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Hacia una parroquia viva, animada por los jóvenes

Hacia una parroquia viva, animada por los jóvenes

Punto de partida: la confianza en el joven.

¿Cuando los jóvenes no han sido objeto de crítica por parte de las generaciones maduras, seguras de sí mismas, de su verdad, de su pasado y de su porvenir? También es cierta la reflexión a la inversa. Ni los mayores serían mayores, ni los jóvenes serían ellos mismos, si no hubiera un desencuentro generacional entre unos y otros. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo. Todos canonizamos nuestra propia experiencia como fuente de inspiración y de seguridad; es normal, ¿a donde íbamos a agarrarnos, si no fuera así? ¿Quién nos guiará por lo desconocido, por los caminos nuevos sin asfaltar?

A medida que voy tomando conciencia de mí mismo crece en mí el deseo, consciente o inconsciente, de ser yo mismo, de independizarme de la autoridad de mis padres, de liberarme de la mano protectora que me guía con sus principios y saberes aprendidos de su propia experiencia vital. Y esto es lo que hace de la propia vida una aventura fascinante, que sólo yo puedo correr.

Solo la confianza mutua del niño en los padres y del joven en los adultos o guías puede salvar distancias y ayudarnos a correr juntos un camino nuevo, construido con materiales del pasado y elementos por descubrir. Ni los padres ni los tutores o docentes cumplen su misión queriendo hacer de sus pupilos una hechura perfecta de su propio modelo de referencia. Merece la pena intentar construir algo nuevo, desde la experiencia del pasado y el reto de lo nuevo por descubrir. Ese es el secreto de la armonía generacional entre el pasado, el presente y el futuro. Y esto no solo a nivel de la sociedad, sino también a nivel de la familia y de la Iglesia.

¿Por dónde empezar en la pastoral juvenil parroquial?

Sin duda, hay que empezar por el convencimiento personal de que una pastoral parroquial sin jóvenes es un proyecto manco, cojo o deficiente, se mire por donde se mire: es como una familia sin hijos, una sociedad viva sin sangre nueva, sin nervio vital… No valen las escusas ni las dificultades: si quiero una parroquia viva, he de contar con quienes pueden aportar vitalidad, iniciativas, creatividad, generosidad, entrega desinteresada. No valen las disculpas ni los miedos, tampoco las dificultades para entrar en un terreno pedregoso, ni las carencias personales. La labor de poda mental, de eliminación de prejuicios; de confianza en los jóvenes, tan distintos a como yo quisiera que fueran, es el salvoconducto de entrada.

El siguiente paso es el contacto personal, el acercamiento sin prejuicios, la mano tendida, el ofrecimiento de mi persona a hacer por ellos lo que esté en mi mano para ayudarles; el deseo expreso de querer contar con ellos tanto a nivel personal como de parroquia, incluso de barrio. Hay que dedicar, después, muchas horas a relacionarse con ellos, bien personalmente, bien a través de personas maduras, jóvenes o adultos, de toda confianza. Y habrá que empezar por un grupito de amigos de cierta entidad, que se conocen, que se relacionan con una cierta asiduidad, que tienen cosas en común.

Habrá que fomentar después las reuniones informales de grupo para conocerse, para ver lo que se puede hacer juntos, para celebrar los cumpleaños. Y una reflexión o lectura comentada del evangelio, como experiencia nueva, ¿por qué no? Habrá que elegir bien este momento, porque a partir de aquí, se puede iniciar el proceso de un grupo de diálogo y de búsqueda de compromiso cristiano continuado.

Un grupo de adolescentes o de jóvenes incipientes necesitan después un lugar permanente de encuentro, donde ellos puedan relacionarse, jugar, organizar sus propias iniciativas. Es un momento clave: de cómo se planifique este lugar de encuentro dependerá en gran parte el devenir del grupo, como agente de pastoral parroquial organizado. Desde el principio deberemos ser conscientes de los riesgos de un lugar de encuentro, sin control. El salón de jóvenes deberá ser abierto, sí: con actividades autogestionadas, también, pero, como unos buenos padres, conocedores de todo lo que se cuece allí, de quienes vienen y van, de lo que se hace y de lo que se planea y se realiza allí. Y con horarios de apertura y de cierre de actividades. bien señalados, y las llaves del local bien custodiadas.

Posible proceso a seguir

¿Cómo y cuándo empezar un grupo así? El último año de la catequesis de primera comunión, 9-10 años, podría servir de trampolín para el primer lanzamiento o intento de un grupo juvenil parroquial; el segundo intento, paralelo al anterior o independiente, es la confirmación, a los 14-16 años.

No todas las parroquias tienen lugares adecuados para poder disponer de un salón de juventud, con una cierta autonomía. Tampoco hay en todas las parroquias un sacerdote, mejor, un equipo, joven o adulto, de pastoral, con el temple y las características que exige la gestación y continuidad de una pastoral juvenil bien llevada, en los tiempos que corremos. Lo difícil es empezar; después las cosas ruedan casi por sí solas: los jóvenes van donde hay jóvenes.

Hay que tener la humildad suficiente para pedir colaboraciones puntuales, a tiempos concretos. Lo ideal sería que se creasen unidades pastorales, de varias parroquias con características sociales y culturales parecidas, que creasen una pastoral juvenil unificada, al menos de mutua colaboración, con actividades y reuniones compartidas. En la actual situación del clero en España, con pocos sacerdotes, y la mayoría de edades muy avanzadas, creo que esta opción es una necesidad apremiante, si no queremos que la pastoral juvenil se nos vaya de las manos, si es que no se nos ha ido ya.

