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Damnificados de los huracanes “Eta” y “Iota” en Honduras

Damnificados de los huracanes “Eta” y “Iota” en Honduras

En el momento de redactar este escrito, uno de los periódicos de mayor tirada de Honduras, el diario “La Prensa”, destaca en primer plano de la edición de ese día la visita de la reina Letizia de España en fechas próximas inminentes; señalando además la traída de una importante donación en víveres y material sanitario para los damnificados de los huracanes padecidos en Centroamérica en el pasado mes de noviembre.

Como muchos lectores sabrán, fueron algunas regiones de Nicaragua y de Honduras, junto a la isla colombiana de San Andrés y adyacentes, las zonas que más sufrieron la devastación de estos fenómenos atmosféricos extremos.

El mentado periódico hondureño destaca en su información citada, que, a fecha de 9 de diciembre de 2020, después de más de un mes de haberse sufrido los embates de los huracanes, todavía había cerca de cien mil personas en albergues habilitados para los damnificados que tuvieron que dejar sus casas o que las perdieron. De esa cifra, señala que unos 17.000 de ellos estaban en la ciudad de San Pedro Sula, la capital industrial del norte del país, que continúa con su aeropuerto internacional inundado y sin poder realizar vuelos. Y es que las infraestructuras de este país han quedado seriamente afectadas. Dice el periódico mentado que fueron más de 45 los puentes que fueron destruidos, y otros tantos dañados; siendo más de 200 los tramos carreteros afectados. Según la misma información aportada, se necesitarán unos cuatrocientos cincuenta millones de euros para poder reparar esas infraestructuras dañadas.

El señor Pedro López es un campesino hondureño vecino de la aldea Nueva Delhy, perteneciente al municipio de Omoa, en el noroeste del país, fronterizo con Guatemala. Esta es una de las zonas más afectadas por los efectos de los huracanes. Pedro y su familia tuvieron que salir apresuradamente de su aldea, como otra veintena más de familias que viven en la ladera de la montaña de El Merendón. Allí, debido a los fuertes vientos y persistente lluvia torrencial, durante varios días seguidos, la montaña se desmoronaba y los aludes de tierra, lodo, y piedras sepultaban las casas de la aldea. Cuando salieron apresuradamente había que salvar la vida, y lo hicieron por medio del enmarañado bosque tropical, como buenamente pudieron, porque los caminos habían desaparecido.

Algunos como Pedro, a medio camino, encaminando su familia hacia zona segura, se volvían a su casa para salvar los animales domésticos que habían quedado atrapados. Él tuvo suerte y pudo soltar a su caballo, que tanto le ayuda y sirve en sus labores agrícolas, antes de que quedara sepultado. Lo que no ha podido salvar es más de la mitad de sus árboles de cacao, que se los han llevado los deslaves. Han sido años de mimar su pequeña plantación de cacao, que comenzaba a rentabilizar y ayudaba a subsistir y resistir en sus queridas montañas que miran al mar Caribe, sin tener que abandonar su tierra camino del extranjero, como tantos compatriotas suyos.

Ahora, como casi todas las familias de su aldea, unas veinticinco o treinta, están refugiados en casas de amigos y parientes en una de las aldeas seguras del llano, junto al mar. Allí anda dándole vueltas a sus pensamientos: si regresar a casa, poniendo en riesgo su vida y la de su familia; si buscar nuevo emplazamiento para reconstruir el hogar familiar; si emigrar donde sea, aunque lo pongan tan difícil algunos mandatarios de los países ricos, …

Pedro López es católico practicante. Es el “delegado de la Palabra” en su aldea, el que realiza las celebraciones de la Palabra en su comunidad cuando los sacerdotes de su parroquia de Cuyamel no pueden acudir por sus muchas obligaciones. Días antes de los huracanes estaba feliz porque regresaba a casa, después de un año de ausencia por estudios, uno de sus dos hijos varones, su hijo homónimo, que quiere ser sacerdote vicentino.

Saben que Dios no abandona a sus hijos; tienen fe en que la Madre querida, la Virgen de Suyapa, patrona de Honduras, mediará para poder superar la incertidumbre y necesidad que viven en este momento. Pero, ¿cómo comenzar otra vez todo de nuevo cuando los recursos son tan escasos? Quizá la solidaridad de otras personas que puedan ayudar, como hacían los primeros cristianos cuando ponían sus bienes en común para que nadie pasara necesidad…

La Sociedad de San Vicente de Paúl en las parroquias de Puerto Cortés y Cuyamel, Honduras, tiene un proyecto de ayuda a los damnificados por la inundaciones, apoyando la compra de enseres del hogar esenciales, para las familias que perdieron sus casas o se les arruinaron por las inundaciones.

Espero también que los amigos y colaboradores de Feyda, Asociación que conozco bien desde sus primeros tiempos en la residencia de los Paúles en Teruel, allá por los años 80-90, colaboren con generosidad a paliar tan extremas necesidades.

Fernando López Rajadel,
voluntario en la Misión de Honduras  

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