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Vicente de Paúl en el mundo del cómic

Vicente de Paúl en el mundo del cómic

Afortunadamente, vamos tomando conciencia de la importancia del buen uso de los medios de comunicación y de la necesidad de incorporar las nuevas técnicas y formas del lenguaje, si queremos llegar al gran público de nuestro tiempo. Para muchos de las antiguas generaciones podría parecernos irrespetuoso tratar la vida de los santos, máxime de los grandes santos, como Vicente de Paúl, admirado y querido por creyentes y no creyentes, a través de comics.

Sin embargo, después de recibir la magistral reseña de mi gran amigo Pedro Sáez Ortega sobre nuestro fundador, tratada a través de comics de un experto en este tipo de lenguajes, mis dudas se van desvaneciendo. He comprendido que también se pueden decir cosas bellas y admirables, con el debido respeto, de estos grandes hombres y santos, envueltas en el ropaje de un lenguaje desenfadado, sutil y hasta sarcástico.

Pedro Sáez Ortega es un historiador serio y crítico, bien conocido en los círculos de la docencia. Enamorado de su profesión y de sus alumnos, plenamente entregado a ellos y colaborador incansable con ellos en mil aventuras artísticas y solidarias.

Conoce perfectamente la vida y la obra de Vicente de Paul, ya que desde su más tierna infancia ha estado involucrado en tareas y colaboraciones múltiples con la Famlia Vicenciana. Educado en el colegio de Paúles de Hortaleza (Madrid), se implicó activamente, desde su más tierna infancia, en las actividades y proyectos de la juventud del barrio. Más tarde, fue líder del reciente movimiento juvenil llamado Comunidad del Olivar y después Asociación Feyda. Dedicó veranos enteros a la formación de los monitores de esta asociación vicenciana, en la que ha dejado amigos y recuerdos imborrables.

Buen pedagogo y educador, ha dado charlas de historia y de compromiso social en un buen número de colegios e instituciones religiosas, destacando entre ellos los colegios de Hijas de la Caridad, amén de escribir diversos libros sobre marginación y justicia social.

La reseña que nos hace del comic que presenta es sapiencial y erudita, no apta para todo tipo de lectores, para algunos de los cuales puede parecer demasiado erudita y difícil de comprender y asimilar. Aún así, me ha parecido oportuna subirla al blog, consciente de que para muchos será un horizonte nuevo para comprender la gran obra del gran santo de la caridad, presentada en su entorno histórico, con sus sombras y luces, y sobre todo, en un estilo y forma de lenguaje actualizado, lúcido e incisivo, que entra por los sentidos.

Recomendable su lectura reposada para toda la Familia Vicenciana a pesar de todas las dificultades.

Félix Villafranca

Una reseña de la obra de Jean Dufaux / Martin Jamar, Vincent, un santo en la época de los mosqueteros, Barcelona, Norma, 2019, por Pedro Sáez Ortega

No es la primera vez que Vicente de Paúl (1581-1660) aparece como personaje de cómic. En las primeras páginas de La roca y el asesino, el primer volumen de la segunda parte de las aventuras de Ariane de Troil, publicado en 1995, presenta a Monsieur Vincent recorriendo una de sus fundaciones, un hospital para dementes, junto con la encargada del mismo, mientras comentan los problemas prácticos -recursos financieros insuficientes, formación inadecuada de las trabajadoras-, que surgen a diario en el ejercicio de su formidable empresa solidaria; comprobamos luego, mientras nuestro campeón de la caridad abandona el recinto, cómo la directora de este asilo se deja sobornar por unos nobles que, bajo la protección del hermano del rey, acuden en busca de jóvenes internas, traicionando así la obra del “limosnero del rey” (como le llaman esos despreciables aristócratas al reconocerlo), que ya no volverá a aparecer en el resto de la historia. [La saga completa donde se sitúa este episodio, titulada Pluma al viento, así como su primera parte, Las siete vidas del gavilán, dos clásicos de la narrativa gráfica europea de tema histórico, son obra de André Juillard y Patrick Cothias, y están publicadas en Barcelona, Norma, 2005 y 2004, respectivamente, en sendas ediciones integrales.]