Por otra parte, es hora de que las clases de religión se empleen como trampolín de captación de jóvenes, sensibles a los valores humanos, y abiertos a la práctica religiosa, que les lleve a una posible colaboración en acciones sociales y pastorales en la parroquia. A mi entender, la clase de religión no puede reducirse a impartir unos conocimientos: algo falla en la enseñanza de la religión en los colegios si no somos capaces de suscitar en la clase un grupo de jóvenes inquietos que quieran vivir su fe de manera activa y comprometida con los demás.

La necesaria inmersión en la parroquia de los distintos grupos juveniles cristianos

Pocos, y cada uno por su lado: esa es la experiencia de la pastoral juvenil mantenida durante años en las parroquias. Es una riqueza enorme que, a pesar de la caída vertical de la práctica religiosa entre los jóvenes, todavía hay distintas raíces pastorales que les hace caminar por caminos divergentes. Siendo las parroquias de grandes dimensiones territoriales y sociales, es normal que en la misma demarcación parroquial haya distintas marcas de calidad, procedentes de diferentes espiritualidades. Cito solo algunas de las más corrientes: carismáticos, neocatecumenales, focolares, comunión y liberación, juventudes marianas vicencianas, grupos de postconfirmación de distinto signo… Siempre ha sido así y es una prueba fehaciente de la riqueza inabarcable de la iglesia, a lo largo de la historia. Demos gracias a Dios por ello.

Hay que ser fieles al carisma fundacional de los distintos grupos: es la fuente y el alma que anima a cada grupo, pero, a la vez, y simultáneamente, hemos de ser conscientes de que la parroquia es el núcleo familiar que da unidad y cohesión a los distintos grupos; es la unidad territorial donde vamos a vivir la fe, a lo largo de nuestra vida; más aún, es la primera tierra de misión compartida, donde debemos sentirnos enviados para anunciar la Buena Nueva, la primera tierra de misión donde debemos compartir nuestra misión evangelizadora.

Sin romper la fidelidad al carisma particular, todos los grupos con auténtico sentido cristiano, más específicamente los grupos juveniles, deberán plantearse cómo colaborar en la pastoral de conjunto de la parroquia, en coordinación con el párroco y el equipo responsable que él delegue.

También los responsables de los distintos grupos pastorales deberán tener en cuenta esta unidad pastoral parroquial y estimular a los suyos a colaborar en la pastoral de conjunto, en la medida de lo posible. Los pequeños reinos de Taifas están condenados, más pronto o más tarde, al fracaso o la esterilidad, también en el campo de la pastoral.

Mar abierto o la ilusión creativa

El joven es soñador por propio impulso vital. Puesto en un mar de posibilidades, difícilmente alcanzará a ver por sí mismo el final del horizonte a donde quiere llegar. Es tarea del acompañante orientar y estimular esta fuerza irresistible, calmar los vientos, sin plegar las velas. Poco a poco, pero sin pausa.

Ni yo mismo, que soy también un soñador por la gracia de Dios, pensé que se podía llegar tan lejos en la aventura de la pastoral aplicada, con jóvenes, cuando empecé a trabajar en serio con un grupo excepcional de jóvenes, en la parroquia de Remar (Barakaldo, Vizcaya). Tampoco soñé que la familia iba a multiplicarse con tanta rapidez.

En tan solo un año, de Septiembre del 80 al Septiembre del 81 me vi acompañado de un grupo de preadolescentes y adolescentes que se acercaban a esa dichosa parroquia de barrio humilde, donde buscaban no sé qué. Quizá percibían vida nueva, quizá gente joven, chicos y chicas, donde podían relacionarse en un clima de amistad, quizá vieron en mi un cura relativamente joven, «distinto», «potable»…Lo cierto es que empezamos a conocernos, a interrogarnos qué podíamos hacer…

Nos atrevimos a intentar un pequeño grupo de oración los viernes; algunos se atrevieron a asistir a las convivencias de Navidad y de Pascua que teníamos en Murguía (Álava) con jóvenes mayores de Juventudes Marianas Vicencianas de la Provincia canónica de San Sebastián de las Hijas de la Caridad.

En dos años, algunos de estos adolescentes, después de pasar por los cursos de verano de inglés, que yo mismo organizaba, pasaron a ser premonitores en esos mismos cursos. Antes se habían entrenado en la animación de la misa de niños de la parroquia, incluso en la tarea de acompañantes de los catequistas de primera comunión.

A la parroquia de San Ignacio de Remar venían adolescentes del colegio de la Inmaculada (conocidas popularmente como Simoninas), chicos del colegio de Paúles, unos pocos de Juventudes Marianas Vicencianas, otros, sin denominación de origen, del barrio. Con toda esta amalgama constituimos un nuevo grupo con el nombre de Juventud Parroquial Róntegui.

Y en el verano del 83 algunos asistieron ya a la primera experiencia de campamento del «Olivar», una experiencia innovadora de evangelización rural que había empezado con otros jóvenes adultos en Cáceres, en el verano del 77. A este grupo de Jóvenes de Remar se les unió otro grupo de Jóvenes de la parroquia de San Matías (Hortaleza, Madrid), que yo conocía por contactos diversos anteriores.

En pocos años, este grupo de jóvenes de Remar, junto a los que se les unieron de la parroquia de San Matías de Madrid, pasaron a ser el núcleo principal de la llamada Comunidad del Olivar. Finalmente, en plena expansión de los cursos de inglés de verano, este grupo base de jóvenes alcanzo el cenit del equipo general de monitores de la Asociación Feyda.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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