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Pequeña historia de la Comunidad del Olivar. 2.- “El Olivar”, una experiencia creativa de evangelización rural

Pequeña historia de la Comunidad del Olivar. 2.- “El Olivar”, una experiencia creativa de evangelización rural

Planteamientos iniciales

Desde sus orígenes, en el verano de 1977, las acampadas del Olivar, han tenido un sentido, no sólo sociocultural, ni siquiera de pura solidaridad humana, sino netamente evangelizador. Pero, eso si, fue de una manera distinta a la tradicional: no con charlas ni con catequesis al estilo clásico, sino con nuestra presencia abierta al servicio, al acompañamiento; desde el compartir nuestra propia experiencia de vida cristiana en la oración, en las celebraciones litúrgicas, en el trabajo, en la disponibilidad incondicional a cualquier demanda de apoyo.

Cada acampada era meticulosamente preparada a lo largo del curso anterior. Teníamos, al menos, dos o tres convivencias anuales. A veces, aprovechábamos las convivencias de Navidad y de Pascua, unidos a los jóvenes de JMV de la Provincia de San Sebastián; otras veces nos reuníamos sólo nosotros, los del Olivar, para concretar programa, materiales, acciones específicas, fechas y participantes necesarios o disponibles.

Tan importante como estos encuentros era la comunicación continua que teníamos entre nosotros. Entonces no existía el whatsapp, pero funcionaban las cartas, las llamadas, y, sobre todo, nuestro boletín informativo semestral, en el cual comunicábamos nuestros sentimientos y nuestras propuestas, llenas de sinceridad y de vida, de suspiros por el nuevo encuentro del verano. Los tres primeros años, veranos del 77 al 79, publicamos incluso un extenso folleto multicopiado de más de 100 páginas cada uno. En estos folletos se detallan las actividades y las experiencias personales, incluso los sentimientos íntimos compartidos.

El nombre de “Comunidad” tenía también un sentido, al menos implícito, de comunicación de bienes. Los tiempos, económicamente hablando, eran difíciles: no todos podían pagarse los costos de la acampada y de las convivencias, que ascendían, globalmente, ya en aquellas fechas, a casi medio millón de pesetas. Desde el principio, se establecieron pequeñas cuotas personales, mensuales o trimestrales. Pero, aún con la mejor buena voluntad del mundo, las aportaciones personales no cubrían ni una cuarta parte del costo global total.

Afortunadamente no faltaron nunca las aportaciones generosas de Hijas de la Cardad, que conocían bien la calidad del grupo, desde sus orígenes. Gracias a estas aportaciones fue posible esta experiencia tan peculiar de pastoral juvenil evangelizadora, que dejó marcados de por vida a un grupo excepcional de Jóvenes, en búsqueda de su identidad cristiana.

Como eran creativos y excepcionalmente dinámicos también gestionaban otros ingresos con sus actividades: el teatro, las campañas y sorteos de navidad… Más tarde, su colaboración como monitores en los cursos de inglés, fueron la solución definitiva al problema económico de las acampadas de verano; incluso se les pagaba, modestamente, su trabajo de monitores, con la seguridad social incluida.

La evangelización, como acción global de la comunidad.

No nos planteamos nunca la evangelización como una acción aislada y concreta del día o de la acampada en sí misma, sino como presencia activa y viva, integradora, de la comunidad en la vida ordinaria del pueblo o pueblos donde queríamos hacer significativa nuestra presencia. Para cada acampada, al menos en los primeros tiempos, se nombraba una comisión de evangelización. Ella planeaba el programa completo de la acampada, con actos específicos diversos a través de los cuales debería expresarse nuestro sentido de vida, impregnada de los valores del evangelio. La evaluación final era punto clave para mejorar el planteamiento de la siguiente acampada.

Pedro Sáez Ortega, uno de nuestros jóvenes pioneros, y uno de los mayores de nuestros acampados, con unos 22 años a la espalda, resume muy bien la manera de entender la evangelización como proyecto de la comunidad del Olivar. Esta síntesis de su reflexión está tomada después de la segunda acampada del Olivar en la Aceña, cerca de Valencia de Alcántara (Cáceres), en el verano de 1978. Estas son sus palabras:

“La evangelización hay que entenderla como acción global de la Comunidad, que debe intentar aproximarse al ideal de vida evangélica, puesto que se proclama cristiana y se esfuerza por tener siempre presente las palabras de Jesús “Id y enseñad…” Esta llamada a la evangelización la aplicamos en dos vertientes, íntima y dinámicamente unidas entre sï”:

  • De cara al interior de la Comunidad, hay que entenderla como un planteamiento crítico y profundo de nuestra fe, en constante proceso de conversión, y renovación, que se centra en la oración, personal y comunitaria, y en la eucaristía, como celebración de la palabra y presencia de Cristo entre nosotros”.
  • “En relación con las personas que nos rodeaban (Aceña, Valencia de Alcántara, El Pino) como una puesta en marcha de ese testimonio, a través de la proclamación de la Buena Nueva, de la “fiesta”, en la que todos nos sentimos partícipes”.

