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A Concha Blázquez, incombustible colaboradora de la parroquia de San Vicente de Paúl de Albacete

A Concha Blázquez, incombustible colaboradora de la parroquia de San Vicente de Paúl de Albacete

Un día recibí un power-point que comparaba nuestra vida, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, como el viaje en un tren, donde suben y bajan personas con las que compartimos viaje, donde la importancia de éstas no siempre guardan relación con el tiempo que nos acompañaron ni el ser familia, ni otras cosas.

Concha subió al tren de mi vida en 1976 tenía yo 17 años y ella 36. Nuestro nexo de unión era la parroquia, y han sido en estos últimos 10 años donde he tenido la gran suerte de conocerla más profundamente.

Concha nació en la Pedanía de Minateda (Hellín)  en 1941 tiempos difíciles, de mucha necesidad en una familia muy humilde; fue la mayor de 6 hermanos, siempre me habló con gran cariño de su abuela materna, María; ella fue  la primera que le habló de Jesús; con 11 años se fue a Alicante a servir, cuando la mandaban algún recado aprovechaba para oír misa,  luego le reñían por la tardanza;  ella veía que la gente comulgaba, y un día se quedó la última para hablar con el sacerdote y le dijo que ella también quería comulgar; éste lo habló con el superior y le dijo que no le podían negar a un ángel que entrara Jesús en su corazón, así fue como ella tomó por primera vez a Jesús sacramentado; con el permiso del salesiano  se puso en la fila y comulgó. Muy joven conoció a Fernando, su marido, tuvieron tres hijos, y 6 nietos.

En 1972 empezó la parroquia de San Vicente de Paúl a funcionar y fueron, junto con otros matrimonios, las columnas de esta nueva parroquia, empezaron el camino como catequistas y echando una mano a todo lo que hacía falta, que era mucho; este grupo de matrimonios se reunían junto con el párroco una vez por semana en el bar de Fernando y Concha, o en las casas particulares de ellos, donde profundizaban en el Evangelio. Me gustaría recodar aquellos matrimonios: Juan Gómez y Antonia, Esteban y Vicenta, Juanico y Sacra, Juan Roncero y Dolores, Antonio y Mercedes, Martin y Cloti, Fernando y Concha. Ya quedan pocos desgraciadamente. 

Como ya he dicho tenía un negocio de restauración con un nombre muy acertado, Nuestro Bar,  donde ella  era la cocinera, nos acogieron a todos, desde los Padres Paules hasta los jóvenes del coro; después de la misa dominical íbamos a tomarnos una caña y queso frito (la cosa, a los jóvenes no daba para más), y tocábamos las guitarras y cantábamos, en la parroquia, mayores, jóvenes y niños, junto a los párrocos formábamos una gran familia; así nos sentíamos, simplemente nos queríamos.

Concha no era perfecta pero sí especial; si la  tuviera que describir con una sola palabra sería la de madre; Concha fue desde bien pequeña,  hasta el último día de su vida,  la madre, no sólo de sus hijos, sino de sus hermanos, sobrinos, amigos, empleados  y de los más pobres y desheredados de nuestra sociedad, si por madre entendemos la persona que cuida, ayuda, quiere, se preocupa, respeta, perdona, reza  y espera siempre.

A esta madre le daba la fuerza el amor y la gran fe que tenía en Jesús, siempre que podía daba testimonio de ello y Jesús la premio con regalos mixticos, que ella guardaba en su corazón como un gran tesoro y que pocos conocemos.  Era una mujer, como San Pedro, de gran temperamento; su vida no fue fácil, pero supo aceptar siempre la voluntad de Dios; defendía la verdad e intentaba ser siempre justa, era alegre y le gustaba cantar, aunque por dentro estuviera llorando, miraba siempre a los ojos, y sabia percibir el estado de ánimo de cada uno; quien mira a los ojos se deja mirar; hablaba desde el corazón, sus consejos por esa razón eran acertados;  gran amiga de los pobres y necesitados, supo servirles humildemente. Por eso tiene tantos amigos entre ellos.

Concha se fue en silencio, murió en momentos muy duros para los que viven y los que mueren, el 27 de marzo, en plena pandemia; no pudimos acompañarla como ella se merecía, pero muchos de los que la conocimos, a solas, la lloramos y oramos a Dios Padre por ella.

Esta vez, Concha, Jesús si te miró a los ojos, y te tendió su mano para que te cogieras a ella y te fueras con Él, tu gran amigo. En el viaje de mi vida, se han ido bajando de mi tren personas muy importantes que me amaron incondicionalmente, que supieron mostrarme con su vida que en Jesús está la verdadera felicidad, y que el amor, la fe, la caridad y perdón, junto con la esperanza, es lo que no debe de faltar nunca en nuestra maleta para nuestro viaje. Tú, Concha, has sido una de esas personas, una verdadera amiga, también, madre para mí.  Tus manos y tus palabras me sanaron, la última vez que nos vimos te despediste de mí con un beso, un abrazo, un te quiero mucho y un, Aurora, ¡Dios te ama!.

Desde el cielo, ruega por nosotros.

Aurora Iniesta

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