La obra que nos ocupa, en cambio, tiene a Vicente de Paúl como protagonista absoluto. Situada en 1643, el año de la muerte de Luis XIII (cuyas últimas palabras escucha el propio Vincent en la narración), y el comienzo de la regencia de Ana de Austria, unos años antes del final de la Guerra de los Treinta Años y el comienzo de la revuelta de La Fronda (ambos sucesos, en 1648). Dentro de este denso contexto histórico, y en la ciudad de París, magníficamente reconstruída mediante un dibujo detallado de sus monumentos, sus calles, sus plazas, sus tabernas y sus casas particulares, lujosas o humildes y un extraordinario uso realista del color, se mueve el personaje, en pos de la resolución de un enigma, la muerte violenta del joven Jérôme, a la manera de un thriller policíaco al uso. Alrededor de este crimen hay hijos ilegítimos, matones a sueldo, mujeres virtuosas, nobles corruptos, espías cínicos, delincuentes “honrados”, pobres hambrientos, ricos presuntuosos: todo un fresco social en acción, por cuyo laberinto se desliza, ligero y decidido, este peculiar sacerdote, mientras atiende sus obras caritativas.

Desde el punto de vista formal, la narración ocupa 64 planchas, cada una de las cuales se divide en viñetas de diferente formato: unas, sin los bordes inferiores o superiores marcados con una línea; otras, de media página, sobre todo las que encuadran panorámicas de la ciudad; en algunos casos, las viñetas, aunque separadas, mantienen la continuidad de los fondos, mientras los personajes se mueven o dialogan. En cuanto al estilo gráfico, es de un marcado realismo, tanto en los “decorados” -el espacio físico adquiere una gran relevancia en la narración-,como en el atrezzo -vestidos, objetos-. El dibujo es minucioso, atento a los detalles, pero es el color, como ya se ha señalado, el que crea una atmósfera inequívocamente “histórica”, gracias a la cual, no solo nos situamos en los espacios, sino que llegamos a percibir su olor o su banda sonora. El texto es ligero, nada prolijo en explicaciones “didácticas”, de lectura muy clara, aunque (y es un juicio muy particular) el tipo de letra utilizado para rotular los diálogos y el formato de los globos sea un poco discutible -porque, en nuestra opinión, debido precisamente a su nitidez, rompe a veces con la “veracidad” de la atmósfera cromática descrita.

Dos páginas de Vincent, un santo en la época de los mosqueteros: a la izquierda, la negociación con el “dueño” de Manon, la prostituta; a la derecha, el encuentro con el agonizante Bolpo y su cuadrilla

Siendo, pues, un trabajo muy estimable, en la mejor tradición de cómic histórico europeo, llama la atención la elección del personaje principal, una relevante figura de la Historia Social del Cristianismo y del Siglo de Hierro, el complejo siglo XVII. La obra de Dufaux y Jamar no se limita colocar a Vicente de Paúl como un “decorado” de la narración, sino,al contrario, más bien parece que la narración es un pretexto para indagar en su personalidad y su tarea. Una de las características que dan valor (estético y pedagógico) a esta obra es que, superpuesto al sencillo argumento “policíaco” de la misma, aparece un retrato de la figura de Vicente de Paúl muy profundo, hecho desde una perspectiva laica, que no renuncia, sin embargo, a las motivaciones creyentes que dan aliento a su trabajo en favor y con los pobres de su tiempo, tal como el propio Vincent las expresa -los autores ponen en su boca muchas de sus propias palabras, adaptándolas, eso sí, a la narrativa propia del cómic. Tampoco se recurre a la hagiografía, aunque no se oculte la admiración por la figura histórica que se oculta detrás de los dibujos. Por encima de todo, Dufaux y Jamar presentan situaciones y acciones situadas en la vida real del personaje, y dejan que los demás, tanto dentro del cómic (el descreído Jacques de Premontal, Bolpo, el gitano, cabecilla de una banda de malhechores, la piadosa viuda Marie Lumagne, o el lujurioso cardenal de Gondi), como fuera del mismo (los propios lectores de la obra), juzguen, interpreten y saquen sus propias conclusiones.

