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Pequeña historia de la Comunidad del Olivar. 3.- El “Olivar”, una escuela de discernimiento vocacional

Pequeña historia de la Comunidad del Olivar. 3.- El “Olivar”, una escuela de discernimiento vocacional

Creación de un clima de interiorización

Nadie busque en este enunciado inicial, teorías filosofías concretas sobre un tema tan complicado y, a la vez, tan básico para la realización de las personas, en su integridad psíquica, social, moral y espiritual. Tampoco es una proclama pretenciosa, o altisonante. Nos situamos simplemente en la constatación de hechos fehacientes: muchos jóvenes de los que pasaron por el Olivar durante años encontraron, de hecho, el camino a seguir en sus vidas.

Entendemos aquí como discernimiento vocacional aquella situación o contexto social en el que se facilita el encuentro consigo mismo y se impulsa una opción personal de vida, libre de condicionamientos externos y, a la vez, reforzada por un sentimiento interior de equilibrio y serenidad. En esta situación florece lo mejor que cada uno lleva dentro y le hace sentirse capaz de alcanzarlo, por difícil y escabroso que parezca a primera vista.

Tal vez este aspecto fue lo mejor de las acampadas del Olivar: la creación de este clima. Todo, en la convivencia de grupo, en contacto directo con la naturaleza, en la contemplación tranquila de las estrellas y amaneceres; en la oración de la mañana y en los diálogos en búsqueda del mejor servicio al pueblo, facilitaba este clima de interiorización, que ayudaba a encontrarse con su mejor yo.

Quitar miedos para entrar en el santuario interior

El sentimiento profundo que el ser humano lleva dentro se acentúa en el joven inquieto por propio impulso vital y se potencia y y multiplica, si se coloca en un entorno estimulante. La oración de la mañana, a veces individual, a veces compartida en pequeños grupos o en el grupo general; el diálogo en torno a temas que interrogan sobre el sentido de la vida, el valor del tiempo y de la importancia de emplearlo para hacer el bien; cuáles son tus aspiraciones principales en la vida; a quien admiras más o quienes son tus ídolos a los que te gustaría parecerte; cuáles son tus miedos y temores: a dónde crees que puedes llegar en tu vida… Preguntas como estas, formuladas de diferentes maneras a lo largo de 20 o más días, llegan al corazón y a la razón del joven bien dispuesto.

El servicio desinteresado a personas sencillas, a niños y jóvenes que miran con admiración a estos jóvenes universitarios, que parecen caídos de otra galaxia, también estimula la donación y la entrega, de los acampados, hasta sentirse agradecidos por tener el convencimiento de que reciben mucho más de lo que dan a estas gentes sencillas, no contaminadas por el vaho del consumo invasor ni de la doblez. Era frecuente escuchar al final de cada acampada: “He recibido mucho más de lo que he dado”. Y no es raro que, después de muchos años, alguien te diga: “Te aprecio mucho y has sido una de las personas que ha marcado mi trayectoria”.

La importancia del grupo y de los acompañantes.

Todavía hay que destacar como elemento dinamizador y creador de este clima de búsqueda de identidad personal, la composición del grupo de acampados y de los formadores acompañantes. El grupo de acampados, chicos y chicas, nunca sobrepasó los 20-25 acampados, de edades comprendidas entre los 16-25 años. Siempre hubo en cada acampada uno o más sacerdotes o religiosos; dos o más Hijas de la Caridad, todos ellos con experiencia de trato con jóvenes y de servicio a los pobres. Merecen mención especial de agradecimiento entre los acompañantes: P. José María Alonso del Val, franciscano; Hermano Ricardo, de la Salle; Hermano Manuel Casamayor Prieto. Entre las Hijas de la Caridad: Sor Aurora Bernardo, Sor Petra Díez, Sor Nieves García, Sor Ana García, Sor María Ángeles Gonzalez, Sor Milagrosa Zamarrón y alguna otra esporádica. En alguna estas acampadas tuvimos el privilegio de gozar del testimonio de misioneros de primera línea, como el P. Pedro Opeka, y el P. Cuevas, misioneros en Madagascar.…

La siembra y la cosecha

Las acampadas del Olivar fueron una experiencia inolvidable, un auténtico privilegio, de difícil reproducción en estos tiempos, al menos en nuestro entorno; pero, quizá sirva de estímulo para otras realidades y entornos de la Familia Vicenciana, en este año de la celebración del 400 aniversario de nuestro carisma. Merece la pena intentarlo. A nivel personal confieso que esta experiencia dejó marcado en mí, de manera indeleble, el sentido vicenciano de mi vocación sacerdotal en el servicio a los pobres del campo, como la mejor plataforma de promoción vocacional entre jóvenes inquietos.