Pedro todavía profundiza más en su reflexión sobre el sentido de evangelización que queríamos realizar:

  • “No se trata, en absoluto, de ir a evangelizar a la gente desde nuestra sabiduría, bondad o sentimientos… Las palabras de Pablo se repetían sin cesar como punto de referencia “me hice pobre con el pobre”. Quisimos que este texto estuviese en la base de nuestra actuación. El evangelio es de los pobres por derecho propio. Son ellos los protagonistas de la salvación que Cristo Jesús proclama, y, a la vez, sus máximos benefactores (la verdad siempre escuece, pero no deja de ser por ello menos verdad)”.
  • “La solución era sencilla, desde este razonamiento: nuestros pasos debían orientarse siempre hacia la participación total en los problemas, inquietudes y experiencias vitales de las personas con las que íbamos a convivir, integrándonos con ellos, en todo lo que fuera posible, en su vida y en su fe, en su denuncia y en su esperanza. Solo así se podía realizar una auténtica evangelización”.

A modo de evaluación global, Pedro simplifica:

  • “Creo que “evangelización”, en su sentido pleno, fue todo lo que hicimos durante los días de estancia allí: desde las clases, pasando por el festival, las visitas, las excursiones, los cursos de enfermería, hasta los simples diálogos, el fregoteo y esas lentejas que se van haciendo como Dios les da a entender”.
  • “Quizá pueda parecer un poco exagerado, poco realista, continua Pedro, pero al menos para mí, el evangelio se plasma en todas las facetas de la vida comunitaria, dotándolas de un “algo” especial, difícil de definir, pero que llena en lo profundo. Por todo ello, la comisión de evangelización, en su estricto sentido, no era más que un apartado más de ese sentir comunitario.”

Los tiempos y acciones concretas.

Cada acampada se planeaba según las características peculiares del lugar, teniendo en cuenta la información que nos adelantaban del conocimiento de la realidad. Pero, de alguna manera, podemos afirmar que había un programa estándar, referencial, para todas nuestras acampadas. Se puede concretar así:

Objetivos generales:

Hacia el interior de la Comunidad:

Madurar el sentido de nuestra identidad dentro de la Iglesia e impulsar en cada uno de los miembros de la Comunidad hacia unos compromisos concretos de fe, cada vez más exigentes, dentro del respeto más auténtico hacia la identidad personal de cada uno.

Hacia el exterior de la Comunidad:

Sensibilizar a las gentes del lugar hacia los valores del evangelio. Más especialmente, motivar a los jóvenes a integrarse en grupos de motivación cristiana, que continuaran la obra comenzada en la convivencia con nosotros.

Actividades internas:

  • Oración: individual, comunitaria y compartida en pequeños grupos.
  • Estudio reflexión:
    • Catequesis Sobre las bienaventuranzas, pobreza evangélica, justicia y paz…
    • Profundización en las características eclesiales de nuestra Comunidad.
    • Temas bíblicos según la demanda del grupo.
    • Diálogo sobre cualquier tema concreto que surgiera de una parte importante del grupo.
    • Eucaristía comunitaria, que era realmente el centro del día. A ella se invitaba a todo el pueblo, de manera especial a los jóvenes del lugar. Aunque duraba más de una hora, porque la homilía era dialogada, la asistencia del pueblo, más concretamente de los jóvenes, era significativa, si no por el número, sí por su calidad humana y por su interés.
    • Revisiones o evaluaciones comunitarias al final del día. No eran de simple cumplimiento; a veces, eran tremendamente exigentes y explícitas, con nombres y apellidos…

Actividades externas, de cara al pueblo:

  • Formativas: clases a niños y jóvenes.
  • Catequéticas: charlas a adultos, catequesis a niño y jóvenes.
  • Culturales: teatro-forum, disco-forum, montajes audiovisuales, tertulias o diálogos abiertos, cantos populares o religiosos.
  • Deportivo-recreativas: excursiones, pasatiempos y deportes.
  • Festivales: con la participación de niños y de jóvenes del pueblo.
  • Comisiones: trabajos agrícolas, visitas a domicilio.
  • Grupos de Trabajo: Cocina, fregado, letrinas, mantenimiento del campamento.

La verdad es que no había tiempo ni ocasión de aburrirse en ningún momento del día. Aun teniendo en cuenta sus edades tempranas, entre 17 y 22 años, los acampados terminaban la jornada más que cansados, extenuados, por lo menos los que se lo tomaban en serio, que eran la gran mayoría.

 

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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