Algunas de estas acciones son muy reveladoras del “espíritu” que anima la vida y la obra de Vicente de Paúl, y, aún más que sus propias palabras, constituyen la esencia de su mensaje: 1) “Libera” a una prostituta adolescente (Manon), “pagando” su rescate al proxeneta que la retiene (D’Aubrac); 2) Entierra dignamente a quien muere sin recursos y en circunstancias “sospechosas” (Jérôme, en el Cementerio de los Inocentes); 3) Peregrina incesantemente por las calles parisinas, de mansión en mansión, para recaudar fondos para sus obras entre las familias acaudaladas, teniendo a las mujeres como principales aliadas, sobre todo en el trabajo solidario cotidiano (Sor Théresè, Marie Lumagne, después Anne d’Entragues); 4) Atiende y confiesa a delincuentes (Bolpo) y a reyes (el propio Luis XIII, en su lecho de muerte); 5) Gestiona tanto la organización material de sus fundaciones, especialmente San Lázaro, como el “estilo” de las mismas, a través del cuidado de quienes comparten sus afanes; 6)  Come en la misma mesa que los pobres que atiende en San Lázaro, y cuando alguno reclama, desabrido (o acuciado por la necesidad extrema) más comida (Thomas), le da su propio plato, confiando en el valor “contagioso” de su gesto; 7) Se enfrenta a la violencia, tanto la que contempla (peleas callejeras, como la de Bolpo y Jérôme; duelos entre particulares, como el libra D’Aubrac), como de la que es objeto (la cuadrilla de matones organizada por La Couture, bajo la instigación del Duque D’Entragues), mediante estrategias que podrían englobarse dentro de la cultura de la noviolencia, perseverante siempre a pesar de sus fracasos; 8) Escucha a todos, sin juzgar a nadie, y eso hace que la mayoría, desde Bolpo hasta Luis XIII, desde Madame de Maignelais hasta Jacques de Prémontal, se sinceren con él, se muestren tal como son, y ese acto de escucha de alguna manera les sacude y les transforma, como se muestra en el conmovedor final de la historia.

No deja de llamar la atención la modernidad de las empresas vicencianas-utilizamos el término “empresa”, obviamente, en el sentido que se le daba en el Siglo del Barroco-, tal como se describen en el libro, su “rabiosa” actualidad, o, mejor, la “actualización” que de estas acciones han hecho y hacen los movimientos solidarios del presente. Esto -además y sobre todo, insistimos, su calidad artística- convierte la obra reseñada en un recurso particularmente valioso para el trabajo en el aula, especialmente en Historia o en Ciudadanía. Además, el cómic se completa con un amplio y documentado dossier biográfico e histórico a cargo de Marie-Joëlle Guillaume, autora de Vincent de Paul, un saint au Grand Siècle (París, Perrin, 2015)

A la derecha, dibujo  de Martin Jamar para Vincent, un santo en la época de los mosqueteros; a la izquierda, cubierta del libro de Marie-Joëlle Guillaume citado en la reseña.

Por último, unas palabras sobre el título del cómic: por un lado, el nombre propio del protagonista -al estilo del título de la película más conocida sobre Vicente de Paúl, Monsieur Vincent, que dirigió Maurice Cloche en 1947, conun magnífico guión de Jean Anouilh y Jean Bernard-Luc-; por otro lado, su condición de “santo”, en lo implica el término de “hombre de vida ejemplar”; en tercer lugar, y sobre esto quiero incidir, el contexto histórico: “en la época de los mosqueteros”. Los autores no han buscado referencias cronológicas -el siglo XVII-, culturales -la “época del Barroco”-, o políticas -el “Siglo del Absolutismo” o “entre Richelieu y Mazarino”, por poner ejemplos reconocibles-, sino que se han fijado en los “mosqueteros”, el cuerpo de soldados al servicio del rey, no por su papel en la obra -no aparece mosquetero alguno, aunque en 1643 ya existían-, sino por la asociación inmediata que los lectores hacen con la conocida obra de Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros (1844), la famosa novela histórica, llena de trepidantes aventuras, y cuyos protagonistas –“uno para todos, todos para uno”- empeñan su vida en la búsqueda de la verdad y de la justicia -por cierto, en 1625, época en la que Dumas sitúa su novela, este cuerpo aún no existía como tal. Aunque el Vincent que aparece en esta excelente historia, a nuestro juicio, esté más cerca de Cyrano que de D’Artagnan, nos parece un detalle muy revelador de esa condición militante y activa en favor de los miserables que da forma y sentido a la vida del Señor de Paúl.

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