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Camino de Emaús

Camino de Emaús

A primera vista, hay aspectos sorprendentes en el relato de Lucas (Lc 24,13-35) sobre estos dos discípulos que se dirigen a Emaús. “Aquel mismo día”, comienza el relato, es decir, el mismo día de la Resurrección, cuando ya había rumores sobre las apariciones de Jesús, vivo, Resucitado, a algunas mujeres, incluso a algunos discípulos.

¿Cuáles fueron las razones verdaderas para ponerse en camino en unas circunstancias tan especiales? ¿Huían? ¿Tenían miedo a la persecución de los judíos? ¿Tenían algo tan importante que hacer que les obligaba a abandonar Jerusalén en aquel momento, sin esperar el cumplimiento de la palabra del Maestro, que les había dado señales claras de que volvería a recobrar la vida? ¿Dónde habían quedado tantas expectativas, tantos esperanzadores recuerdos, tantos ratos de diálogo entrañable, el recuerdo de tantas maravillas de las que habían sido testigos presenciales, por los caminos de Galilea y de Judea?

Dejemos tantos interrogantes de lado y tratemos de profundizar en los aspectos positivos que podemos extraer del relato. Seguramente, iban cabizbajos, sumidos en la tristeza de tantos sueños truncados. Trataban de memorizar y entender, a su modo, lo ocurrido; en sus palabras se mezclan sentimientos de tristeza, de nostalgia, pero también de esperanza: “Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel…(Lc. 24,21).

El encuentro casual con el Maestro, disfrazado de un caminante cualquiera, les hace recuperar la memoria y lo que queda de sus expectativas fallidas. Primero, acogen amistosamente al caminante desconocido. Él les da muestras de tener interés en el asunto. Escucha pacientemente sus cuitas. Poco a poco, se calienta la conversación, y ya, lleno de confianza con sus interlocutores, él les da explicaciones claras de lo que ha pasado, utilizando la Escritura como elemento principal de credibilidad.

Parece que todo ha acabado como una novela rosa, aunque con una nebulosa en su imaginación sobresaltada. El caminante hace ademan de seguir su camino, pero ya les había ganado el corazón, y le invitan a cenar con ellos, alegando que es ya tarde y la noche está cayendo.

Y esta es la suya, el caminante que estaba esperando este momento, no se hace de rogar: se deja invitar de mil amores: todavía quedaba lo mejor de esta historia de amor fraterno.

Y comienza la cena, siguiendo los ritos y tradiciones de los judíos, como si nada extraño pasase. Pero llega el momento inesperado, el momento de la iluminación y transformación interior.

Es, al pronunciar las palabras de la bendición, al partir el pan: sus mentes se esclarecen, reviven el momento solemne de la Bendición Pascual en la Ultima Cena; y todo cambia: las neblinas empiezan a desaparecer, las dudas se esclarecen. Definitivamente es El, el mismo que aparecía en la Escritura que les había explicado el caminante; el mismo que les había prometido que volvería a la vida, el mismo que les había repartido el pan en la cena de despedida. Pero, de pronto, cuando parecía que las cosas empezaban a tener sentido, el caminante desconocido desaparece.

Si bien lo pensamos, la historia se repite en nuestra vida, sin nosotros darnos cuenta. Ese caminante desconocido aparece, disfrazado de mil maneras diferentes, en nuestra vida de cada día. Son los acontecimientos, las circunstancias particulares que cada uno vive en su día a día. En ellas Jesús se hace nuestro interlocutor; nos habla del sentido de la vida, de que las cosas no son como parecen a primera vista; de que hay un sentido profundo que se escapa a nuestra comprensión, si no entramos en contacto íntimo con Él. Nos invita a conocerle en profundidad, a penetrar en el misterio de su vida y de su palabra, de su muerte y de su Resurrección.

También se hace el encontradizo en tantas mediaciones, personas de carne y hueso que, con su forma de vivir nueva nos hablan del sentido transcendente de la vida; nos dicen, con su testimonio de vida, que el sufrimiento, el dolor y la misma muerte, no son un mal absoluto, sino un mal relativo, que puede transformarse en un bien mayor; que hay que luchar para erradicarlos de nuestra sociedad. Pero que ese mal y ese sinsentido se convierten en signo de esperanza de algo nuevo, en expresión de amor por algo mejor e inacabable: “El les dijo: Oh insensatos y tardos de corazón para entender todo lo que dijeron los profetas. ¿No era necesario que el Cristo sufriera todo eso y entrase así en su gloria? Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras” (Lc.24, 23-27).

Alguien ha dicho: “Tanto amas cuanto eres capaz de sufrir por la persona amada” El mismo Jesús les había dicho:” Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”. ¿Como podríamos estar seguros del amor absoluto de Dios a los hombres si no se hubiera inmolado libremente por nosotros? El amor hace nuevas todas las cosas. Nos hace crecer en nuestra capacidad de entrega, transforma el dolor en esperanza; desde la fe nos hace colaboradores de Cristo en la transformación de esta realidad nuestra que suspira por la liberación definitiva.

No vivamos a tontas y a locas. Aprovechemos este tiempo de Pascua para buscar con fuerza esa otra dimensión de nuestra existencia. Estamos llamados a la vida, a una vida nueva con Cristo, pero a la Resurrección se llega por el amor hecha entrega de nuestra existencia al Dios del amor, en el servicio a los desheredados, a los sin techo, sin pan y sin esperanza.

Cristo vive entre nosotros. Que sea transparente nuestra existencia para que otros descubran en nosotros que Él ha Resucitado para siempre; para que descubran que el dolor, el sufrimiento y la desesperanza tienen un nuevo nombre: VIDA NUEVA.

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