nuestros teólogos que declaran, después de muchos devaneos de cabeza. “A María se le aplica la redención de Cristo, de manera antecedente, antes de que Cristo muriera por nosotros; a los demás mortales, después de que Cristo diera su vida por nosotros”. Estos razonamientos teológicos quedan confirmados por el dogma de la Inmaculada, que el papa Pio IX proclamó en 1854. Un dogma es una verdad de nuestra fe que no puede fallar, por la asistencia especial del Espíritu Santo al Papa, consultada la Tradición de la Iglesia y los razonamientos de los teólogos más sobresalientes de la historia de la Iglesia.

La Asunción de María

La Fiesta de la Asunción de María tiene mucha relación con la fiesta de la Inmaculada: la Mujer excepcional que había sido elegida para ser Madre de Dios, y que, en razón de ese privilegio, había sido preservada del primer pecado y de sus consecuencias, no podía estar sometida a la corrupción de su cuerpo, consecuencia del pecado. Si Cristo le aplicó sus méritos, de manera antecedente, para ser preservada de esa lacra original, obviamente le adelantó a su madre el privilegio de resucitarla en su integridad total, en cuerpo y alma.

Si Cristo resucitó y con Él todos estamos llamados a la Resurrección (esta es nuestra gran esperanza creyente), Cristo mismo la tomó de su mano y la elevó hasta el trono de Dios, en su integridad total, en cuerpo y alma. Jesús resucita por si mismo, ella es llevada, asumida por El, al cielo. A su vez, la Asunción de María es un anticipo de nuestra propia resurrección. Ella, mujer de carne y hueso, de nuestra especie humana, es la confirmación de que nosotros también seremos resucitados por Cristo.

La Asunción de Maria es también un dogma de nuestra iglesia. Fue definido por el papa Pio XII en 1950, asumiendo la tradición antiquísima de la Iglesia universal.

Colaboración activa de María en la obra salvadora de Jesús

Pero la celebración gozosa de la Asunción de María a los cielos implica otras muchas verdades. Celebramos la santidad excepcional de Maria, como principal colaboradora en la obra de la salvación, por tanto acreedora, de alguna manera, a ser asociada al triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todas sus consecuencias. Ella no es solo receptora pasiva de la primera gracia excepcional, sino agente activo, por especial don de Dios, de la obra salvadora de Cristo. Llena de Gracia la llama el ángel en la Anunciación; pero con capacidad de plenitud progresiva, a medida que se sumerge enteramente en el plan de Dios. Por eso la Iglesia la proclama también Mediadora y Corredentora.

Ella es la humilde sierva del Señor que escucha en silencio y se pone permanentemente en camino hacia donde le indica el Señor: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra». María escucha atentamente el mensaje del ángel. busca comprender su mensaje: “¿Cómo será eso..?” Una vez que lo comprende, lo acepta y se sumerge en la voluntad de Dios.. Profundiza en la comprensión del misterio: “María meditaba todas estas cosas…”

María, modelo de referencia en el seguimiento de Jesús.

María asunta a los cielos es también la elegida para ser modelo de referencia en el seguimiento de Jesús, modelo de escucha y de realización del mensaje de Jesús.

  • Ella lleva a su vida, como nadie, el mensaje de las Bienaventuranzas, que constituyen el proyecto de vida que Jesús nos propone, si queremos ser sus discípulos de verdad.
  • Ella es la pobre que sólo tiene a Dios por Rey.
  • Es la humilde esclava del Señor.
  • La que tiene hambre y sed de justicia, siendo la voz de los que no tienen voz…
  • La misericordiosa y la atenta servidora de los que la necesitan.
  • La limpia de corazón, la Inmaculada, la que es llamada por Dios «llena de gracia».
  • La que es fiel hasta el final, hasta inmolarse con su Hijo en la cruz.
  • Es también presencia activa, empatía, servicio desinteresado: visita a Isabel, atenta en las bodas de Caná, apoyo orante en la espera de Pentecostés.
  • Es, incluso, palabra valiente en defensa de los pobres y excluídos, de los desheredados de este tierra nuestra: canto del Magnificat.

Todo esto celebramos, con el corazón enchido de gratitud y de alegría, en la fiesta de la Asunción de María: Ella es la primera mujer de nuestra raza que es llevada al cielo en cuerpo y alma, por especial privilegio de Dios, por haber sido elegida para ser la Madre del Redentor, pero también por su especial colaboración en la obra salvadora de Cristo y por ser modelo acabado de santidad en el seguimiento de Jesús.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Contacto