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Buscando un camino

Buscando un camino

Párate a pensar.

Nos sorprenderíamos si, de vez en cuando, nos preguntásemos a nosotros mismos, ¿Por qué hago o he hecho esto o lo otro? Y nos sorprenderíamos aún más si hiciésemos la misma pregunta a otras personas conocidas. Seguro que la mayoría de las respuestas tendrían este talante: “No sé”, “Me ha salido así”, “Es lo que hacen todos”, “Es lo que se lleva o lo que mola.”, “Es la costumbre”. En cualquier caso, casi todas las respuestas tendrían este denominador común: que actuamos, en la mayoría de los casos de la vida corriente, movidos por automatismos sociales, por ideologías ancestrales o por impulsos instintivos.

Cierto que, en circunstancias especiales, todavía hay personas que se lo piensan un poco más, pero no del todo a fondo. Si fuera así, no habría tantos compromisos rotos, a todos los niveles, hasta el punto de que la palabra dada ha dejado de ser un compromiso fiable. Para comprobarlo basta echar una mirada alrededor: a la familia, a las relaciones sociales o políticas, a los compromisos internacionales y un largo etc.

La terapia de pensar y de actuar por principios sólidos, contrastados.

Desde la más remota antigüedad, los filósofos, los que querían actuar de una manera coherente y fiable, establecieron este principio, que sigue inamovible: “Nosce te ipsum” (“Conócete a ti mismo”. Sócrates). Sin dudar, podemos afirmar que es el principio de la verdadera sabiduría humana. Si profundizamos un poco en el sentido de esta frase, nos daremos cuenta de que no se trata sólo de conocimientos puramente técnicos, teóricos, psíquicos o psicológicos de la persona en sí misma; la pregunta va mucho más allá. En el fondo del corazón y de la mente late un sentido profundo de lo que es el bien y lo que es el mal, de lo que puede colmar el deseo profundo de dar sentido a tu vida, de conseguir eso que puede calmar tu sed insaciable de felicidad.

La respuesta no es sencilla. Podemos intentar responderla desde distintos parámetros: desde el instinto, que te lleva a calmar los apetitos sensoriales; desde la experiencia, la sociología, la ciencia, la pura razón natural; pero también, desde la razón iluminada por la fe. La experiencia nos dice que los bienes materiales no llegan nunca a calmar el hambre de felicidad: los bienes materiales siempre dejan un vacío: “Todos queremos más”, decía la canción de hace años. ¿Podremos llamarlo vacío existencial?

Por otra parte, constatamos, día a día, que la sola razón tampoco basta: es insegura, limitada, cambiante, susceptible de ser influenciada por elementos extraños a sí misma. Podríamos seguir analizando una a una todas las posibilidades de acercarnos al bien soñado de lo que puede calmar nuestra sed insaciable de felicidad. Pero, se mire como se mire, todas hacen aguas.

Nos queda todavía una vía por explorar: el de los referentes, la experiencia de aquellos hombres y mujeres que habiendo pasado por distintas experiencias vitales encontraron por fin el camino que buscaban. Una de las personas que nos pueden servir de referente es San Agustín, hombre inteligente como pocos en la historia de la humanidad. Lleva una vida licenciosa en su juventud; ocupa cargos importantes en la sociedad; es influyente en los medios sociales e intelectuales de su tiempo… Al final, en medio de sus devaneos intelectuales pronuncia esta frase lapidaria: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”.

Agustín de Hipona no es un caso aislado. Otros muchos, a lo largo de la historia, han expresado, de una o de otra forma, experiencias como esta. Todas nos llevan al Maestro de los Maestros: Jesús de Nazaret, cuya filosofía, por seguir con el lengüaje corriente, se cifra en algo tan simple como esto: para ser feliz basta con renunciarse a sí mismo, olvidarse de sí y darlo todo por amor a Dios, manifestado en el hombre, dicho de otra forma: darlo todo, para poseerlo todo. Nadie ha dicho lo que le hemos oído decir a Él; nadie ha hecho lo que Él se ha atrevido hacer: entregar su vida, libre y conscientemente, por amor, para que nosotros tuviéramos vida; perdonar hasta a los que lo estaban crucificando; devolvernos la esperanza, cuando todo estaba perdido.

A través de Jesús de Nazaret, la persona más perdida, recobra la paz y la serenidad interior. Por Él, miles, millones de personas han dado su vida a lo largo de la historia, con alegría en el corazón, amando y perdonando a los que les quitaban la vida. ¿Será pura ilusión o quimera su testimonio? ¿Será la fe fuente de verdad y de felicidad?

Camino

El video que acompaña mi reflexión no tiene nada que ver, aparentemente, con lo expuesto, pero es sugerente: invita a la reflexión, a la búsqueda; apela a la experiencia. Cuestiona nuestras seguridades y, de paso, nos estimula a aprender de la experiencia de vida. Ojalá nos sirva para superar las seguridades no contrastadas.

Este es el texto del video:

En el camino suele haber días tristes; Pero, en esto me pregunto: ¿Qué sería de mi si no conociera la tristeza, el dolor? No lo sé, simplemente he dado respuesta a esto con más preguntas.

Dentro del camino, suelen tener la compañía o la presencia, en algunos momentos, pero también puede reinar la soledad.

Puedes observar las huellas que han quedado impregnadas dentro de tu camino y puedes darte cuenta de lo que, en realidad, necesita la vida.

Dentro de este camino hay espinas que nunca salen de tu interior; hay estrellas que suelen señalar, pero, quizás, nunca llegues a palpar su calor.

Hay momentos que rebasan tu felicidad y momentos de agonía en tu dolor, pero la vida es un subir y bajar de emociones; es una vida peligrosa, pero, a la vez, suele ser hermosa.

El ser no es más grande por su tamaño, sino por la fuerza que se encuentra en su interior.

¿Que pasaría con las ilusiones y con los logros si entre ellos no existe un esfuerzo? ¿Qué pasaría con caer y no levantarse? No podríamos conocer el éxito.

Hay personas que luchan y consiguen llegar a la meta, sin limitarse en ella, sino seguir más adelante.

En el camino, en algunos momentos, es necesario mirar hacia atrás, pero no es necesario retroceder; es necesario escuchar el silencio. Tal vez, del silencio escuches algo más profundo de lo que escucharás en la turbulencia.

Trata de observar a tu alrededor; cada uno tiene un universo diferente, tal vez inexplicado o sin descubrir. Tal vez, tú sólo estés soñando, y yo sólo sea parte de tu sueño.

Autor desconocido.

 

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