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Luisa de Marillac: mendigando para el pobre

Luisa de Marillac: mendigando para el pobre

El próximo día 9 de Mayo celebramos la fiesta de Santa Luisa de Marillac, una gran mujer, oculta, hasta hace bien poco tiempo, en la penumbra de la gran figura de Vicente de Paúl. Sin embargo, hoy podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que, si bien es cierto que Luisa no hubiera sido nunca la gran mujer que conocemos hoy, sin Vicente de Paúl, con toda probabilidad, tampoco hubiera sido Vicente la figura emergente del gran siglo francés, sin la presencia oculta, pero, activa y eficiente de Luisa.

Él la liberó de sus escrúpulos y zozobras espirituales; supo infundirle confianza en sí misma, le ayudó a descubrir el rostro de Cristo en los pobres que pululaban por las calles de París y, en definitiva, iluminó su camino de búsqueda del cumplimiento de la voluntad de Dios en el servicio sin reservas a los más pobres.

Ella enriqueció a Vicente, con su intuición femenina y su sentido de la realidad, más allá de los idealismos imposibles, en el servicio a los niños abandonados y en la dirección y dependencia de la naciente compañía de las Hijas de la Caridad.

Por otra parte, Luisa hermana en sí misma vocaciones hasta entonces contrapuestas: casada, mujer de su casa, y cofundadora de una comunidad religiosa; noble y voluntaria abnegada en el servicio de los pobres; nobleza y pueblo se alían en ella en perfecta armonía…

Salvadas las distancias, bien podemos afirmar también de ella, como de Vicente, que es la gran Santa del gran siglo francés, aunque hasta hace poco haya sido una gran desconocida del santoral de la Iglesia, que se presenta hoy ante nosotros como un modelo de referencia para nuestra iglesia en  salida

El texto versificado que citamos a continuación esta tomado del libro del P. Manuel Herranz, CM, titulado Santa Luisa de Marillac, interpretación poética de su vida.

“Alimentada por el soplo
del Espíritu Divino
Con acelerado ritmo
se extendían más y más

Con verdadero desvelo
de unos padres por sus hijos
Vicente y Luisa buscaron
entre extraños y entre amigos
recursos para aliviar
a tantos pobres mendigos.

Llamaron a todas puertas,
hasta del palacio mismo;
pidieron por caridad
a los nobles y a los ricos,
para poder darles pan
y una prueba de cariño
a tantos desamparados,
de todo bien desprovistos.

Aunque esto les supusiera
un sacrificio continuo,
aquellos hombres de pueblo,
sin comida y sin domicilio,
aquella masa de pobres
y de harapientos mendigos,
que paseaban calles
como cadáveres vivos
eran la cara doliente
del crucificado Cristo,
que otra vez en esos cuerpos,
padecía su martirio.

Pobres que pedían pan
para saciar su apetito
y tan solo recibían
el desprecio del olvido;
miembros de una sociedad
compuesta de pobre y rico,
separados unos de otros
por el dinero maldito.

Una sociedad sin alma
y repleta de egoísmo,
que olvidaba que el Señor
a todos iguales hizo
y que eran todos hermanos,
por ser todos de Dios hijos.

Ellos nunca se fijaron
si eran o no sus amigos
y a través del rostro humano
supieron ver el de Cristo.

¡Dichosos Luisa y Vicente
porque los dos al unísono,
trataron siempre a su prójimo
como si fuera Dios mismo…!
Ellos supieron vaciarse
en sus hermanos  mendigos
sin  reservar para sí
ni un denario en el bolsillo”.

P. Manuel Herranz CM

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