Menú

El Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos

Antecedentes.

Se acercaba la hora de la verdad, el momento que Jesús se había reservado para manifestar su gloria: su muerte y su Resurrección; para eso había asumido la condición humana: “Cristo Jesús, siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres…(Fl. 2,6-11).

Había que preparar a sus apóstoles para que, llegado el momento, no se escandalizaran y le abandonaran por no comprender lo que iba a pasar.

Pocos días antes, Jesús había resucitado a su amigo Lázaro, mostrando su poder sobre la vida y sobre la muerte. Los escribas y fariseos estaban furiosos por la fama que iba adquiriendo su enemigo a batir. No sabemos con exactitud cuántos días mediaron entre la resurrección de Lázaro y la entrada triunfal en Jerusalén. Sabemos, no obstante, que la cosa era reciente y eso explica el entusiasmo de las masas que lo aclaman como hijo de David, a la entrada en Jerusalén, cabalgando sobre un borrico.

Sabiendo lo que se le venía encima, unos días antes de que sucediera, Jesús muestra su gloria a los tres discípulos de su máxima confianza, transfigurándose ante ellos. Jesús, sin embargo, les prohíbe decir nada de esta escena a sus compañeros, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Ellos no entendieron ni palabra de lo que quería decir con estas palabras. Sólo, después de la Resurrección comprendieron…

La liturgia del Domingo de Ramos.

La liturgia de este domingo tiene dos pares completamente diferenciadas: la primera recoge la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, mostrándose como lo que   realmente es, como el Mesías prometido. Los niños, con la espontaneidad y candor que les caracteriza, son los primeros en proclamarlo, después los adultos se unen a la fiesta y nos invitan a nosotros, su pueblo fiel, a hacer lo mismo. Hagámoslo abiertamente y con el corazón: proclamemos la grandeza del Señor que nos anuncia la liberación definitiva, la alegría de saber que Dios nos ama y cumple sus promesas sobre nosotros; el triunfo de la esperanza sobre la incertidumbre, el triunfo de la vida sobre la muerte. ALELUIA BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR. ALELUIA.

La segunda parte de la liturgia de este día entra de lleno en la historia más grande jamás contada: la narración pormenorizada del proceso vil a Jesús que le lleva a la crucifixión, aceptada libremente, en fidelidad al Padre, para culminar el plan de salvación de todos los hombres.

Momentos estelares de la narración de la Pasión.

Celebración de la ultima cena.

Jesús, sabiendo que el momento culminante de su vida ha llegado, quiere celebrar con sus discípulos una cena de familia especial, solemne, como un anticipo de la pascua judía que estaba cerca.  En esa cena tiene para sus discípulos palaras de ternura, de cercanía, de confianza… Y no les deja un recuerdo o un objeto de regalo, sino que les garantiza su presencia permanente entre ellos, por medio de la eucaristía: Tomad y comed porque esto mi cuerpo, Tomad y bebed porque este es el cáliz de mi sangre… Y les da poder para hacer lo mismo a lo largo de la historia: Haced esto en memoria mía. En el momento más solemne de la vida de Jesús, les deja el mejor don: la Eucaristía y el sacerdocio.

La oración en el huerto.

Jesús, como hombre, siente la debilidad y la zozobra ante lo que se le viene encima. Siente la necesidad de orar al Padre; y se va con los discípulos al huerto de los Olivos. Seguro que ya había estado allí más veces. Y como un hombre cualquiera clama al Padre: Padre pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya

Quiere que sus discípulos predilectos oren con El, pero por dos veces los encuentra dormidos, ajenos a lo que se le venía encima al Maestro. Que bien refleja esta actitud de los discípulos, la actitud floja y cansina de los seguidores del Señor a lo largo de la historia…

La traición de Judas y las falsas acusaciones.

Cuesta comprender que uno de sus discípulos, que había oído las palabras llenas de sabiduría del Maestro y había sido testigo presencial de sus milagros, fuera el que le traicionara, por el módico precio de 30 monedas. ¿Qué había pasado en el corazón de Judas?

¿Qué le había corrompido el corazón y trastornado su mente? ¿Solo el dinero? Cuesta creerlo. ¿Tal vez la envidia? ¿La frustración de no contar con la confianza máxima del Maestro como Pedro, Santiago y Juan? Nunca lo sabremos, pero su traición nos alerta sobre la fragilidad de una y de otro. Atención, porque esta historia de Judas nos previene de lo que nos puede suceder también a nosotros.

La versatilidad de las masas; la cobardía de los que detentan el poder.

Pocos días antes Jesús había sido aclamado como el Mesías liberador de su pueblo. Seguramente entre los que gritaban ahora contra él había algunos que lo habían aclamado al entrar en Jerusalén. Ahora se sentían en minoría, o no se atrevían a ir contra el poder dominante de los maestros de la ley. Hasta tal punto les ha trastornado la razón que prefieren la liberación de Barrabas, malhechor y asesino confeso. Y esta historia no ha acabado, nosotros también, la especie humana, yo mismo, una y otra vez, nos unimos cobardemente al coro de los poderosos, de la clase dominante.

Por extraño que parezca, también los que tienen el deber de administrar justicia, están sujetos al vaivén de las masas, de los que le sostienen en su puesto de mando. Y tiembla Pilato ante la presión de jefes naturales del pueblo, teme la denuncia de cobardía ante el Cesar y claudica; y se lava las manos, como el que no quería saber nada del asunto.  Y la historia se repite una vez más. ¿Hasta cuándo, Señor, esta injusticia, mil veces repetida? Depende  de tí y de mï,  de los valientes que siguen a Jesús y mueren por dar testimonio de la verdad.

Jesús muere ignominiosamente en la cruz, acompañado tan solo de unos pocos.

¿Dónde está Pedro, el valiente que no lo iba a negar nunca, aunque tuviera que morir por él? ¿Dónde están los discípulos testigos presenciales de la vida y milagros del Maestro?

Todos o casi todos lo han abandonado: solo unos pocos le siguen hasta el final, protegidos por el anonimato. Allí está María, su madre, hecha un mar de lágrimas, y el discípulo amado, Juan, a quien dará por madre a su propia madre; y algunas santas mujeres: otra vez las mujeres, las madres que saben de dolores y de sufrimientos, las débiles que son más fuertes que nadie a la hora de hacer frente a la vida y de entregarse a consolar al triste y desamparado.

Cristo sigue muriendo.

La crucifixión y muerte de Jesús, es un acontecimiento real y muy real, pero es, a la vez, un acontecimiento paradigmático: sigue vivo y es de palpitante actualidad. Un poeta español, el P. Lista proclama sin rubor: Llorad, humanos, pues todos en él pusimos nuestras manos”.  No fueron los judíos los que condenaron propiamente a Jesús. Fueron nuestras propias infidelidades, y el amor misericordioso de Dios que quiere mostrarnos su amor dando su vida por nosotros.

Pero, a la vez, Cristo se reencarna en nosotros y acepta como hecho a El mismo lo que hacemos a los más pobres y desamparados: LO QUE HICISTEÍS A ESTOS A MI ME LO HACEIS.

En cada pobre desamparado y orillado de la sociedad, en cada hombre o mujer injustamente tratado por la sociedad, se reproduce al vivo la muerte y crucifixión de Cristo.

Ojala, a partir de esta cuaresma, seamos capaces de romper para siempre esta cadena ininterrumpida de dolor  y de muerte de los inocentes de esta tierra nuestra.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Archivos