La cosecha de esta siembra todavía no se ha acabado: es como la pequeña semilla que florece cada año y cada nueva flor reproduce nuevas semillas; es como la vida misma que se renueva en los retoños, en un proceso repetido, inextinguible.

Aún hay más: diré con humildad y gratitud enorme que, de estas acampadas, que duraron unos 15 años y que después se prologaron, en parte, en los cursos de inglés de verano, nacieron personas inquietas por los valores evangélicos, muchas de las cuales se integraron más tarde en sus parroquias de origen como agentes de pastoral; parejas que se conocieron en un clima de sensibilidad y de respeto al otro, que les capacitaba para constituir un matrimonio estable con ideales compartidos… Surgieron voluntarios que dedicaron uno o varios veranos al servicio misionero, con los nuestros, en Honduras; en Bolivia, con las hijas de la Cardad. Ellos fueron pioneros en esta opción evangelizadora seglar ad gentes. Con mis disculpas a las interesadas e interesados, por esta indiscreción, citare algunos nombres. Del Olivar, o del grupo de monitores de los cursos de verano de inglés, acciones ensambladas durante algunos años, salieron:

De entre las jóvenes:

Naia Pereda Barroeta, Celia Almonacid, María Ángeles Palmí, Yolanda Muñoz, que pasaron varios veranos en la residencia de Hijas de la Caridad para niños huérfanos o de la calle en Tacata, (Cochabamba, Bolivia), en la cual figuraba como responsable Sor Gloria Expósito, Hija de la Cariada americana.

De entre los jóvenes:

Dani Gutiérrez Porset y Marcos Pereda Barroeta, que pasaron varios veranos con nuestros misioneros en Honduras. Marcos, antes de ir a nuestra misión de Honduras, hizo un curso completo de medicina tropical en Barcelona, para que su misión con los nuestros fuese más completa. Esta preparación específica le estimuló para continuar en nuestra misión durante varios años más, pero, esta vez, en coordinación con Medicus Mundi, presente en nuestra misión.

Como una ofrenda en este 400 aniversario del carisma vicenciano.

No faltaron otras opciones todavía más exigente, evangélicamente hablando, nacidas al rescoldo del clima de reflexión y de búsqueda de identidad en el seguimiento de Jesus. Solo Dios y la voz y acción directa del Espíritu hace explícita la llamada, cómo, cuándo y dónde quiere, y a quién quiere. Pero, no cabe duda de que Dios actúa a través de mediaciones, que hacen posible esta cercanía o presencia activa de Dios en la vida de las personas. Por la escuela de discernimiento vocacional de las acampadas del Olivar pasaron durante años:

Entre los jóvenes:

Francisco Javier Fernández Chento, Mikel Sagastagoitia, Miguel Sánchez Alba, Fernando Ruiz del Castillo, Kiko Cardaldas, Felipe Manuel Nieto y otros que se quedaron en el camino.

Entre las jóvenes:

Visitación Garcia, Blanca Martín, Maria Ángeles San Juan, y otras que se quedaron en el camino de la vocación integral para Hijas de la Caridad.

Todos ellos, seglares vicencianos que viven el espíritu germinal de esta gran familia, en sus vidas laicales; Paúles, sacerdotes diocesanos e Hijas de la Caridad, que sintieron la primera chispa de la llamada al servicio radical de los pobres, en las noches tibias, estrelladas, de las acampadas del Olivar, constituyen el mejor florero-ofrenda del Olivar, en este 400 aniversario del carisma vicenciano.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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